Puerto Naos ya ha vuelto. Sus calles están abiertas, la playa principal funciona con normalidad y el barrio vuelve a estar habitado. Solo queda un punto donde el volcán aún marca el ritmo: la pequeña franja de Playa Chica y unos pocos garajes muy localizados. Allí, una prueba técnica que ha sido un éxito rotundo necesita ahora un último ajuste,
Conviene decirlo desde el principio, con claridad, porque cambia por completo la fotografía del problema: Puerto Naos no tiene hoy un problema general de gases. La playa está abierta, el paseo marítimo funciona, los comercios están activos y el barrio vuelve a estar habitado. El aire es seguro en la inmensa mayoría del núcleo urbano.
Solo queda una zona muy concreta: Playa Chica y algunos garajes específicos donde el dióxido de carbono (COâ) sigue emergiendo directamente del subsuelo. No es un problema de toda la playa ni de todo el pueblo. Es un punto pequeño en superficie, pero técnicamente complejo bajo tierra. Y precisamente por eso concentra ahora todos los esfuerzos.
Allí no se está corrigiendo un fallo global. Se está afinando el último detalle de una recuperación que ya es prácticamente completa.
Una prueba que ha funcionado
La intervención realizada, hecha por el Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (IETcc), perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en uno de los garajes de Playa Chica ha demostrado que el sistema funciona. Y lo ha hecho con claridad. Antes de la actuación, las concentraciones de COâ alcanzaban valores de entre 450.000 y 500.000 partes por millón. Tras la instalación del sistema de extracción, los niveles descienden a valores controlados. El gas deja de acumularse en el interior. Ese dato, por sí solo, marca un punto de inflexión: el método es eficaz.
La actuación ha sido meticulosa. Se han sellado las juntas de las losas con masilla impermeable para impedir que el gas encuentre salidas no controladas. Se han revisado todos los tubos de captación para garantizar que no existen fugas en las uniones. Y se ha comprobado, mediante cámara de detección de COâ, que el sistema está completamente estanco. Además, se ha verificado que las aberturas existentes en la zona no aportan COâ adicional al circuito, confirmando que el gas que se extrae procede directamente del subsuelo y no de filtraciones externas. Todo el experimento, en su fase piloto, ha funcionado correctamente.
Sacar el gas de la tierra, no del edificio
La lógica del sistema es simple de explicar: no se trata de ventilar el garaje, sino de ventilar el suelo. De impedir que el COâ llegue siquiera a salir al interior de los espacios cerrados. Para ello, el gas es captado bajo tierra y conducido por una tubería hasta una boca de expulsión situada en el exterior. Esa boca se ha prolongado hasta la zona de playa, muy cerca del mar, y se ha colocado estratégicamente para que el COâ se difumine en altura. Las mediciones son elocuentes: en la boca de salida se registran concentraciones de hasta 500.000 ppm, lo que confirma que el gas está siendo expulsado por el punto correcto. Pero esa concentración se reduce rápidamente hasta valores entorno de 20.000 ppm en cuestión de medio metro, señal inequívoca de que el COâ se mezcla con el aire casi de inmediato y pierde toda peligrosidad.
La zona de expulsión ha sido acordonada por seguridad, y se instalarán más medidores para controlar su comportamiento a lo largo del día. El objetivo no es solo expulsar el gas, sino entender cómo se dispersa en función del viento, la temperatura y la presión atmosférica.
El problema ya no es si funciona, sino cómo hacerlo definitivo
Aquí aparece el único obstáculo real que queda por resolver: la pérdida de carga en la tubería. El sistema de extracción funciona, pero necesita ser impulsado con mayor eficacia. El gas no fluye solo. La presión del aire tiende a retenerlo, y si no se impulsa adecuadamente, el rendimiento disminuye. No es un fallo conceptual. Es una cuestión de ajuste técnico fino. Resolver la pérdida de carga significa garantizar que el gas recorra toda la tubería sin perder capacidad de extracción, que salga de forma constante y que el sistema pueda operar durante largos periodos sin pérdida de eficiencia.
Cuando ese ajuste esté hecho, la conexión podrá hacerse definitiva. Y el problema quedará resuelto. No es un cambio de modelo. Es el paso de prototipo a infraestructura estable.
Un suelo poroso que obliga a vigilar más
El terreno de Playa Chica es especialmente complejo. Los técnicos lo describen gráficamente como “un queso gruyere”: extremadamente poroso, lleno de microcanales por los que el gas puede desplazarse. Esa porosidad explica por qué la difusión depende tanto de las características del suelo y por qué la monitorización es tan importante.
Se están midiendo el radio de alcance de la extracción y el gradiente de presión en la zona urbanizada. Es decir, hasta dónde llega el efecto de cada punto de captación y cómo responde el terreno cuando se empieza a aspirar el gas. El COâ es de origen magmático. No procede de procesos orgánicos ni industriales. Es el último aliento físico del volcán bajo el pavimento.
Una salida definitiva hacia el mar
Entre las opciones que se están estudiando está aprovechar la red de alcantarillado existente bajo la avenida, cerca del laurel de Indias, para canalizar el gas hasta la zona donde estuvieron las desaladoras instaladas durante la erupción. Desde allí podría expulsarse directamente al mar de forma permanente.
La idea es sencilla: utilizar infraestructuras ya existentes para conducir el COâ hasta un punto donde su dispersión sea natural y segura. Para ello, quizás, será necesario colocar dos o tres tubos más que conecten los puntos de captación con esa red. No se trata de una gran obra, sino de una conexión estratégica que permita que el sistema pase de experimental a definitivo.
Una prueba piloto que ya es un éxito
Conviene subrayarlo: el experimento ha funcionado. Ha reducido drásticamente la concentración de gas en el garaje. Ha demostrado que el COâ puede extraerse del subsuelo. Ha mostrado que el gas se dispersa correctamente en el exterior. Ahora solo queda convertir esa prueba en un sistema estable.
En todo este proyecto ha sido decisivo el impulso constante de Héctor Izquierdo, comisionado especial para la Reconstrucción de la isla de La Palma, que ha entendido que Playa Chica no es solo una zona cerrada, sino el símbolo de que el volcán aún no se ha cerrado del todo en la vida cotidiana de la isla. Su papel ha sido sostener el proyecto cuando deja de ser visible y entra en la fase más técnica, la menos mediática y, paradójicamente, la más importante
Puerto Naos ya está abierto. Falta cerrar el volcán
El pueblo ya ha vuelto. La playa principal funciona. Las viviendas están habitadas.
No existe un problema generalizado de gases. Solo queda resolver una cuestión física, no social ni política: hacer que el gas fluya por la tubería sin perder fuerza. Cuando eso ocurra, Playa Chica dejará de ser una excepción. Y el volcán pasará definitivamente al pasado. No habrá una gran inauguración. No habrá una foto histórica. Solo un hecho sencillo y decisivo: el aire volverá a ser, por completo, solo aire.