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Prácticamente un inútil

El fútbol en diferido, ¿es fútbol?

Los jugadores de Alemania bajan del avión a la llegada del equipo al aeropuerto Smith Reynolds, tras su derrota ante Paraguay.
30 de junio de 2026 21:57 h

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Un Mundial de fútbol se vive de unas ocho o nueve maneras diferentes. Eso lo sabe cualquiera. Tal vez más. A lo mejor menos. Imposible saberlo. Pongamos que puede experimentarse de las maneras que a uno se le ocurran, a boleo, como cuando el autor de 1.280 almas, el gran Jim Thompson, decía que “hay treinta y dos maneras de contar una historia”. A ver, en serio, de dónde sacaba esa cifra. ¿Del bolsillo? ¿De la botella? ¿De una galleta de la suerte? Tampoco importa. Entre todas las maneras posibles, la más extraña y espantosa de vivir un mundial es siempre en diferido. Frente al directo, parece que el diferido sea una opción para gente muerta, sin ambición, que fracasó en el intento de llegar a la hora a las citas importantes. El diferido representa un tristísimo consuelo, la oportunidad insípida que se le concede a un pobre desgraciado de llegar el último, pero llegar. Pero el último, no se nos olvide.

A mí el diferido me hace pensar en los espaguetis fríos con atún que comes a las siete de la mañana, cuando regresas a casa hambriento y no hay otra cosa. Personalmente, no suelo recurrir a él casi nunca. Saber que el partido acabó hace horas, que la humanidad entera menos tú, y cuatro como tú, está absolutamente al tanto del resultado, da muchísimas ganas de echarse a llorar, incluso de echarse por la ventana, a ver si así recuperas la emoción del directo. Porque además siempre puede mediar una calamidad, como que te pongas el partido y aparezca un imbécil —esto es lo más fácil del mundo— que te revele el resultado cuando a lo mejor todavía te queda toda la segunda parte. Estaba yo viendo el Alemania–Paraguay, cuando a medida que el empate adquiría ese aspecto obstinado e irrompible que poseen tantas de las cosas fabricadas por los alemanes, empecé a sospechar que quizás habría prórroga, y después penaltis, y se me juntaría ese partido con el Países Bajos–Marruecos (a las tres de la madrugada) de ese modo atroz en que a veces se te junta la comida con la cena. Por minutos, me decía que vería el segundo partido de empalmada, en directo, (de perdidos al río), y acción seguida que no, imposible, qué locura, mejor dormir con cierto desapego por el fútbol, y, como mucho, madrugar a eso de las once de la mañana, y verlo ya entonces en diferido, vivo y muerto a la vez.

Me acosté a la una y diez, tras contemplar la derrota de Alemania a los penaltis. Qué salvajada, qué espanto, qué belleza ver el descarrilamiento germano otro mundial más. Quizás hablemos un día —me lo apunto— de los penaltis y la fórmula matemática para no fallarlos que nadie sigue. En ese momento, ejecutando trabajosamente las mil y pico pequeñas acciones previas a irme a la cama, al menos una cosa tuve clarísima: dormiría, y tal vez soñaría. Pero las cosas clarísimas duran poco. Ya lo decía Arsenio Iglesias: “Te las quitan de los fuciños”. A las tres y media, sin embargo, me desperté con ganas de ir al baño, y se me abrió una nueva ventana de oportunidades. “Voy a ver el Países Bajos-Marruecos”, me dije, para mi sorpresa. Vaya que sí. Pero en lo que transcurrió medio segundo le añadí unos puntos suspensivos a la frase, y apostillé “mejor no”.

A las diez de la mañana, desayunado, duchado, vestido, peinado, me puse al fin con el Países Bajos-Marruecos. No tenía mejor cosa que hacer. Seguir un partido en diferido representa, como decía antes, una maniobra infeliz, desangelada y delicadísima, como preparar una bomba casera. Has de aislarte. Aislarte, antes de nada, de los imbéciles. Porque todo conspira para que te enteres del resultado antes de tiempo, echando por tierra el leve factor sorpresa. Nada de informativos, nada de mensajes, nada de redes sociales, nada de atender llamadas, ni de tu madre, ni del mensajero, ni del Servicio Galego de Saúde, nada de abrir las ventanas o la puerta. Nada de nada. Solo fue bonito estar absolutamente desinformado en relación a todo; lo demás, tristísimo. Aún estoy a tiempo de saltar por la ventana.

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