‘Hambre’: presentación del fanzine ‘Mija, qué sé yo’ de Kyriam González

Santa Cruz de La Palma —

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El Museo Etnográfico Casa Luján de Puntallana ha sido escenario de la original presentación del fanzine de Kyriam González titulado Mija, qué sé yo, celebrada el pasado lunes, día 13 de julio de 2026. En colaboración con el Ayuntamiento de Puntallana, que estuvo representado por su concejal de Cultura y Fiestas, Héctor Alonso Cabrera Hernández, la ceremonia se salió de los márgenes del formalismo y la convención para, en su lugar, hacer alarde de un espíritu dinámico que concibe la historia oral de nuestras personas mayores como un elemento fundamental para la comprensión de quiénes somos cuando sabemos de dónde venimos.

Lo primero que llamó la atención fue que el público asistente, entre el que hubo familiares, vecinas y vecinos y muchas amistades del municipio, fue sentado, según la antigua costumbre, con separación por sexos: los varones a un lado y las mujeres al otro. De esta manera, la sala permanente del Museo Etnográfico Casa Luján que reproduce un aula histórica con materiales diversos, procedentes de las viejas escuelas palmeras (pupitres, mapamundis, manuales…), abandonó por unas horas su aura de espacio frugal y congelado para recobrar una vitalidad «de aquellos tiempos» gracias a esta propuesta sencilla pero efectista.

Una vez el público fue acomodado, inmediatamente y sin previo aviso se puso en escena una adaptación del relato de Mija, qué se yo titulado «Hambre», que aborda, entre otros asuntos, la escolarización en Puntallana durante los años de la postguerra a través de la experiencia personal de Tomasa Cabrera Guerra, abuela de la autora, datada hacia 1945 e interpretada por una maestra y dos alumnas. A continuación, se reprodujo la misma narración en voz en off acompañada de una proyección secuencial de imágenes. Seguidamente, se impartió un taller teórico-práctico sobre el concepto y tipos de fanzine, un formato de publicación independiente, de tirada corta y producción artesanal, en el que se inserta Mija, qué sé yo; de este modo, se exhibieron recortes de periódicos y revistas, fotocopias, dibujos, y cada asistente vivió la experiencia de confeccionar un ejemplar de auto-fanzine. Sin olvidar el legado gastronómico, el acto culminó con la degustación de una «merienda canaria»: plátanos, galletas con dulce de membrillo o guayaba y pan con chorizo.

Mija, qué se yo consta de tres relatos memorísticos relativos a las vivencias de la abuela de la autora, Tomasa Cabrera Guerra (Puntallana, 7 de marzo de 1935), con ilustraciones de la arquitecta Elisa Brito Rodríguez, profesional adscrita al Colegio Oficial de Arquitectos de La Palma. Kyriam González Guerra (Puntallana, 9 de julio de 1996) es maestra titulada, si bien en los últimos años ha desarrollado labores en el ámbito de la animación a la lectura, especialmente dirigida al público infantil, a través de diferentes talleres de acceso al libro y a la escritura creativa. Además, la autora ha sido colaboradora habitual de la Feria del Libro de Santa Cruz de La Palma y de otros encuentros literarios promovidos por diferentes bibliotecas públicas de La Palma.

Mija, qué sé yo recupera parte del discurso vital de su abuela Tomasa Cabrera Guerra, conocida familiarmente como Paulina, en un modelo que cabe clasificar dentro del género de la auto-biografía o libro de memorias, y sigue un tipo narrativo afiliado al micro-relato.

Como tantísimas otras mujeres de su generación y de su mismo contexto rural, la abuela Paulina tuvo que crecer y hacerse grande mucho antes de lo que le habría correspondido, de manera que el trabajo en tareas vinculadas al mundo agrario y doméstico ocupó buena parte de su niñez. Entre otros temas, en el libro se recoge, por ejemplo, su testimonio en relación a su tardío acceso a la escolarización:

«Yo no fui pequeña nunca. A mí la niñez se me quedó enredada en las patas de las cabras y en el hocico húmedo de los cochinos, mucho antes de saber qué cosa era una letra. En mi casa, si había que hacer, no se iba a la escuela; y en aquel entonces, siempre había que hacer. Por eso llegué tarde, con diez años cumplidos y el cuerpo ya ensanchándose a la fuerza, a aquella casita terrera».

