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‘Marina’ y los libros

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Cada año me resisto a retirar de las lecturas propuestas para 3º de ESO algunos libritos como Marina, de Carlos Ruiz Zafón, o el célebre Momo, de Michael Ende. Soy consciente de que quizá no sean los más populares entre mi alumnado de quince años, de que muchos no están acostumbrados a leer y de que un clásico de la literatura juvenil puede resultarles menos accesible que otras propuestas más de moda. No se trata de establecer un juicio: buscamos lecturas que conecten con sus intereses porque lo importante es que lean, que se acerquen al magnetismo de los libros. 

No obstante, me resisto a que pierdan la oportunidad de leer a Carlos Ruiz Zafón, de adentrarse en ese mundo ensimismado y maravilloso que tan pocos eran capaces de construir como él. Recuerdo cuánto le debo a sus obras: especialmente, aquel idealismo nacido de la convicción de que el mundo debía ser tan bello como los buenos libros que leímos. Ese idealismo es un tesoro, sobre todo para quienes nos sentíamos bichos raros. Me ha acompañado desde entonces y lo reconozco incluso en la rabia que me provoca la deriva que contemplamos cada día: la desvergüenza de un puñado de rufianes empeñados en ponérselo difícil a la ficción cuando se trata de crear villanos más cínicos, impúdicos, egoístas y ridículos que los que vemos a diario a través de nuestras pantallas.

Mario Vargas Llosa acertó cuando dijo que «igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida». A principios de curso vuelvo a ese fragmento de su discurso de aceptación del Premio Nobel e intento que mis estudiantes se asomen a ese mundo con todas las dificultades de quien enseña a ver a quienes no han visto todavía, de quien trata de demostrarles la existencia de la profundidad en un mundo cada vez más plano y homogeneizado. Creo firmemente que la enseñanza de la libertad pasa por ahí, y que es precisamente ahí donde deben concentrarse nuestros esfuerzos; que cualquier concepción de la educación que pase por alto este principio es, deliberadamente o no, aliada de «quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor», por mucho que los carceleros y las cárceles de los que hablaba Vargas Llosa hayan evolucionado hacia formatos más sugerentes, en los que reside su verdadero peligro. 

Es normal perder un poco la fe a ratos. Especialmente cuando el idealismo inicial va cediendo ante cierta sensación de repetición: de enfrentar cada nuevo curso con la incertidumbre de conocer y adaptarme a nuevos alumnos y alumnas, muchos de los cuales no ven sentido a la educación en sí misma; con el imperativo de mantener la disciplina sin dejar de acogerlos; con la dichosa burocracia que ocupa todo el espacio de lo que debería ser estricta reflexión personal y estrategias para conectar con nuestro alumnado. Es difícil por otro lado zafarse de las sedosas sábanas de un verano que permite la promesa de otros proyectos, de un tiempo libre que favorece la lectura, la reflexión y la contemplación que me llevaron a elegir un camino —el de la enseñanza— que, paradójicamente, se hace incompatible muchas veces con esas actividades que constituyen su sustento. 

La desidia es, seguramente, una tentación. Es, de hecho, la opción de moda entre muchos. Pero significa, en la práctica, sustraer un sueldo público. Hay que decirlo también. Por eso, intento no confundir la dejación de nuestras responsabilidades —convertirme en un mero burócrata que sigue un libro y evalúa contenidos o, en algunos casos, ni eso— con la sana necesidad de tomar cierta distancia, de no cargar sobre mis espaldas todo el peso del aprendizaje de esos chicos y chicas, el de un mundo que parece ir a la deriva. Me digo que se trata de aprender a enseñar con algo menos de pasión y entrega desmedidas, con algo más de método, a la par que me recuerdo que la apatía es la muerte, y que la muerte de la esperanza es el más terrible de los sentimientos, como decía Lorca. Creo que, más por suerte que por desgracia, estoy lejos de caer ahí.

Uno empieza, no obstante, a ser consciente de sus limitaciones. Me entristece constatar que, pese a nuestros esfuerzos, allí donde falta un entorno que valore verdaderamente la cultura e invite a sus hijos e hijas a protagonizar su propia historia, a participar del mundo y a conquistar una felicidad que de otro modo les estaría vedada, nuestro esfuerzo arraiga con mucha mayor dificultad. Debemos dedicar buena parte de nuestras energías a seducirlos, a justificar la necesidad misma de aprender. He ahí la paradoja: la educación pública tiene entre sus principales cometidos restituir el patrimonio cultural que les pertenece por derecho a quienes más difícil lo tienen para acceder a él y, sin embargo, son precisamente estos quienes encuentran más obstáculos para aprovecharlo. Conviene recordar que estamos ante un proyecto político concreto y no ante una mera “consecuencia” del “progreso”: que el desprestigio del saber es una más de las muchas estrategias con las que cuentan quienes quisieran reducirlo todo a mercancía, empezando por nosotros mismos.

Una persona —también profesora, también de Lengua— que me quiere bien, me recuerda a menudo las palabras de Lourdes, una estimada compañera de Filosofía: nuestra tarea es como la lluvia fina. Se trata de ir calando poco a poco, de que el alumnado encuentre cada día en nosotros un ejemplo distinto. Dicen que es así como se aprende de verdad, y debo reconocer que lo confirmo a diario, aunque a veces se me olvide, aunque me deje llevar por momentos por la insaciable «sed de absoluto». Me queda la esperanza de que mis alumnos se hayan asomado, al menos, a un mundo diferente; de que sepan que existe, por quijotesco que les parezca. Algún día podrán abrir la puerta y entrar por su propio pie, cuando su conciencia se lo exija. Creo que ese momento debe llegar, tarde o temprano. 

Ya me había repetido todas estas cosas durante las primeras semanas de curso. Ya me había comprometido conmigo mismo a retomar la tarea, consciente de que era el único camino con el que estaría satisfecho, cuando llegó una de mis alumnas del año pasado con una pequeña cartita. No es la protagonista de un libro de Ruiz Zafón, aunque podría serlo, y me entregó —con su característica y entrañable timidez— esa nota que olvidé en el bolsillo hasta pasados unos días, en los que escribo este texto inspirado por su generosidad (no me juzguen, estaba en medio de una guardia de recreo cuando la recibí). Reproduzco aquí parte de su contenido:

«Te agradezco por haberme enseñado la importancia de la literatura y también por habernos enseñado lo importante que es la reflexión y el punto de opinión propia. Gracias por haberme hecho sentir libre en tus clases y por escuchar mis opiniones o proyectos aunque hayan sido curiosos y sobre todo porque en ningún momento me he sentido juzgada».

No hacemos nuestro trabajo por estas cosas, ni mucho menos. Pero a veces son estos detalles los que mantienen vivos a los idealistas —o el idealismo que aún resiste en nosotros—, las que justifican nuestra labor y consiguen que septiembre no sea gris, sino un estallido de color y posibilidades, de esperanza y de sentido. Son estas cosas las que nos recuerdan —por si lo olvidamos o el lunes se nos hace cuesta arriba— que enseñar no es un mero trabajo, sino una vocación incomparable: una fortuna, un deseo irrefrenable del corazón que conoce y no puede sino compartir.