Cuando El Paso tuvo tres periódicos

31 de agosto de 2026 09:19 h (Hora canaria)

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Durante la llamada edad de oro de la prensa palmera, que se extiende aproximadamente desde finales del siglo XIX hasta la Guerra Civil, Santa Cruz de La Palma concentró, como era lógico, la inmensa mayoría de los periódicos que vieron la luz en la isla. Pero hubo algunas excepciones. Y una de las más notables fue El Paso. En apenas una década, entre 1901 y 1911, la entonces villa pasense contó con tres semanarios propios: La voz del Paso (1901-1902), El eco de la verdad (1907-1908) y El Paso (1911). Ninguno llegó a imprimirse, paradójicamente, en el municipio: los dos primeros salieron de talleres de Santa Cruz de La Palma y el último, de una imprenta de Tazacorte. Sin embargo, los tres estaban hechos desde El Paso, para El Paso y, sobre todo, desde las inquietudes políticas y sociales de aquella localidad que comenzaba el siglo XX con una vitalidad poco común.

Detrás de las tres cabeceras aparece, además, un mismo personaje: Luis Méndez Franco (1872-1942), militar y periodista, hijo de Faustino Méndez Cabezola y residente en El Paso desde 1894. Méndez Franco había dirigido anteriormente La justicia, ejerció temporalmente como amanuense y secretario del Ayuntamiento pasense y convirtió el periodismo en una de sus actividades más constantes. Su condición de militar explica probablemente que no figurase oficialmente al frente de aquellos periódicos: una disposición del Ministerio de la Guerra prohibía a los militares ser fundadores o directores de periódicos y limitaba incluso su participación como redactores cuando se trataba de publicaciones políticas. Y aquellas publicaciones, aunque se presentaran como «independientes», de política tenían bastante.

El Paso de aquellos años era todavía un municipio eminentemente agrícola y ganadero, conocido incluso como el «granero del Valle». Almendras, tabaco, vino, higos o seda formaban parte de su producción, junto con una industria quesera y una actividad comercial que comenzaba a despuntar. Entre 1900 y 1910 su población pasó de 4.599 a 5.075 habitantes, aunque la emigración afectaba de manera considerable a una sociedad en la que muchos hombres jóvenes buscaban fortuna fuera de la isla. Tampoco faltaba cierta efervescencia asociativa. A principios de siglo funcionaban la sociedad recreativa El Progreso, la banda de música La Inmaculada Concepción y, desde 1908, la Cámara Agrícola, que pronto alcanzaría considerable influencia. Había teléfono desde finales del siglo XIX, alumbrado público y varios centros de enseñanza primaria.

En 1910 llegaría además un reconocimiento largamente celebrado: Alfonso XIII concedió a El Paso el título de ciudad por el crecimiento de su población, su «constante laboriosidad» y su adhesión a la Monarquía constitucional. En las gestiones tuvo un papel destacado el jurista palmero Pedro Pérez Díaz. En ese ambiente de crecimiento, rivalidades políticas y aspiraciones de progreso nacieron sus periódicos.

La Voz del Paso, el primer intento

El primero fue La Voz del Paso, aparecido el 14 de agosto de 1901. Su existencia fue breve: apenas medio año. El último ejemplar conservado es el número 21, correspondiente al 22 de diciembre, aunque todo indica que continuó publicándose durante algunas semanas de enero de 1902. Se imprimía en los talleres del Diario de Avisos, en Santa Cruz de La Palma, y era una publicación modesta: cuatro páginas, pequeño formato y dos columnas. La suscripción costaba 75 céntimos al mes y, según reconocía el propio periódico, alcanzaba una tirada de 300 ejemplares, cifra nada desdeñable para la prensa palmera de aquellos años. Hoy apenas se conserva una decena de números. Como era habitual, las dos primeras páginas estaban ocupadas fundamentalmente por artículos y comentarios; la tercera reunía noticias y la última se destinaba casi por completo a publicidad. No había fotografías y la información nacional o internacional era escasa. El mundo de La voz del Paso era, sobre todo, el de la propia isla y muy especialmente el de la política municipal.

Aunque se subtitulaba «Periódico semanal independiente», defendía con bastante claridad al sector conservador local enfrentado a liberales y conservadores sotomayoristas. Las elecciones municipales de 1901 alimentaron buena parte de sus polémicas. Desde sus páginas se denunciaban pactos, componendas y lo que el periódico llamaba despectivamente «el grupito» o «la camarilla». Tampoco faltaron enfrentamientos con otros periódicos. Especialmente sonadas fueron sus refriegas con Heraldo de La Palma, el periódico de Wenceslao Abreu, aunque algunas controversias tuvieran menos que ver con la gran política que con cuestiones tan concretas como el pago de los maestros o unas supuestas ofensas al arcipreste Benigno Mascareño.

