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La inclusión no puede funcionar por tramos horarios

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Hay casas en Canarias donde estos días huele a libro nuevo y a mochila recién comprada. A lápices sin estrenar. A estuches que todavía conservan ese orden que perderán en pocas semanas.

Hay niños contando los días para volver al colegio y padres intentando que no falte nada.

Y hay una casa donde una niña también prepara su mochila.

Sus padres son jóvenes. Están ilusionados y nerviosos, como todos.

Pero mientras colocan los libros, ellos tienen una pregunta que otros padres no necesitan hacerse: ¿Estará el colegio preparado para nuestra hija?

Ella tiene autismo. Y mañana no solo estrenará curso. Sus padres estrenarán también una preocupación.

¿Habrá suficientes apoyos? ¿La entenderán? ¿Tendrá los recursos que necesita? ¿Podrá participar como los demás?

Porque hay familias para las que la vuelta al cole no termina cuando se cierra la mochila.

Empieza entonces.

Y conviene decirlo sin rodeos: una niña con discapacidad no necesita que la escuela le haga un favor. Necesita que la escuela cumpla con su obligación.

Canarias ha dado pasos en inclusión y este curso mantiene proyectos y medidas específicas para atender al alumnado con necesidades educativas diversas. Pero reconocer los avances no debería impedirnos hacer la pregunta incómoda: ¿de qué sirve que un niño tenga una plaza si después tiene que pelear para poder ocuparla en igualdad?

Porque inclusión no es matricular. Inclusión es participar. Es aprender. Es jugar. Es salir al recreo. Es hacer una excursión. Es poder estar en el aula sin que la discapacidad convierta cada día en una negociación.

Mientras unos padres preparan mochilas, otros preparan carpetas llenas de informes, solicitudes, valoraciones y documentos.

Y quizá ese sea uno de los mayores fracasos de nuestro sistema: que algunas familias tengan que convertirse en expertas en Administración para conseguir aquello que debería estar garantizado por derecho.

Y no ocurre solamente en los colegios.

También ocurre en las universidades.

Hay estudiantes sordos que llegan al aula con las mismas ganas que cualquier otro estudiante y que necesitan apoyos para poder seguir plenamente lo que ocurre dentro de ella.

Un intérprete de lengua de signos no es un privilegio, ni es una ayuda extraordinaria, es un recurso que permite que una persona pueda acceder a la educación en igualdad.

La Universidad de La Laguna contempla entre sus medidas de apoyo al alumnado con discapacidad la posibilidad de solicitar interpretación en lengua de signos. Pero una cosa es que el recurso exista y otra que llegue cuando se necesita, durante el tiempo que se necesita y sin convertir cada curso en una nueva carrera de obstáculos. Porque estudiar una carrera ya exige bastante esfuerzo como para tener que luchar además por poder entenderla.

Y después están las personas sordociegas.

Ahí las palabras “accesibilidad” e “inclusión” adquieren otra dimensión.

Comunicación. Información. Orientación. Desplazamientos. Mediación.

No hablamos simplemente de colocar una rampa o adaptar un documento. Hablamos de contar con la persona y el apoyo adecuados para poder comunicarse y desenvolverse.

La mediación para las personas sordociegas no es un extra. Para algunas personas, es la diferencia entre participar o quedarse fuera.

Y están también los estudiantes ciegos o con discapacidad visual grave. La mayoría estudia en centros ordinarios, con apoyos especializados y recursos adaptados. Pero la inclusión no termina cuando el alumno entra en el aula.

También está el recreo. El comedor. Una excursión. Una actividad extraescolar. Un cambio de clase. Esos minutos en los que no hay una pizarra delante, pero sí hay algo igual de importante: infancia.

Porque un niño no va al colegio únicamente para aprender matemáticas o lengua. Va para jugar, relacionarse, hacer amigos, descubrir quién es y aprender a desenvolverse con los demás.

Y ahí también necesita apoyo quien lo necesita.

De poco sirve que durante una hora tenga todos los recursos si después, en el patio, nadie sabe cómo acompañarlo. Si una excursión se convierte en una barrera. Si una actividad deja de ser accesible. Si el comedor o los espacios comunes se convierten en lugares donde vuelve a quedarse al margen.

La inclusión no puede funcionar por tramos horarios.

Un niño no deja de necesitar apoyos cuando suena el timbre.

Porque un colegio accesible no es solamente un colegio al que se puede entrar. Es un colegio en el que se puede estar en el aula, pero también en el patio, en la excursión, en la actividad, en el comedor… en todos esos lugares donde, sencillamente, ocurre la vida.

Y quizá ahí esté la verdadera diferencia.

Hemos aprendido a utilizar mucho la palabra “inclusión”.

Está en las leyes. En los planes. En los proyectos. En los discursos.

Pero la inclusión no se demuestra escribiéndola. Se demuestra un martes cualquiera, a las diez de la mañana, dentro de un aula, cuando una niña con autismo tiene el apoyo que necesita, cuando un estudiante sordo puede seguir una explicación, cuando una persona sordociega dispone de mediación, cuando un alumno ciego recibe su material accesible al mismo tiempo que sus compañeros. Ahí es donde se decide si estamos hablando de inclusión o simplemente de buenas intenciones.

Porque hay algo que tampoco deberíamos olvidar: los derechos no pueden depender de la capacidad de una familia para insistir. No deberían depender de cuántas veces llame una madre. De cuántas reuniones consiga. De si sabe a qué puerta llamar. De si tiene tiempo para presentar una reclamación. Ni de cuánto pueda aguantar.

Una familia no debería tener que convertirse en una corredora de fondo para que su hijo pueda estudiar.

La Administración puede hablar de recursos.

Las estadísticas pueden hablar de plazas.

Los programas pueden hablar de inclusión.

Pero las familias saben perfectamente cuándo un recurso llega tarde. Y cuando llega tarde, para un niño puede significar perder una clase. Un trimestre. Una oportunidad. A veces, algo mucho más difícil de recuperar.

Mañana miles de niños volverán al colegio.

Habrá mochilas nuevas, libros, nervios, abrazos, lágrimas, fotografías en las puertas.

Y quiero volver a aquella casa. A aquella niña. A sus padres jóvenes preparando la mochila.

Quiero imaginar que cuando ella cruce mañana la puerta del colegio, ellos puedan sentir lo mismo que cualquier otro padre.

Que su hija está empezando un nuevo curso. No una nueva batalla.

Que puedan preguntarse si hará amigos, si le gustará su profesora, si volverá contenta a casa. Y no sí tendrá el apoyo que necesita.

Porque la pregunta nunca debería ser si una niña con autismo está preparada para la escuela. Ni si un estudiante sordo está preparado para la universidad. Ni si una persona ciega puede adaptarse al aula.

La pregunta debería ser si nosotros estamos preparados para ellos.

Porque la discapacidad no debería obligar a nadie a demostrar cada septiembre que merece estar dentro.

La inclusión no consiste en dejar entrar. Consiste en hacer sitio. Y ese sitio no puede depender de una solicitud, ni de una reclamación, ni de la suerte.

Cuando suene el timbre, todos deberían empezar el mismo curso, pero no porque todos sean iguales, sino porque todos tengan las mismas oportunidades para aprender.

Y quizá ese sea el verdadero examen de septiembre.

No el de nuestros hijos.

El nuestro.