Cuando el consentimiento no es suficiente
Estos días atrás estuve en las III Jornadas Por-No Hablar, en Las Palmas de Gran Canaria. Más de 500 personas llenaban la Sala de Cámara del Auditorio Alfredo Kraus para hablar de algo que llevamos años viendo venir y que por fin empieza a nombrarse sin tapujos: el porno como escuela de sexualidad, el consentimiento sin deseo, la construcción violenta del deseo en las nuevas generaciones. Hechos preocupantes que evidencian un sistema fallido de relaciones sexuales que ya da resultados aterradores, con niños que abusan sexualmente de otras niñas.
Y hoy, mientras escribo esto, se ha confirmado el asesinato de otra mujer. En lo que va de año ya son 17 las asesinadas por sus parejas o exparejas en España. Diecisiete mujeres desde el 4 de enero. Algunas tenían orden de alejamiento. Algunas estaban en VioGen. Así hasta 1.359 desde 2003. Un sistema que está mutando hacia nuevas formas de violencia brutal, hacia relaciones sexuales basadas en la dominación y la fuerza.
Las mujeres no denuncian porque, cuando lo hacen, se encuentran con jueces como Francisco Serrano, extitular del Juzgado de Familia 7 de Sevilla y hoy candidato de Vox, condenado por prevaricar, que dice que las mujeres solo buscan separar a los hijos de sus padres. O con las recientes declaraciones de David Maman Benchimol, titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 8 de Madrid, que en una conferencia del Colegio de la Abogacía afirmó que las mujeres van “a la caza” de la orden de protección, que tienen “tantas ventajas” que no pierden nada, que son “enemigas acérrimas” de la custodia compartida movidas por “el factor económico”, y que durante el proceso judicial “la madre va haciendo el correspondiente lavado de coco al niño”. Este mismo juez, que instruye casos de agresión sexual, califica la Ley Integral de “totalitarismo”. La pregunta es qué hace este juez ahí. Por eso no se denuncia.
Porque no es solo Serrano. No es solo Maman. Es un patrón. Son jueces que sistemáticamente minimizan el riesgo, que levantan órdenes de alejamiento contra el criterio de la Fiscalía, que alimentan el bulo de las denuncias falsas cuando los datos oficiales indican que apenas representan el 0,01% de las denuncias por violencia de género. El primer informe del Observatorio de Violencias Institucionales Machistas documentó 117 historias de mujeres que, al intentar frenar la violencia machista mediante una denuncia, se encontraron con un sistema que les respondió con negligencia, con desprecio, con nuevas violencias.
Y mientras todo esto ocurre en los juzgados y en las comisarías, en las pantallas de los móviles de nuestros hijos e hijas sigue pasando otra cosa que es exactamente la misma cosa. Porque el feminismo abolicionista lo ha dicho hasta la saciedad: la prostitución, la pornografía y la trata son las tres patas del mismo banco. Un banco que sostiene un sistema de relaciones basado en el poder y la sumisión, donde al hombre se le enseña a dominar y a la mujer a aguantar.
En esas jornadas del jueves, la psicóloga Paula Roldán explicó que la edad de entrada a la pornografía está ya en torno a los 10 años. Niños y niñas de cuarto de primaria se topan con escenas de violencia sexual explícita sin haberlo buscado, a través de juegos online, de ventanas emergentes, de grupos de WhatsApp. Luego estos niños y niñas crecen creyendo que el sexo es eso: un choque de cuerpos sin emociones, una lección de que el placer del hombre está por encima del dolor de la mujer.
Las chicas, al normalizar esas prácticas, asumen que es lo que corresponde. No lo hacen por voluntad, sino porque no se les ofrece un catálogo de relaciones y posibilidades y quedan empujadas a una única opción: consentir la violencia sexual sobre ellas mismas. Y ese consentimiento, ese sí dicho desde la inexperiencia y el miedo a no encajar, es el mismo que luego se lleva a los juzgados. El mismo que algunos jueces llaman libertad. El mismo que olvida preguntar por el deseo, por el contexto.
Porque el deseo no es un capricho. La socióloga Rosa Cobo lo planteó en términos muy precisos: para que haya consentimiento real deben darse tres condiciones simultáneamente: voluntad, deseo y estructuras sociales, simbólicas y materiales razonables de igualdad. En una sociedad patriarcal sin igualdad real, ninguna mujer puede otorgar un consentimiento verdaderamente libre. Una mujer que necesita dinero para comer, una migrante sin papeles, una mujer que depende económicamente de su pareja, una niña de 14 años que ha aprendido en la pornografía que el dolor es placer: ninguna dice sí desde la libertad. Dicen sí desde el miedo, la necesidad, la falta de alternativas. Una mujer prostituida dice que sí cada día, pero ese sí nace del hambre, la amenaza, la precariedad. Dice sí porque el no es más caro. Y eso no es consentimiento: es cesión, dejarse hacer, el camino directo al trauma. Y los puteros lo saben. Saben que esa mujer no está ahí por deseo, que su sí es el de la coacción estructural. Y aún así pagan, porque no buscan deseo: buscan dominación. El putero no es un ingenuo que confunde prostitución con libertad sexual. Es un cómplice que se aprovecha de la desigualdad. Por eso paga: por el poder de comprar un cuerpo que no puede decir que no sin perderlo todo. Y mientras haya hombres dispuestos a pagar por un sí sin deseo, y jueces dispuestos a llamar libertad a ese sí, seguiremos enterrando mujeres.
El 54,1% de los adolescentes cree que la pornografía proporciona ideas para sus propias experiencias sexuales. Al 54,9% le gustaría poner en práctica lo que ha visto. Y muchos lo hacen. Y luego tenemos agresiones sexuales cometidas por menores que no dejan de aumentar. Y luego tenemos a chicas de 15 años que no saben si lo que les ha hecho su novio estaba bien o mal porque en los vídeos que él ve siempre sale así. Y luego tenemos a esas mismas chicas años después en un juzgado, tratando de explicar que dijeron que no, que se resistieron, y un juez como Maman Benchimol o como Serrano les pregunta por qué no denunciaron antes, o directamente insinúa que están manipulando para quedarse con los niños.
Hay una línea que conecta la pornografía que consumen los niños con la violencia que sufren las mujeres adultas. Y otra que conecta las declaraciones de jueces como Serrano y Maman Benchimol con el miedo de las mujeres a denunciar. La misma lógica de propiedad y dominio. El mismo sistema que mata, primero con palabras desde un juzgado, luego con cuchillos en un portal.
Ayer hablamos de deseo y de ternura. Hoy ha sido asesinada otra mujer. No nos callamos. Porque el consentimiento sin igualdad real no es libre elección: es un espejismo, es cesión. Consentimiento sin deseo, no es real. Libertad sin igualdad es una trampa. Y cada juez que minimiza la violencia machista es cómplice. Por ellas. Por las que ya no están. No estamos solas.