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Don Juan, el último Quijote de Tijarafe

A don Juan Romero Pérez, in memoriam, por ayudarme a recuperar las promesas de mi infancia y revivirla en su compañía, por hacerme partícipe de sus recuerdos y sobre todo, de sus valores.

Su figura quijotesca destacaba desde lejos. A veces, descansaba sobre su bastón, ese fiel compañero que le acompañó en sus últimas historias. Pero pronto se erguía para contemplar, desde su privilegiada altura, todo lo que le rodeaba. Me gustaba verlo en la Calle Adiós, donde nos encontrábamos con frecuencia. Aquel enclave era perfecto para recordarme que don Juan era un caballero de otra época, de otro siglo.

Y es que don Juan Romero Pérez era el último Quijote, un caballero andante de refinada educación, de férreos valores y principios, con un vocabulario rico, sorprendente, más cercano al castellano antiguo, propio del Ingenioso Hidalgo.

Don Juan Romero, con sus cordiales visitas, se ganó el hecho de que mi compañera de trabajo y yo nos dirigiéramos a él como don Quijote, con todo el respeto y admiración que nos despertaba. Su presencia iluminaba el lugar. Siempre tan cortés, nos regalaba una buena conversación, un puñado de recuerdos y vivencias, de décimas, dichos y refranes. Ahí, se forjaron esos lazos eternos entre los tres, quizá porque su cercanía nos recordaba a nuestros abuelos, aquéllos que ya no estaban con nosotras y que don Juan conoció. Era una mágica manera de darles vida, disfrutando de sus relatos y aprovechando  aquellos instantes que el destino nos arrebató vivirlos con nuestros sendos familiares.

Este ínclito personaje tenía una memoria prodigiosa. No he conocido a nadie con esa virtud tan desarrollada. Además, era un narrador exquisito. Los recuerdos se agolpaban en su mente y él les daba forma, con cariño, pero sin perder un solo detalle, con esa manera tan particular de expresarse. Siempre acudía a algún refrán o dicho, para tomar un descanso en su historia, pero también para hacer reír, con esa fina ironía y humor que le caracterizaban, una vez entrara en confianza.

Con don Juan Romero se podía hablar del pasado y del presente. De Venezuela (a la que le debía mucho, según contó en numerosas ocasiones) y de España. De La Palma y de Tijarafe. De política y de religión. Se podía emprender una interesante conversación de cualquier tema, porque tenía esa capacidad de expresarse innata, acerca de sus pensamientos y su visión particular del mundo con cuyos comentarios me dejó absorta más de una vez. De repente, de las conversaciones más trascendentales, podía continuar sorprendiendo con detalles increíbles. Pocos tendrán la paciencia de contar cuántos escalones tiene la Plaza de Candelaria (en todas sus entradas), la subida a la sacristía, la bajada al Jardín de Los Poetas… Don Juan lo sabía y lo admitía con esa sencillez, simplemente, porque formaba parte de los lugares que frecuentaba, sin prestar mayor importancia. Yo le explicaba con asombro que ninguna persona podría saber esas cosas, al igual que nadie de su edad podría contarme cuándo vio el primer coche en Tijarafe de manera tan pormenorizada, cómo se fue construyendo la carretera del municipio como un verdadero ingeniero, escudriñando cada tramo, cuántos metros tiene la Recta del Tigre en Venezuela, o cómo se levantó el Puente del Jurado sin dubitaciones, para terminar repasando los nombres completos de los árboles genealógicos de sus amistades hasta llegar a la actualidad ante mi incredulidad. Don Juan no veía ningún mérito en todo eso y lo atribuía a su edad y a la costumbre de apuntar “sus cosas en alguna libreta”.

