Del ‘petricor’ a las ‘lágrimas de virgen’ (Pancratium canariense / Amaryllidaceae)

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Con las lluvias otoñales

el llamado petricor

impregna el aire de olor

con aromas especiales.

Nacen las plantas anuales,

despiertan otras dormidas

enterradas o escondidas

en las farullas del suelo,

dibujando bajo el cielo

maravillas florecidas.

Jócamo, 25.X.2026

Nota: Pocos olores resultan tan gratificantes como el que desprende el suelo cuando después del verano caen los primeros chubascos otoñales y el aire se impregna de un característico olor a “tierra mojada”. En el argot técnico, ese aroma de génesis diversa se ha bautizado con el nombre de “petricor”, neologismo de origen griego que alude al “zumo de las piedras”.

Su origen, además de minerales meteorizados, se debe a un conjunto de sustancias químicas liberadas a la atmósfera por el suelo humectado, provenientes de la actividad metabólica de infinidad de microrganismos (bacterias, hongos, algas, etc.) o macroorganismos vegetales y animales que, aletargados por la sequía estival (esporas, semillas, rizomas, tubérculos, etc.) despiertan o germinan con la humedad. La molécula principal responsable del singular aroma terroso-mohoso del petricor es un alcohol sesquiterpénico: la geosmina (= aroma de tierra), pero no es la única.

 Además del olor, la naturaleza envía otras señales visuales preludio de la estación más melancólica del año. No son pocas las especies vegetales que al llegar el otoño nos alegran la vista con sus flores. Es el caso de la “lágrimas de virgen”, geófito bulboso oculto por la broza que al llegar esta época rebrota y muestra sus hojas acintadas y tallos (escapos) coronados por un manojo de delicadas flores níveas, fragantes y fugaces, que pronto se transforman en frutos: cápsulas ovoides llenas de diminutas semillas negras. Vive desde la zona baja hasta las medianías insulares en dominios de cardonales, retamares y bosquetes termófilos, en intersticios de pedregales arcillosos y cornisas rupícolas donde se acumula el suelo.