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La llave de la era digital está en África

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La semana pasada les hablé de la importancia de que nuestro país, España, adapte su Estrategia de Seguridad Nacional a los enormes cambios geopolíticos que estamos viviendo, al nuevo mapa de poder, tal como establece la vigente Ley de Seguridad Nacional. Y les contaba que en toda esta estrategia debemos tener presente al continente africano, porque en este nuevo juego de las superpotencias que promueve el presidente norteamericano, Donald Trump, África parece condicionada a ser el proveedor de materias primas, un punto central en el que China, Rusia y los Estados Unidos se disputan los favores y las influencias de los gobiernos africanos para hacerse con su petróleo, su gas, su oro, sus minerales críticos y sus tierras raras. 

Para comprender la magnitud de lo que está en juego, es preciso que bajemos al subsuelo: África posee un tercio de las reservas minerales conocidas del planeta, incluyendo el 80% del platino y el cromo, el 47% del cobalto o el 21% del grafito. Ese es el inventario de la transición energética. 

Y estoy convencido de que esta riqueza y el momento geopolítico sitúan a África ante una oportunidad histórica para convertir su patrimonio natural, ahora sí, en un motor de transformación social y económica. Digo ahora sí porque en cierta manera este momento constituye una oportunidad histórica para romper finalmente esa frase estereotipada de que África sufre “la maldición de los recursos”, donde esa inmensa riqueza ha sido paradójicamente el vector principal que explican el conflicto, la desigualdad y la pobreza extremas de una población que no huele ni de lejos los beneficios estratosféricos que arroja la venta de lo que se halla bajo sus pies. El colonialismo, los países europeos, fueron principalmente los grandes beneficiarios. 

Ahora, las grandes potencias, Estados Unidos y China, juegan ya abiertamente una partida por resolver su dependencia estructural. Estados Unidos, por ejemplo, depende en más de un 50% de las importaciones para cuarenta de los sesenta minerales que considera críticos. China, por su parte, ha consolidado una ventaja estratégica casi inalcanzable al controlar el 87% del procesamiento y refinado global de estas materias primas. Y la demanda se dispara: solo la demanda de litio, por ejemplo, podría crecer hasta un 1.500% en 25 años. 

En el pasado 2025 ya escribimos en varias ocasiones sobre minerales críticos y tierras raras (‘Las tierras raras y la geopolítica de los minerales’ o ‘El centro de gravedad se desplaza: África en la competencia global’, que citamos a modo de referencia).  

En África, quizás la pieza más importante de este tablero, la reina, es la República Democrática del Congo, que concentra el 70% del cobalto mundial, un mineral indispensable para las baterías de última generación y los sistemas de defensa avanzados. Junto a ella, países como Zambia están emergiendo como actores protagonistas; este país, segundo productor de cobre de África, planea cuadriplicar su producción para 2031 para alimentar la insaciable demanda de conductores eléctricos globales. 

En este escenario, la verdadera batalla que España y Europa deben observar está en el eslabón que decide el precio: el refinado y la logística. Tres décadas de inversión han dado a China una ventaja clara: no basta con tener la mina si el tren que transporta las mercancías y la planta que procesa el mineral están en manos ajenas. 

Como bien analiza la experta Mar Hidalgo García, investigadora principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) en un excelente artículo publicado esta misma semana, economía y seguridad se han fusionado. Bajo la administración de Donald Trump, este esquema se materializa en lo que ellos definen como “Pax Silica”, una alianza multilateral que busca asegurar colectivamente las bases estratégicas de la economía digital —computación, semiconductores, energía y minerales— para reducir la dependencia de China. Es, en cierta manera, una coalición de seguridad económica creada para la era de la IA, porque según la administración Trump, mientras el siglo XX funcionaba con petróleo y acero, el XXI funciona con la computación y los minerales que la alimentan.  

La herramienta es una diplomacia abiertamente transaccional: seguridad a cambio de recursos. Así se leyó la mediación de Trump en el conflicto del Congo y los Acuerdos de Washington: paz a cambio de cobalto. Es eficaz a corto plazo, pero deja a África exclusivamente como un dócil proveedor. 

Como les contaba antes, frente a esta estrategia estadounidense, China lleva décadas trabajando un esquema de integración vertical y visión a largo plazo que le permite dominar no solo la extracción, sino el 91% del refinado global de tierras raras y el 85% del procesamiento de materiales para chips y baterías. En definitiva, que la carrera por la inteligencia artificial no es solo una batalla de datos para ir haciendo mejorar la tecnología, sino por el control físico de la cadena de suministro, convirtiendo a los chips, los minerales y las tierras raras en “armas” de equilibrio táctico entre potencias. 

Hoy, solo el 5% de los minerales críticos africanos se procesa en el continente. La prioridad es subir ese porcentaje: contratos que obliguen a refinar y ensamblar in situ, con plazos y metas medibles. Cada punto de refinado local es más empleo, más recaudación y más músculo industrial, como viene ocurriendo en países como Guinea, que invierte en refinerías de alúmina, o Ghana, que ya cuenta con su primera refinería comercial de oro. 

Al mismo tiempo, una mayor integración regional daría al continente una posición negociadora mucho más fuerte frente a las grandes potencias. Ya existen señales alentadoras: la zona económica especial que comparten la RDC y Zambia para fabricar baterías de vehículos eléctricos demuestra que África puede ir más allá de la simple extracción y construir auténticos ecosistemas industriales. 

Además, el desarrollo de infraestructuras con usos múltiples en corredores estratégicos, como el de Lobito, es esencial para conectar la minería con el progreso regional. Estas rutas no deberían servir solo para exportar minerales, sino también para potenciar el comercio agrícola. No es un detalle menor: hoy en día, el 40% de los productos agrícolas africanos se pierde por problemas de transporte.  

En definitiva, alcanzar una verdadera soberanía mineral exige un cambio profundo en la forma de gobernar. No se trata de extraer más, sino gobernar mejor. Las élites políticas deben apostar por una gestión transparente que garantice que los ingresos mineros se utilicen realmente para mejorar la vida de la población. Convertir esta riqueza natural en un pacto social sólido es la única manera de evitar repetir los errores del pasado.  

África no puede limitarse a ser la cantera de la transición verde mundial. Debe utilizar ese tesoro subterráneo para llevar electricidad a los 600 millones de personas que todavía no la tienen y convertir su potencial en el motor de su propio desarrollo sostenible. 

A finales de noviembre del pasado año, en Luanda (Angola), la Unión Europea y la Unión Africana se reunieron en una cumbre para fortalecer las relaciones mutuas que puso el foco en la necesidad de que Europa invierta en el desarrollo industrial y energético africano. En este juego geopolítico del que les he hablado hoy, Europa no puede quedar al margen, y la clave está en un apoyo leal y enfocado al desarrollo del continente.