Lamentablemente, el género de las memorias no ha contado con demasiada representación en España, lo que contrasta con otras historiografías como la británica o la francesa, que desde hace siglos han dado relevancia a este modelo discursivo esencial para conocer de primera mano la otra historia, la historia oral e individual, esa que casi nunca aparece en los «grandes libros de anales». La Palma no ha sido ajena a esta tradición del auto-olvido y la desmemoria, que en los últimos años ha empezado a ser compensada con trabajos como los de Eladi Crehuet, La ciudad soñada: Santa Cruz de La Palma entre 1955 y 1965 (Lleida, Milenio, 2016), Anelio Rodríguez Concepción, Historia ilustrada del mundo (Valencia: Pre-Textos, 2017), Miguel Perdigón Cabrera, Cuentos palmeros (Almería, Círculo Rojo, 2019) o, entre los más recientes, el de Miguel Jiménez Amaro, La calle Garachico y otras historias (Santa Cruz de La Palma: Cabildo Insular de La Palma, etc., 2024), que recopila los artículos del autor para laPalmaAhora publicados entre 2015 y 2018, en los que prevalece la reparación de un anecdotario muy diverso y la evocación de tantos «personajes» [enlace].

Asimismo, el trabajo de González Guerra tiene un valor añadido, pues además de adentrarse en el género de las memorias o la biografía en primera persona, restaura las vivencias de una mujer criada en un contexto rural, lo que coloca a la protagonista en una doble marginalidad: por su condición de género femenino y por las limitaciones intrínsecas de la población del campo para acceder a la educación oficial, derivadas de la dispersión y lejanía de los núcleos habitacionales principales y de las imposiciones de la época de «trabajar antes que estudiar».

En estos tiempos de la aceleración y de la inmediatez digital, en la que casi todo pasa de moda en un santiamén, el trabajo de González Guerra, que en realidad no es tanto de ella como de su abuela, viene a remover esa deuda que tenemos con nuestras personas mayores y que nunca acabamos de saldar. Es bastante improbable que doña Tomasa se hubiese puesto a escribir ni una sola línea sobre su vida (por cierto, subrayada por circunstancias muy diversas como su condición de mujer de postguerra o su divorcio). Por eso, el trabajo de Kyriam González Guerra no es sólo plausible por haber fijado para siempre un segmento de la individualidad de su abuela, sino por haberse convertido ya en modelo para otras propuestas similares. Al igual que en su momento pretendió el trabajo conjunto de Daniela Rodríguez Lorenzo y Carmen Concepción Fernández, Breña Alta: la memoria de nuestros mayores (Breña Alta: Ayuntamiento de Breña Alta, 2007), que, por desgracia, no ha tenido continuidad en otros municipios.

El presente fanzine Mija, qué sé yo sólo cuenta con tres relatos memorísticos. Ojalá que más pronto que tarde González Guerra retome ese trabajo laborioso de sentarse, echar a hablar a doña Tomasa y reordenar el material de esta manera asequible en la que no se ha restado autenticidad a la idiosincrasia lingüística de la entrevistada, ni ha faltado la chispa lírica de la transcriptora. Probablemente esta y otras biografías estén desprovistas de hitos grandilocuentes. Es más, de seguro resulte vulgar por sabido casi todo lo que se cuenta en ellas: las dificultades de una escolarización estable, las proezas para salir adelante durante los años que siguieron a la contienda civil, la ruralidad como contexto marginal, las proezas para vencer una legislación y una sociabilización machistas… En fin, casi todo ya lo conocíamos. Sin embargo, este y otros trabajos de características comunes contribuyen a contextualizar ese marco de generalidades en un lugar concreto, Puntallana, a través de una enciclopedia vital concreta, la de Tomasa Cabrera Guerra. Sin noticias de su propia experiencia, los matices y singularidades de La Palma entre 1935 y 2026 quedarían desdibujados en ese panorama global al que casi siempre nos hemos acostumbrado.