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El extraño caso de las lapas de Puntagorda

Elsa López / Elsa López

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Dos amigos deciden darse una fiesta con un puñado de lapas a la plancha, papas, mojo y un buen vino. Marchan felices a la orilla del mar y comienzan a recoger lapas con un lapero prestado (véase el detalle que es digno de tener en cuenta: nadie que no sea un experto o se dedique en cuerpo y alma a esquilmar las costas, tiene uno en propiedad). Cuando están en plena faena ven acercarse un helicóptero de los de verdad y oyen una voz que les reclama se den por descubiertos.

Aparca el artefacto sobre las piedras de la orilla más conocidas por callaos y, pistola al cinto, los hombres de Harrison descienden del aire y se enfrentan a los temidos bandoleros que no salen de su asombro y no salen porque aquello más parece tratarse de tráfico de armas o de estupefacientes que de moluscos gasterópodos y porque llevan siglos recogiendo lapas para disfrutarlas y no para dedicarse a su venta o a su destrucción como otros que yo sé que tienen buenos negocios con ellas y nadie los detiene ni les preguntan qué transportan.

En resumen, que les piden documentación y servicios al gobierno y les dejan maltrecha el alma que aún es hoy y no entienden nada. Ni yo, que llevo toda la vida comiendo lapas a la orilla del mar y recuerdo ver llegar al abuelo con un saco repleto los días de guardar y a la gente de mi barrio meterlas en un tarro con vinagre para cuando llegara el invierno comerlas con unas papas sancochadas bien resguardados del frío y la lluvia.

Y ahora me pregunto mientras espero que vengan a detenerme qué crimen hemos cometido los ciudadanos de a pie para que aparezcan los servicios del estado a darnos estos sustos en lugar de dedicarse a detener a todos los sinvergüenzas que roban nuestra comida y que son los que montan estas maniobras de distracción para que pensemos que están trabajando en algo decente como salvar la tierra, por ejemplo, mientras sus amigos se encargan de envenenarla sin que ellos muevan un dedo para impedirlo.

Elsa López