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Prácticamente un inútil

La situación es casi excelente

Aficionados españoles ante una pantalla gigante en Madrid durante el primer partido de España contra Cabo Verde.
16 de junio de 2026 21:33 h

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Llené la previa del debut mundialista de España de pequeñas acciones, algunas innecesarias, con las que distraerme y que de pronto ya fuese la hora del partido. Salí a comprar pan, por ejemplo, y al regresar volví a salir a comprar pan porque antes había comprado otras cosas que no necesitaba, porque ya tenía, pero no pan. También empecé a empezar a hacer la maleta, ya que al día siguiente me iba a Sicilia. En el colmo de mi entrega a la acción, vi una pequeña mancha en el televisor y me puse a limpiarla, agrandándola hasta extremos inexplicables. Quizá lo más hermoso de un mundial es cómo llenas todo ese tiempo que falta antes de un partido que te apetece mucho ver. Siempre las vísperas emanan una gran luz. Después, cuando rueda el balón, a menudo las cosas van a peor, se gastan, se deterioran, incluso se rompen. “Me encantan los veranos, nunca pierdes partidos”, decía Roy Evans cuando entrenaba al Liverpool y veía aún lejos la nueva temporada, con la posibilidad de pegarse una hostia.

Ese filo de la eternidad en el que imaginas las cosas hermosas que aún pueden suceder es un lugar perfecto para quedarse. Por momentos te olvidas hasta de que hay partido, como le ocurrió a Garrincha en la final del Mundial de Chile. Había regresado al vestuario, tras el calentamiento, cuando se acercó a Aymoré Moreira, el seleccionador, y le consultó: “¿Disculpe, maestro, ¿hoy es la final?” Moreira lo miró incrédulo: “Sí… jugamos contra Checoslovaquia”. “Ah… con razón hay tanta gente”, dijo Garrincha.

Finalmente, llegó el partido y España no le metió cinco goles a Cabo Verde, como se sabe; ni uno, de hecho, de forma que los planes de muchos aficionados para ser felices hasta el siguiente encuentro, contra Arabia, se desplomaron estrepitosamente. Llené las horas siguientes, cuando el aire se tiñó de un marrón feísimo, de no menos acciones que la previa. Por suerte para mí, mi hija se rompió el dedo gordo de un pie hace unos días y tuve que entregarme a labores de esclavo, lo que me distrajo no solo del resultado, sino de un mundo libre y democrático.

Por la noche, y sobre todo a la mañana siguiente, empecé ya a pensar que hacer las cosas muy bien desde el principio no es ninguna panacea. Creo que las pequeñas crisis previenen contra las grandes. Si evitamos la mirada cortoplacista, un empate patético, después de un malísimo partido, que despierte el fantasma del miedo al desastre, podría considerarse desde algún punto de vista una genialidad. Un Mundial es lo suficientemente largo, equiparable a una vida entera, y al mismo tiempo a un solo instante, como para creer que habrá que atravesar momentos malos y buenos. Ya estaría.

Al comienzo de Sunset Boulevard, de Billy Wilder, el protagonista confiesa que su mayor deseo siempre fue tener una piscina. “Conseguí la piscina y morí en ella”, añade. La frase ayuda a hacernos una idea de que cuando el entusiasmo se expande sin control corres el riesgo de ser asfixiado por él. Dicho esto, resultó de gran ayuda atiborrarme, después del disgusto, con dos partidos más, y ya por la mañana acabar de hacer la maleta e irme a Sicilia con un amigo italiano, cuya selección, qué risas, ni siquiera disputa el Mundial. Nuestra situación casi es excelente.

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