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El Día del Libro: la resistencia del conocimiento

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Hace unos años alguien me comentó que, en el tren de la vida, unas personas se suben y te acompañan hasta una estación determinada, donde se bajan y ya no vuelves a cruzarte con ellas; otras, se incorporan cuando menos lo esperas y continúan el viaje contigo; y, finalmente, muy pocas son las que te acompañan en todo tu recorrido, desde la primera a la última parada de ese largo trayecto.  

Los libros cumplen la misma función, cincelando tu identidad a medida que creces y tomas decisiones. Convertidos en un hito kilométrico, indican el momento en que pasaron a formar parte de lo que eres, donde cada título emerge como un referente que te recuerda instantes y rostros, producto de un pasado al que te aferras en la lejanía de la memoria. Recurres a ellos con el respeto y la certeza de que son un elemento clave para explicar la realidad, comprender la evolución de la humanidad y favorecer el intelecto, sin olvidar que son esenciales porque democratizan la cultura y la información.  

La efeméride del Día Internacional del Libro es un faro sobre un acantilado que, año tras año, rememora la necesidad de salvaguardar esta poderosa herramienta pedagógica, que también se ve afectada por los cambios sociopolíticos, las modas y las pautas de consumo. Además, difunde el importante mensaje de que constituye el puente para superar el abismo de la ignorancia y la desinformación, generando una ciudadanía caracterizada por el pensamiento crítico, la reflexión, la creatividad y la libertad de expresión.  

Precisamente, esto es un hándicap para quienes pretenden imponer ideas, como forma que niega la diversidad y la pluralidad, o censuran o persiguen a escritores porque sus obras no están en sintonía con su ideología, circunstancia que, paradójicamente, sucede incluso en países democráticos. 

Los libros son la resistencia frente a la incultura; el bastión que defiende el conocimiento heterogéneo, donde la ciudadanía expresa y comparte sus ideas; la bandera que reduce las desigualdades y da las mismas oportunidades a toda la población dentro de un marco de desarrollo social; y los pilares del fomento a la lectura en la infancia, que debería continuar durante las etapas de la madurez y la vejez, al mismo tiempo que colaboran en la percepción e interpretación del entorno cambiante. 

Esto obliga a que la sociedad asuma siempre la responsabilidad de vigilar que nada ni nadie coarte o impida el acceso libre y plural a ellos porque leer es un derecho universal, habida cuenta de que los libros son una pieza imprescindible en la alfabetización, beneficiándose hasta los colectivos más vulnerables. Por tanto, la ciudadanía se compromete a que estén presentes en su quehacer diario, no solo como un componente cultural, sino también como un recurso que dinamiza el aprendizaje y cuyo contenido heterogéneo y plural se utiliza como materia prima para producir más conocimiento en nuestro paso por la Tierra. 

En consecuencia, los libros adquieren un rol de justicia social, combatiendo y transformando el atraso individual y comunitario para intentar erradicar todo tipo de desequilibrios, gestando así un nuevo contexto de igualdad. Como si fuese un milagro perteneciente a un versículo de la Biblia, abren los ojos a quienes antes eran ciegos, ya que estaban atrapados en su propio miedo de pensar y actuar al margen de lo que otros creen y opinan, y permiten caminar a quienes hasta entonces no lo hacían, germinando inteligencia para exigir el cumplimiento de sus derechos y libertades.

Si lo miramos desde un componente emocional, son un tatuaje que cubre la piel del lenguaje. En nuestra memoria, convertida en una caja fuerte de los recuerdos, tienen cabida frases y fragmentos procedentes de alguna obra que leímos en su momento, cuyo significado nos marcó, y con los cuales establecemos un vínculo casi inseparable, que supera incluso el espacio y el tiempo. Recurrimos a ellos como parte del argumento de una explicación, así como para comprender que podemos alcanzar metas que, inicialmente, se presentaban inasequibles o para redimirnos en un momento de inflexión en el que buscamos una segunda oportunidad, un cambio radical que deje atrás una etapa oscura donde estuvimos perdidos, un vacío existencial en el que nos ahogábamos hasta que unas letras, escritas en una página, emergieron como una tabla de salvación. 

El Día Internacional del Libro es de las pocas oportunidades en que la sociedad se une bajo un mismo interés común. El amor por los libros es, al unísono, la consideración por las personas porque un libro representa valores que promueven desde la conciencia democrática hasta integridad, el respeto por la convivencia en comunidad, la sensibilización y la empatía. Desgraciadamente, no son un escudo frente a las guerras y el autoritarismo. Eso es lo que más duele: el corazón de cada historia late en su interior, pero siempre hay alguien dispuesto a arrancar sus páginas.