Entre las preocupaciones locales apareció ya una que volvería una y otra vez a la prensa pasense: el túnel de la cumbre. El proyecto de comunicar de manera más eficaz las dos vertientes de la isla era entonces poco menos que una vieja aspiración que reaparecería también en las otras cabeceras del municipio. Cuando La Voz del Paso desapareció, Luis Méndez Franco recibió un significativo reconocimiento: en febrero de 1902 el Ayuntamiento acordó nombrarlo hijo adoptivo por «el interés y celo» que había demostrado en beneficio de la localidad. Incluso se anunció meses después la posible reaparición del periódico, aunque nunca llegó a materializarse.

El Eco de la Verdad, el gran periódico pasense

Cinco años más tarde, el 7 de julio de 1907, apareció El Eco de la Verdad. Fue, con diferencia, el proyecto periodístico más sólido de cuantos nacieron en El Paso en esta etapa. Alcanzó al menos 63 números y continuaba publicándose el 29 de octubre de 1908. Se imprimía también en Santa Cruz de La Palma, esta vez en la tipografía Gutenberg. Comenzó con cuatro páginas y posteriormente aumentó a seis, convirtiéndose en el primer periódico palmero de carácter diario o semanal que alcanzaba ese paginado. Su precio era de una peseta al mes y llegó a presentarse como «el de mayor circulación de cuantos se publican en la isla».

Oficialmente lo dirigía Bautista Rojo Monreal, antiguo guardia civil avecindado en El Paso. Pero todo apunta nuevamente a Luis Méndez Franco como verdadero responsable y principal redactor. A ellos se unieron administradores como Guillermo Santiago Casañas y el maestro Diego González Pérez, y desde mayo de 1908 se incorporó a la redacción un jovencísimo José Benítez y Rodríguez, que acabaría desarrollando en Cuba una larga carrera periodística. Precisamente una de las características más llamativas de El Eco de la Verdad fue la amplitud de su red de colaboradores y corresponsales. Los tenía en Santa Cruz de La Palma, Los Llanos, Tazacorte y Tijarafe, pero también en Tenerife, Cuba y Venezuela. Por sus páginas pasaron asimismo escritores y periodistas palmeros como Tomás Felipe Camacho, Manuel Fernández Cabrera, Tomás Capote Pérez, Gumersindo Galván de las Casas o Antonio Hernández Capote, además de autores de fuera de la isla.

El periódico ofrecía noticias, corresponsalías, literatura, pequeños artículos y, durante sus primeros meses, incluso un folletín recortable. La publicidad fue creciendo hasta ocupar páginas enteras: fábricas de tabaco, abonos, comercios, medicamentos, aguas minerales, licores, champán, fábricas peninsulares o productos de los más variados géneros. En sus últimos números la publicidad llegó incluso a apropiarse de la primera página, lo que permite descartar que su desaparición obedeciera simplemente a la falta de anunciantes.

Pero El eco de la verdad fue, por encima de todo, un periódico de combate. Volvía a definirse como «semanario independiente» y en su primer editorial proclamaba su deseo de mantenerse alejado de las agrupaciones que se disputaban el poder en La Palma. Aseguraba no contar con el dinero de ningún cacique que pagara mensualmente la impresión del periódico y resumía su posición con una frase rotunda: «Nuestro centro es el Progreso». La realidad fue algo más compleja. El semanario mostró pronto simpatías liberales y una posición claramente contraria al leonismo, la poderosa red política asociada a Fernando León y Castillo y a sus aliados insulares. Sus críticas a la política municipal fueron constantes. Desde el primer número combatió la composición del Ayuntamiento constituido en 1907, buena parte de cuyos concejales habían sido designados interinamente después de los conflictos electorales de los años anteriores.

Alcaldes, concejales, diputados y caciques pasaron así por la trituradora de sus editoriales. Particularmente dura fue su censura al diputado Pedro Poggio y Álvarez, al que llegó a calificar de diputado «nominal» que no trabajaba por los verdaderos intereses del país. En sus últimos meses, el periódico defendió incluso la formación de una amplia alianza entre liberales, republicanos y conservadores disidentes frente a las combinaciones políticas tradicionales. Detrás de aquellas polémicas se advierte una época en la que la prensa era mucho más que un medio de información: era un instrumento esencial de la lucha política.

