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La geopolítica de la energía en sus variadas formas, fundamental para Canarias

3 de julio de 2026 16:59 h

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La semana pasada les hablé de la relevancia del transporte marítimo en la geopolítica y del impacto que sus alteraciones tienen en espacios como Canarias o el continente africano.

Como les decía, el continente africano sufre las crisis generadas por otros debido a una dependencia exterior asfixiante, que acentúa la paradoja de que países tan ricos en recursos se vean obligados a exportar sus materias primas, quedando después expuestos a las tensiones que puede generar una guerra cuando esta afecta a los pasos estratégicos y esenciales para el desarrollo de esa economía global tan basada en el transporte por mar.

Hoy, para seguir tirando de ese hilo, quisiera profundizar en el que quizás sea el componente más crítico de este sistema: el vector energético. Así, si el tráfico marítimo es el sistema circulatorio que mantiene viva la economía mundial, los combustibles son su oxígeno: fundamentalmente el petróleo.

Pero se habla menos de otra materia prima clave en la actual batalla por la hegemonía global, el gas. En este caso concreto, la importancia de lo que pase (o no se deje pasar) por Ormuz aún es más relevante: no hay rutas alternativas para circunnavegar el Estrecho, y eso explica por qué los precios del gas reaccionan con más agudeza al devenir de los conflictos.

Porque la realidad es que el Gas Natural Licuado (GNL) ha cobrado una importancia realmente especial y se ha convertido en el barómetro de poder que define la seguridad de las naciones.

El gas natural licuado se ha consolidado en los últimos años como el principal combustible de transición para el transporte marítimo, ya que su uso permite reducir prácticamente a cero las emisiones de óxidos de azufre (SOx), disminuir de forma muy significativa las emisiones de partículas y óxidos de nitrógeno (NOx), y reducir las emisiones de COâ‚‚ frente a los combustibles marinos tradicionales.

Cualquier persona que oigan hablar sobre la transición energética del transporte marítimo les contará que todos los grandes puertos estratégicos del mundo están adaptando sus infraestructuras al suministro de GNL como principal combustible para los buques.

Traigo esta reflexión a cuenta de la lectura de un reciente trabajo sobre geopolítica de la energía del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), vinculado al Ministerio de Defensa, concretamente de un excepcional capítulo escrito por Miguel Golmayo, que desarrolla la importancia de que la capacidad regasificadora de nuestro país, donde una importante red de regasificadoras (distribuidas estratégicamente en los puertos de Barcelona, Cartagena, Huelva, Bilbao, Sagunto, Ferrol y la recientemente reactivada planta de Gijón) ha consolidado a España como el principal hub energético y puerta de entrada de gas para todo el continente. No rehuiré el hecho de recordar que Canarias no está en esta lista, y que por lo tanto no estamos haciendo valer en la geopolítica nacional y europea nuestra posición privilegiada como espacio de paso (y habitual punto de repostaje o ‘bunkering’) en el Atlántico Medio. Las escenas en nuestros puertos, como la que acompaña la fotografía con la que ilustramos este artículo, hacen que el repostaje de GNL se realice de gabarras, o ya por primera vez, desde camiones como ocurrió hace pocas semanas con un buque de Balearia.

Es fundamental reseñar que con una capacidad activa de regasificación de 67.000 millones de metros cúbicos (bcm) al año, la mayor de toda la Unión Europea, nuestras infraestructuras portuarias han pasado de ser activos puramente industriales a convertirse en pilares críticos de la seguridad colectiva europea.

Porque en el actual escenario de ruptura con el suministro ruso, esta red de terminales españolas es la que permite a Europa diversificar sus fuentes y recibir con agilidad el GNL proveniente del Atlántico, mitigando la vulnerabilidad estratégica de los socios comunitarios y reafirmando el papel de España como un baluarte indispensable para la estabilidad energética de la Unión.

Estamos en una disputa global. La competencia por el acceso al gas natural licuado se está convirtiendo en uno de los principales factores de tensión económica y geopolítica del escenario internacional.

Diferentes analistas vienen advirtiendo de que Europa se enfrenta a una competencia creciente por el suministro global de GNL. Mientras algunas economías asiáticas cuentan con una elevada capacidad de planificación y pueden movilizar rápidamente grandes volúmenes de compra, la Unión Europea opera en un mercado mucho más fragmentado, donde conviven los intereses de veintisiete Estados y multitud de operadores privados. Esta circunstancia incrementa la presión sobre los precios y sobre la propia seguridad del abastecimiento.

A ello se suma otro elemento relevante: el aumento de la demanda energética en Asia. El crecimiento económico de la región y las necesidades de consumo derivadas de fenómenos climáticos cada vez más extremos convierten al continente asiático en un competidor muy activo por los cargamentos de GNL disponibles en el mercado internacional.

Todo ello demuestra que el gas natural licuado no es únicamente una mercancía energética. Es también una herramienta de influencia geopolítica, un factor de estabilidad económica y un elemento esencial para entender las nuevas relaciones de poder que se están configurando en el mundo.

En este contexto, insisto, España está haciendo valer su posición singular gracias a su amplia capacidad de regasificación y a su condición de puerta atlántica de Europa. El reto para los próximos años consistirá en seguir fortaleciendo la resiliencia del sistema energético nacional y aprovechar las oportunidades que ofrece esta nueva geopolítica de la energía, marcada por la incertidumbre, la competencia global y la necesidad de garantizar suministros seguros y diversificados.

Para territorios atlánticos como Canarias, profundamente conectados con las rutas marítimas internacionales y con las dinámicas económicas de África y Europa, estos cambios constituyen un recordatorio de la importancia estratégica que seguirá teniendo la energía en el siglo XXI. No se trata únicamente de tecnología o infraestructuras, sino de comprender que la capacidad de adaptación a un entorno internacional cada vez más competitivo será uno de los principales factores de prosperidad y estabilidad en las próximas décadas.

Me habrán leído en innumerables ocasiones que soy un ferviente defensor del hidrógeno verde y del potencial que este tiene como vector energético del futuro. Ya empiezo a ver de forma habitual anuncios de grandes empresas españolas apostando abiertamente por el hidrógeno verde. Espero que ahí, también, podamos poner en valor la posición de Canarias y el potencial que esta fuente de energía puede tener para nuestro futuro.