La relación que don Juan mantuvo con la iglesia de Tijarafe era innegable. Desde pequeño tuvo una fuerte vinculación, ya que, huérfano de madre, la mayor parte de su educación la recibió de sus tías, que se dedicaban al cuidado de la iglesia y del párroco. Podíamos pasar horas y horas hablando de cada ceremonia, la Semana Santa, de los Hermanos del Santísimo de los que formó parte durante muchísimo tiempo, de las procesiones… Son innumerables las historias, las anécdotas, los detalles que quiso compartir antes de irse, con un halo de respeto y fe únicos. Esta unión pervivirá a pesar del tiempo, ya que don Juan, durante su estancia en Venezuela, decidió junto a un amigo, enviar la imagen de la Virgen de Coromoto. Sus nombres grabados en una sencilla placa nos lo recuerdan. Según él, nunca olvidaba pasar por la Iglesia cada vez que subía desde su casa. Lo vi varias veces allí, junto a su virgen. Le gustaba sentarse en soledad y brindarle una oración a sus difuntos en silencio.

Don Juan Romero Pérez fue un hombre sencillo, humilde, independiente, curioso, valiente y trabajador. Orgulloso de su familia, cuyos nombres siempre aparecían en nuestras conversaciones, supo que era el mejor regalo que le había dado la vida, aunque, estoy segura, (dado que huía siempre de las emociones), no se lo decía con la frecuencia con la que se debe hacer. Sin embargo, reconocía que lo querían demasiado y se desvivían por él. Personalmente, creo que todo ese cariño y los potajes a leña que le preparaba su hijo Juan Antonio tuvieron mucho que ver para que rozara el siglo antes de irse. Se lo dije en su momento, cuando le preguntaba cuál era ese secreto para llegar a su edad con aquella memoria y él respondió muy serio y educado: “Va a tener usted razón” y añadió “¿eso no lo estará grabando con la grafonola, verdad?” comenzando a reír, demostrando así, que cada vez que yo pulsaba el rec de mi grabadora ante cualquier tema importante, él era consciente, pese a mis esfuerzos por continuar con la espontaneidad de cada conversación.

Es muy difícil despedirse, a través de las palabras, de alguien a quien quieres y con el que has compartido tan buenos ratos. Del alma brota una nueva cicatriz, ya que hay personas que, sin tener la misma sangre, se convierten en familia. Porque don Juan no ha sido sólo la mejor fuente periodística con la que he trabajado. En muchas ocasiones, conmigo ha sido un abuelo, un padre, un amigo, un maestro… cediéndome incontables enseñanzas. En mi memoria, perdurará cada charla, cada instante, el ímpetu y la pasión con los que se cuentan las historias, la amistad, los principios y los valores que no caducan y nos hacen ser mejores personas, y sobre todo, los recuerdos: aquellos que nos ayudan a mantenernos vivos.

Don Juan Romero era profundamente creyente y por esa razón, quiero pensar que, por fin, se habrá reencontrado con su familia por la que rezaba cada vez que podía y con sus grandes amigos, a los que  había dado el “último adiós desde su casa” (me contó muchas veces dirigiendo su mirada al camposanto, visiblemente emocionado). Sólo espero, guiándome por esa fe que profesaba, que en algún momento nos volvamos a encontrar (“a las dos, en la esquina”, como siempre nos despedíamos, haciendo referencia a una anécdota de su juventud) y retomemos las conversaciones, porque, para ese entonces (espero haber llegado a la senectud), habré echado muchísimo de menos nuestras charlas y risas.

Un día, en la terraza de su casa y mirando al mar, me atreví a romper el silencio de sus pensamientos y le pregunté si había sido feliz en su casi centenaria vida. Don Juan, con su voz pausada, tono melodioso y tranquilo me contestó así:

“El camino de la vida

tiene revés y derecho,

tiene ancho, tiene estrecho,

tiene bajada y subida”

Declamó este dicho, con esa entonación que siempre recordaré, con esa musicalidad más cercana al Siglo de Oro, a la que ya estaban acostumbrados mis oídos y que disfrutaban. Luego, don Juan me miró a los ojos y supe en ese instante que me había regalado dos cosas: una lección de vida y una mirada de esas que se guardan en el alma para siempre. Me había contestado como nadie lo había hecho en la vida, ni creo, lo hará. En justa correspondencia, le sonreí emocionada. Me lo había dicho todo. Sin duda, era todo un caballero andante, todo un Quijote.

Tijarafe, abril de 2017

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