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Ayuso reina en la era de la impunidad

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. EFE/ Víctor Lerena
5 de agosto de 2026 21:56 h

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Isabel Díaz Ayuso entendió antes y mejor que cualquier otro dirigente del PP que el mundo vive en la era de la impunidad, un concepto que popularizó el exministro de Exteriores británico David Miliband y que está caracterizado por la posibilidad de gobernar sin rendir cuentas, ni ante los ciudadanos ni ante la justicia ni ante ningún órgano de control o contrapeso. Durante la pandemia la presidenta de la CAM se subió al caballo ganador de los populismos para eliminar, por la vía emocional, el primero de los controles, que se asienta sobre el espíritu crítico de los ciudadanos y votantes. Desde entonces ejerce un poder desacomplejado que cuenta con la aceptación de muchos madrileños, y que explica su éxito más por la adhesión incondicional a una trinchera y a una personalidad que por la buena gestión de sus competencias.

Con una buena parte de los madrileños cautivados por la forma y el desparpajo de sus salidas de pata de banco, desde 2023 comenzó a erosionar los contrapesos institucionales de fiscalización de la propia CAM. Tomó el control de la Cámara de Cuentas, del Consejo de Transparencia y de la televisión autonómica a través de varias reformas legales y consolidó una relación con gran parte de la prensa madrileña y de los poderes económicos de la capital que se traduce en una defensa a capa y espada, en ocasiones hasta sonrojante, de su figura. En esta posición, Ayuso podía con todo, hasta con la acumulación de escándalos: las comisiones que su hermano cobró por las mascarillas, la gestión de las residencias en la pandemia, los viajes con objetivos y gastos no explicados, el fraude fiscal de su pareja y sus cuestionables y oscuras relaciones con el grupo Quirón… Su táctica siempre ha sido contraatacar con ferocidad y eficacia, como bien saben Pablo Casado o el exfiscal general del Estado.

Alberto Núñez Feijóo ha dejado a Ayuso hacer y deshacer porque él llegó a Madrid gracias a una de sus operaciones de eliminación de cualquiera que la cuestione. El violento y rápido derroque de Casado posibilitó que el actual líder de la oposición esté donde está, y esa deuda se traduce en un cheque en blanco y una llamada continua a cerrar filas en torno a la presidenta madrileña. Hasta el ático de Chamberí, el último y más importante escándalo del ayusismo. Un ático que costó 6,3 millones de euros a las arcas públicas madrileñas, cuyo destino y necesidad de compra el gobierno madrileño es incapaz de explicar y que se ha puesto a la venta de forma precipitada con la excusa de reunir fondos para la reconstrucción de la Sierra Oeste de Madrid afectada por los incendios. Por Madrid corren todo tipo de rumores, desde que ha habido fuego amigo en el chivatazo de la compra hasta que la presidenta ha roto con su novio y/o testaferro. Solo rumores, porque la realidad es que la operación inmobiliaria no consta ni en el portal de Transparencia, ni en las cuentas anuales de Planifica Madrid, la empresa pública que realizó la compra, ni en una memoria justificativa ni existe una ampliación presupuestaria común para este tipo de adquisiciones. Esos son los hechos, o la falta de ellos.

La última noticia es que Isabel Díaz Ayuso ha encontrado una víctima propiciatoria para arrojar a los pies de los caballos: Miguel Ángel García Martín, de quien depende Consejería de Presidencia y, por tanto, Planifica Madrid. “Yo no tengo ni la menor idea”, ha asegurado sobre la compra del ático, una declaración poco coherente con lo idea de que en la CAM no se mueve nada que no gire en torno a ella. Ha añadido que sería “poco inteligente” hacer del ático de lujo su vivienda, cuando todos los madrileños sabemos que aquí no se está hablando de inteligencia sino de los límites de la impunidad de la que goza y si será posible derribar el entramado de poder que ha creado para protegerse. Es posible que si se aplicara la misma vara de medir que a otros y otras, Ayuso ya estaría camino del banquillo y sin pasaporte para repetir su viaje (baratísimo y polémico) a México. Mientras todos nos preguntamos si este ha sido su último baile al filo de los límites del poder, ella sigue reinando, todavía inmune e impune, en Madrid.

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