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Esperpentos a juicio

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Periodistas incansables de los tribunales están estos días muy ajetreados: dos juicios, uno en el Supremo y otro en la Audiencia Nacional, en los que se tratan asuntos de corrupción política, en general, y de estética cutre, en particular. Se supone que el desarrollo de los mismos va para meses, y uno de ellos, el Estado espiándose a sí mismo, lleva nueve años de instrucción. El otro, mucho menos. 

Dicen que tiene que ver con las peculiaridades de los tribunales. No lo sé: el rápido, para los presuntos que se supone de izquierdas; el lento, para los que se supone de derechas.

En cualquiera de los dos, reina el esperpento: un cura espía, secuestro, novias con empleos públicos sin ir a trabajar… Por eso llega un momento que la gente no se cree nada bueno de la política, y caen en generalizaciones absurdas y en condenas populistas. La justicia debería poner orden en todo esto pero ella tampoco escapa del callejón del gato valleinclanesco. Con lo cual, después de una semana de procesiones retransmitidas por la macabra, según algunos, televisión pública española (eso sí que merece una investigación), nos esperan las retransmisiones de los juicios. Y en otros canales se sigue emitiendo Cateto a babor y el presidente del Atlético de Madrid hace caja. Y los torrente, los landa y los esteso, en un paquete carmesí: todo lo ha pedido el exministro socialista en dvd’s para verlo en la cárcel, y aprender un poco. El exministro popular solo pide rosarios nuevos porque los gasta mucho y no le aguantan las cuentas. 

No hace falta añadir nada de la política internacional, ya nos llega. Cristina me invita al parador de Calahorra, que es muy aséptico. A ver si de esta se va de casa. “Creo que tendremos aposento en el de Muxía”. Eso ya es otra cosa que compensa la austeridad de Calahorra. De la costa da Morte no me pienso mover hasta que la periodista lucense Adriana Mourelos vuelva de vacaciones y nos cuente las cosas con más alegrías en “Si amanece nos vamos” de la cadena Ser. Se sabe, de siempre, que los de Lugo y Coruña tenemos mucho que ver: véase, por ejemplo, la hermandad en la playa de Miño (Coruña) cualquier domingo de verano.

Sobra la solemnidad en todos los casos y en estos mucho más. Lo mismo que picar cualquier cosa en una tasca con unas tazas de vino blanco es más apetecible que pelearse por una plaza en uno de esos impostados restaurantes de Fisterra. Cristina me recuerda la primera vez que estuvimos juntos allí, en julio de 1979, y también lo que hicimos sobre una roca al lado del faro. Éramos tan jóvenes y no había nadie. A ver si de una vez cambia todo esto y Galiza deja de estar de moda.