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Ceuta: el impacto de una decisión judicial que alteró el equilibrio fronterizo

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La avalancha migratoria en Ceuta no fue un fallo diplomático, sino el efecto directo de una sentencia del Supremo que convirtió el mar en una vía de entrada imposible de contener. En cuestión de horas, miles de personas se echaron al agua empujadas por mafias y redes sociales, mientras la política transformaba una emergencia imprevisible en un espectáculo partidista.

La avalancha humana que entró en Ceuta no fue una crisis anunciada. Fue un fenómeno súbito, imprevisible y desbordante que rompió todos los esquemas de seguridad y todas las previsiones diplomáticas. Ceuta, un territorio de apenas 18 km², no puede sostener otra estrategia que no sea la buena vecindad con Marruecos. Y esa buena vecindad, construida durante los últimos años, hacía prever que una situación así no debería ocurrir.

Pero ocurrió. Y ocurrió porque las mafias y las redes sociales hicieron su trabajo en cuestión de días, amplificando un mensaje que alteró por completo el equilibrio fronterizo: “Si nadas, no te pueden devolver en caliente”. Ese mensaje no era un rumor: era la consecuencia directa de una sentencia del Tribunal Supremo que estableció que el mar no es un “elemento de contención fronterizo” y que, por tanto, quien llega nadando no puede ser devuelto en caliente, ósea anula el llamado “rechazo en frontera”.

La consecuencia práctica de esta sentencia es la que ha desbordado Ceuta. Deben pasar, en cambio, por el procedimiento ordinario de devolución, mucho más lento y con más garantías: identificación individualizada, asistencia letrada, posibilidad de solicitar protección internacional y revisión judicial. Ósea, tiempo, mucho tiempo.

En una sola mañana, miles de marroquíes cruzaron por mar hacia Ceuta. Ni el Ejército de Tierra, ni la Armada, ni la Policía Nacional, ni la Guardia Civil pudieron impedirlo. No porque fallaran, sino porque era imposible contener un volumen así. No había aviso. No había barrera física. No había protocolo capaz de anticiparlo.

Lo cierto es que la diplomacia funcionó, pero también que la política interior incendió el debate. La reacción diplomática fue inmediata. La relación de cercanía con Marruecos permitió reabrir la frontera y reconducir la situación en apenas 48 horas. Esa coordinación, fruto de años de aproximación estratégica, evitó que la crisis derivara en una tragedia mayor.

España sí estaba preparada en lo que dependía de España: la diplomacia funcionó. Lo que no funcionó fue la política interior, por la acción directa de partidos como el PP y Vox, que derivaban sus críticas hacia el presidente del Gobierno de España por su trabajo de cercanía a Marruecos.

Mientras los equipos sobre el terreno intentaban proteger a menores desorientados, algunos dirigentes políticos se lanzaron a una carrera de exageraciones, alarmas y discursos inflamados. Se habló de “invasión”, de “colapso”, de “amenaza”, ignorando deliberadamente que la mayoría de quienes cruzaron eran adolescentes engañados por redes y mafias. Así las cosas, la política convirtió una crisis imprevisible en un espectáculo previsible.

La cobertura mediática de la crisis de Ceuta ha sido, en gran medida, superficial y desconectada de la realidad jurídica que determina cómo España debe gestionar la llegada de menores y adultos procedentes de Marruecos y otros países. Mientras los titulares se centraban en la “avalancha”, el “caos” y las imágenes impactantes de la frontera, apenas se explicó que la ley española impide las devoluciones en caliente cuando la entrada se produce por mar, obligando a un proceso individual de identificación, inscripción y verificación de datos que requiere tiempo y recursos. Los medios han preferido el dramatismo visual y la confrontación política a la información rigurosa, generando en la ciudadanía la falsa impresión de que el Estado “no actúa” o “no controla”, cuando en realidad está cumpliendo estrictamente las garantías legales. El resultado es una narrativa distorsionada que oculta el verdadero problema: la falta de capacidad administrativa para gestionar miles de expedientes que, por ley, deben tramitarse uno a uno.

En vez de explicar el procedimiento, muchos medios han preferido convertir la crisis en un enfrentamiento PP–PSOE–Vox, presentar la situación como “falta de control” o bien insinuar que “España podría hacer más” sin explicar de forma adecuada que la ley impide hacerlo más rápido. Los medios han preferido hablar de “falta de previsión” o “falta de firmeza”, cuando en realidad: España está cumpliendo la ley, no puede acelerar los procedimientos sin vulnerar derechos y no puede devolver sin acuerdo del país de origen.

La ciudadanía actuó con más decencia que algunos de sus dirigentes y con más humanidad que quienes la representan. La solidaridad silenciosa derrotó al ruido político. Pero el ruido político ocupó los micrófonos.

La lección que deja Ceuta. La crisis obliga a reconocer tres verdades incómodas:

  1. Ceuta no puede sostener otra estrategia que la buena vecindad, y esa estrategia funcionó: Marruecos colaboró en cuanto pudo, impidiendo que fueran mas y abriendo sus fronteras para el retorno de los que se habían lanzado al mar para llegar a Ceuta.
  2. Las mafias y las redes sociales pueden desencadenar avalanchas imprevisibles, capaces de desbordar cualquier frontera.
  3. La política debe dejar de usar a menores vulnerables como arma partidista. Ceuta no necesita discursos inflamados ni gestos de fuerza. Necesita responsabilidad de sus líderes políticos.

Porque si algo ha demostrado Ceuta es que la desinformación corre más rápido que las patrulleras, que las mafias entienden mejor nuestras leyes que quienes las redactan, y que la política interior es capaz de incendiar cualquier frontera, incluso cuando la diplomacia ya ha apagado el fuego.

No nos engañemos, puede volver a ocurrir, nos lo confirma la historia. Ceuta es frontera de un país donde miles de jóvenes viven sin horizonte, atrapados entre la pobreza, la falta de oportunidades y la influencia de mafias que operan con absoluta impunidad. Cuando esas fuerzas se combinan, ninguna frontera es estable. Las fronteras no son muros eternos: son líneas vivas que se tensan cuando la desigualdad aprieta. Y Ceuta es frontera de un país donde demasiados jóvenes solo ven futuro al otro lado del mar.

Porque en un mundo donde la desinformación y la pobreza empujan más que cualquier valla, la única frontera que no podemos permitirnos perder es la de la dignidad humana.