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El abismo nuclear: irracionalidad y tutela militar en la agonía del Imperio

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La reciente y explosiva revelación del exanalista de la CIA Larry Johnson en el espacio del juez Andrew Napolitano no debe leerse como una anécdota de pasillo, sino como el síntoma más alarmante de una crisis de Estado terminal. Al denunciar que el general Dan Caine, presidente de los Jefes de Estado Mayor Conjunto, tuvo que intervenir físicamente para frenar un intento de activación de los códigos nucleares contra Irán tras una reunión de emergencia el pasado sábado, Johnson ha puesto nombre al pánico: la irracionalidad pulsional de Donald Trump ante los reveses estratégicos en el Golfo Pérsico. No estamos ante una simple discrepancia de criterios en política exterior, sino ante el choque frontal entre un líder que, ante la incapacidad de someter a Teherán por las vías convencionales, se muestra dispuesto a cruzar la línea del holocausto nuclear, y un aparato militar que ha decidido actuar como un órgano de contención para evitar la mutua destrucción asegurada.

Esta atmósfera de descontrol en la cúspide del poder político encuentra un eco inquietante en las filtraciones del Wall Street Journal. El diario, portavoz histórico de la estabilidad del sistema, ha confirmado que el Pentágono ha establecido una suerte de “cordón sanitario” alrededor del Despacho Oval. Lo que el Journal describe no es una gestión administrativa, sino una medida de emergencia: el aislamiento del comandante en jefe de la Sala de Crisis durante horas críticas, mientras los mandos militares operaban de espaldas a sus exabruptos para evitar que sus gritos y exigencias de castigo inmediato se tradujeran en órdenes tácticas catastróficas. Cuando el instrumento militar se ve forzado a tutelar al mando civil para preservar la existencia misma del Estado, la democracia liberal estadounidense ha dejado de ser una estructura funcional para convertirse en un interregno peligroso donde el poder real ya no emana de las urnas, sino de la capacidad de los generales para desobedecer una voluntad presidencial desquiciada por el fracaso.

Esta parálisis institucional ocurre mientras el escenario internacional se mueve bajo la lógica de una “solución final” que la retórica diplomática de las conversaciones en Islamabad intenta encubrir. El Consejo de Seguridad Nacional de Rusia ha sido tajante al denunciar que estos diálogos son un espejismo, un camuflaje diseñado para ganar el tiempo logístico que exige la invasión de gran escala preparada por Estados Unidos e Israel. Los datos materiales son irrefutables: la acumulación masiva de carga bélica y la presencia de portaaviones como el USS George H.W. Bush no responden a una estrategia de disuasión, sino a una fase final de despliegue. Sin embargo, el error de cálculo de esta administración es ignorar que Irán, respaldado por su profundidad estratégica con Rusia y su alianza vital con China, no aceptará la capitulación. En este nudo histórico, donde la hegemonía se niega a reconocer su ocaso y el liderazgo civil sucumbe a la irracionalidad ante la resistencia iraní, el mundo queda suspendido de un hilo: el que separa el arrebato de rabia en el Despacho Oval de la mano de un general que, por ahora, se niega a ejecutar el fin de la historia.