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Muertes cercanas

Una ausencia total de empatía con respecto al otro, al distinto, al que llega, considerado muchas veces, si no como invasor, sí como engorrosa molestia, cuando no y claramente un peligro latente. Cuentos menos lleguen, mejor. Por otra parte, la impasibilidad frente al sufrimiento ajeno y la muerte plural, alimentada por la televisión. No sólo por las series ficticias, donde las masacres y las catástrofes colectivas son habituales, sino también por el directo informativo que nos ha acostumbrado a contemplar impávidos los sucesos más sangrientos y terribles mientras seguimos con el almuerzo como si aquello no estuviese ocurriendo de verdad. Tenemos anestesiado el centro cerebral que conecta con la conciencia exacta del horror. Pero, sobre todo y ante todo, somos incapaces de reaccionar ante cincuenta muertes próximas porque carecemos de imaginación. Ignoro quién o qué nos ha extirpado ese mecanismo que nos permitiría pensar que esas gentes ahogadas dejaron atrás, además de la miseria, a unos seres queridos, huérfanos ya de sus presencias para siempre, y unos paisajes que soñaban añorar, a pesar de todo, desde la anhelada prosperidad europea, y tal vez unos amores y proyectos truncados por la ferocidad de un mar que suponían amable y generoso. En realidad, lo que somos incapaces de imaginar, aunque sea fuerte decirlo –y eso nos blinda- es que los muertos de los cayucos son personas con ilusiones, problemas, familias y sentimientos, como usted, como yo y como el xenófobo de la esquina.

José H. Chela