No todo, naturalmente, eran elecciones y caciques. El Eco intervino activamente en la polémica sobre la administración de los puertos francos; respaldó la campaña por el indulto del periodista republicano José Nakens; informó sobre el problema de los llamados «duros sevillanos»; apoyó desde Los Llanos la construcción de un cementerio civil; siguió las obras de la carretera del Sur y volvió a ocuparse de las comunicaciones de la isla. También entró de lleno en uno de los grandes debates canarios de aquellos años: la división provincial. El periódico defendió con firmeza la unidad de la provincia y estuvo representado en las asambleas celebradas en Tenerife y La Palma en 1908.

Hasta la información internacional encontró ocasionalmente hueco, aunque llegara con retraso: Marruecos, los sucesos de Casablanca o las actividades de la poderosa colonia canaria en Cuba aparecieron en sus páginas. Y hubo incluso espacio para una experiencia periodística poco habitual entonces en La Palma. Con motivo del juicio por el asesinato del abogado Siro González de las Casas, El Eco de la Verdad publicó dos suplementos especiales, profusamente ilustrados con fotograbados de los protagonistas. Era una muestra más de la ambición de aquella pequeña publicación nacida en El Paso.

Un tercer periódico del que no queda ninguno

La historia tuvo todavía un último capítulo. El 26 de octubre de 1911 comenzó a publicarse El Paso, un nuevo semanario que se subtitulaba «Periódico del pueblo y para el pueblo». Esta vez se imprimía en Tazacorte, en la imprenta La Popular de Claudio C. Hernández Díaz. Debió de tener cuatro páginas y un formato reducido. Nuevamente Luis Méndez Franco aparece señalado como su director. Su vida fue todavía más corta que la de La Voz del Paso. Apenas mes y medio. Sabemos que seguía publicándose el 14 de diciembre de 1911, aunque durante mucho tiempo se creyó que había desaparecido a finales de noviembre. Lo singular es que hoy no conocemos ningún ejemplar. Régulo Pérez pudo consultar alguno cuando preparó en 1948 su estudio clásico sobre la prensa palmera, y todavía en 1975 el poeta pasense Ismael González se refirió expresamente al número 2, fechado el 2 de noviembre de 1911. En algún momento posterior esos ejemplares se extraviaron.

Por fortuna, otros periódicos reprodujeron algunas de sus noticias y permiten atisbar cuál era su orientación. La prensa tinerfeña lo presentó como órgano del Partido Patriótico, probablemente la Unión Patriótica que defendía la unidad provincial y combatía el leonismo. Parece haberse situado cerca del sector liberal que encabezaba Julián van Baumberghen, aunque su lema, «del pueblo y para el pueblo», permite advertir también cierta sensibilidad obrerista. Entre las pocas informaciones que conocemos aparecen nuevamente la política electoral y, cómo no, el túnel de la cumbre. Es significativo que diez años después de La Voz del Paso las grandes preocupaciones locales continuaran asomándose a las páginas de otro periódico nacido en la misma localidad.

Diez años de periodismo

Entre 1901 y 1911 El Paso protagonizó, por tanto, una pequeña pero intensa aventura periodística. Tres periódicos en diez años no son poca cosa para un municipio de unos cinco mil habitantes en una isla en la que casi toda la prensa se concentraba en la capital. Los tres tuvieron una existencia relativamente breve. Los tres fueron semanarios. Ninguno se imprimió en El Paso. Los tres se proclamaron independientes y los tres, en realidad, tomaron partido en las disputas de su tiempo. Y los tres estuvieron ligados a la misma figura, Luis Méndez Franco, periodista vocacional al que su profesión militar obligó probablemente a permanecer más de una vez detrás de la cabecera. Hay, además, una última paradoja. Cuando El Paso dispuso por fin de una imprenta propia, la imprenta Alfa, a partir de 1922, no volvió a contar con periódicos locales. En aquellas máquinas se imprimirían durante la Segunda República Tribuna, Tribuna Libre y El Mundo, pero las tres publicaciones estaban destinadas a Tazacorte.

De aquel primer despertar periodístico pasense queda hoy una colección fragmentaria de La Voz del Paso, una colección casi completa de El Eco de la Verdad y el recuerdo, disperso entre referencias de otros periódicos, de El Paso. Suficiente, sin embargo, para reconstruir una época. Porque aquellos viejos semanarios dicen bastante más que lo que anuncian sus cabeceras. Hablan de elecciones y caciques, de carreteras y túneles, de emigrantes y corresponsales en Cuba, de maestros, comerciantes, agricultores y escritores; de una sociedad que discutía sobre su futuro y que descubrió también en la prensa un espacio para hacerlo. Durante unos pocos años, El Paso tuvo su propia voz impresa. En realidad, llegó a tener tres.

J. J. Rodríguez-Lewis & Amparo Escuder Casimiro