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El armario más grande también tiene campanario… y no hablen de amor mientras siembran rechazo

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Cada vez que parece que hemos avanzado un paso en derechos, alguien se empeña en hacernos retroceder dos. Esta vez ha sido el jefe de los obispos, el presidente de la Conferencia Episcopal, quien ha decidido señalar al colectivo LGTBI vinculando el Orgullo con el pecado de Satanás y hablando de una supuesta “deconstrucción antropológica” impulsada por las leyes que protegen nuestra diversidad. (Está bonito).

No deja de sorprenderme que quienes dicen representar el mensaje de Jesús encuentren tanto tiempo para juzgar a unas personas que solo aspiramos a vivir con dignidad, mientras parecen olvidar el mandamiento más revolucionario del Evangelio: amar al prójimo como a uno mismo. ¿Dónde quedó aquello de tender la mano? ¿Dónde quedó la compasión? ¿Dónde quedó esa Iglesia que hablaba de misericordia antes que de condena?

Porque conviene recordar algo: las leyes que reconocen derechos a las personas LGTBI no obligan a nadie a ser gay, lesbiana, bisexual o trans. No imponen una forma de vivir. Simplemente garantizan que nadie sea discriminado por ser quien es. Defender la igualdad nunca ha sido atacar a nadie.

Lo preocupante no es que un obispo tenga unas creencias. Tiene todo el derecho a tenerlas. Lo preocupante es utilizar un púlpito para alimentar el rechazo hacia un colectivo que durante décadas hemos sufrido humillaciones, violencia, expulsiones familiares, terapias de conversión y un sufrimiento que demasiadas veces acabó en soledad o en suicidio. Las palabras importan. Las palabras no son inocentes. Y cuando quien las pronuncia ocupa una posición de autoridad moral, importan todavía más.

Resulta inevitable pensar también en las enormes contradicciones que arrastra la propia Iglesia. No es ningún secreto que desde hace décadas abundan testimonios, libros e investigaciones que describen una realidad conocida por muchos: hombres homosexuales que encontraron en el sacerdocio, o en la vida religiosa, un espacio donde esconder una orientación sexual que la propia institución les obligaba a reprimir. No es una acusación contra todos los sacerdotes, ni mucho menos. Es una invitación a preguntarse cuánto sufrimiento ha generado una doctrina que ha obligado a tantas personas a vivir divididas entre su fe y su identidad.

Quizá por eso sorprende aún más esa necesidad permanente de señalar al colectivo LGTBI. Da la sensación de que, en ocasiones, se combate con más dureza aquello que más cerca se ha tenido. Y eso merece una profunda reflexión dentro de la propia Iglesia.

Mientras tanto, el Orgullo seguirá existiendo. No porque sea un acto de soberbia, sino porque durante demasiados años nos enseñaron a avergonzarnos de quienes éramos. El Orgullo nació para sustituir la vergüenza por la dignidad; el miedo por la libertad; el silencio por la visibilidad. Si eso molesta a algunos, quizá el problema no sea el Orgullo, sino la incapacidad de aceptar que todas las personas merecemos el mismo respeto.

Yo seguiré defendiendo una sociedad donde cada cual pueda creer o no creer, amar a quien ame y vivir su identidad sin miedo. Una sociedad donde la fe nunca sea utilizada como un arma contra quienes simplemente quieren ser felices. Y lo dice alguien sin fe.

Y, precisamente por respeto al mensaje de Jesús, me seguiré haciendo la misma pregunta: ¿qué fue de aquello de amar al prójimo como a ti mismo?

Al final, siempre habla, quien más tiene que se diga.