El latido de nuestra identidad en el altar de lo efímero

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Cada mes de mayo, La Palma se despierta con una luz distinta. No es solo el anuncio de la primavera consolidada, sino el despertar de un sentimiento que recorre nuestra geografía desde las cumbres hasta la orilla del mar. La festividad de las Cruces no es una cita más en nuestro calendario, es el reflejo de lo que somos, un monumento vivo a nuestra identidad y el testimonio de un pueblo que sabe honrar sus raíces a través de la belleza.

En nuestra isla, el arte efímero ha encontrado su templo más sagrado. Somos una tierra que entiende que lo que se desvanece con el tiempo puede ser eterno en la memoria. Lo vemos en el Corpus Christi de Villa de Mazo, donde el suelo se convierte en un tapiz de fe y naturaleza. Lo sentimos en el Sagrado Corazón de El Paso, donde el color y la geometría desafían la mirada del visitante. Pero es en las Cruces donde ese arte se democratiza, se atomiza y llega a cada barrio, a cada esquina y a cada familia.

Lo que hace verdaderamente grande a esta tradición no es solo el resultado estético, que es, sin duda, espectacular, sino el proceso que lo hace posible. Detrás de cada cruz enramada, de cada joya de papel, de cada flor colocada con precisión milimétrica, hay cientos de personas. Son familias enteras, vecinos de toda la vida y jóvenes que recogen el testigo de sus mayores, quienes permiten que esta tradición siga latiendo con fuerza.

El trabajo en las cruces es el símbolo máximo del espíritu comunitario. Son semanas de reuniones en garajes y locales, de compartir secretos sobre cómo doblar el papel o dónde encontrar el mejor verde. Es una labor que nace de la humildad y el amor por lo nuestro, un esfuerzo generoso que no busca el aplauso individual, sino el orgullo colectivo de ver su cruz, la de su barrio, luciendo más hermosa que nunca.

Ese es el verdadero patrimonio de La Palma. Su gente. Nuestra cultura no se guarda solo en los museos. Se vive en el aroma de las flores frescas y en el brillo de las telas que adornan nuestros maderos. Las cruces son el cordón umbilical que nos une con nuestros antepasados y la promesa que le hacemos al futuro de que no dejaremos morir lo que nos define.

Desde el Cabildo de La Palma, miramos este despliegue de fe y arte con una admiración profunda. Sabemos que cada cruz es un pedazo del alma de esta isla. Por eso, al caminar estos días por nuestros senderos y calles, al descubrir esa cruz escondida en un rincón del monte o aquella que preside la plaza del pueblo, no solo estamos viendo arte. Estamos viendo la resistencia de un pueblo que se niega a ser uno más, que celebra su singularidad y que encuentra en lo efímero la forma más pura de decir: aquí estamos, esta es nuestra tierra y estos son nuestros valores.

Felices Cruces de Mayo a todos los palmeros y palmeras. Gracias por mantener encendido el fuego de nuestra identidad.