El converso
De todos es sabido quién fue Saulo, el Converso, quien, después de caerse de su caballo, pasaría a llamarse Pablo y, más tarde, San Pablo, defendiendo desde entonces la fe cristiana con fervor y entrega a la causa. Esta semana hemos asistido a otra conversión aquí, en Canarias: la de Sergio Ramos, el exsenador del Partido Popular por Gran Canaria, en su ruta por la empresa privada desde finales de 2024, cuando, por motivos personales, dejó la Cámara Alta.
Hasta esa fecha, podemos afirmar que ocupó el noventa por ciento de su tiempo en el escaño en desempeñar un rol pleiteante, vehemente, sobre el fenómeno migratorio en Canarias. En este sentido, llegó a sostener en octubre de 2024, en sede parlamentaria y ante el ministro Grande-Marlaska, que Canarias «no puede más» y que está «desbordada». La derecha y ultraderecha canaria podía estar tranquila porque, para su regocijo, tenían a Ramos en el hemiciclo, poniendo victimismo y tremendismo a sus ideas, con una voz que con frecuencia era más grito que voz, tan efectiva para infundir miedo como estéril para encontrar soluciones.
Por eso me ha resultado curioso, cuanto menos, leer estos días, desde su nueva posición en la empresa privada, que «las empresas canarias necesitan a los jóvenes de Malí y Senegal» y que «tenemos ante nosotros un potencial humano y laboral extraordinario que Canarias no debería desperdiciar». (Canarias7. Tribuna Libre, 23/08/2026).
No pretendo extenderme demasiado, pero no quiero quedarme sin subrayar, en primer lugar, que no comprendo la distinción que hace al destacar a dos países en concreto. Tal vez me lo explique cuando coincidamos en algún vuelo. Porque lo cierto es que todos son seres humanos, vidas con valor, algo que el autor, por cierto, aprovecha para destacar en su artículo. Y es que plantea que estas personas, o al menos las que él ha distinguido —vaya usted a saber por qué—, podrían aportar valor a nuestra sociedad desde un trabajo, un oficio que pueden aprender, incluso a su llegada a nuestra tierra.
En segundo término quiero recordar su debate, por ejemplo, del 1 de diciembre de 2020, cuando se enfrentaba al ministro del Interior con formas histriónicas, afirmando dramáticamente que «Canarias está agonizando y no podemos más». ¿Qué ha ocurrido, entonces, hasta su posición actual, de esa que las derechas tildarían de «buenista»?
Pasan las personas y pasan los cargos públicos por los escaños, pero las actas con lo expresado en los debates quedarán ahí para siempre, unidas a la responsabilidad de quienes los pronunciaron. Pero, sobre todo, queda el reflejo informativo de una postura que tal vez solo haya servido para generar miedo, sin una sola aportación digna de consideración.
Ahora, para mayor asombro, Sergio Ramos ha pasado de situar un apocalipsis migratorio como el colmo de todos nuestros males a plantear una oposición activa y positiva —la que nunca hizo en su labor senatorial—, en donde no solo acepta que esos jóvenes ya están aquí entre nosotros, sino que nos habla de integrarles, capacitarles y de incorporarles al mundo laboral.
Y entonces ¿qué opinión le merece al exsenador la posición de los presidentes autonómicos del Partido Popular negándose a acoger a los menores migrantes no acompañados? Incluimos a los de Malí y Senegal, por supuesto, pero también a todos los demás.
Con el paso de los años y la mirada desde otro ángulo, ha llegado al mismo punto en el que los socialistas estamos desde hace años: el de las soluciones a un problema real, con visión social integradora. En fin, que habrá que darle la bienvenida a esta nueva mirada que se plantea, aunque sea desde su particular camino hacia Damasco.