La obligación idiomática de los canarios
Lo prioritario en nuestras islas es normalizar (en el sentido noble de ‘reconocer lo que es normal’, no en el perverso de ‘imponer normas’) los puntos de vista idiomáticos de la gente insular, fundamental para su autoestima y reconocimiento y también para que los demás la conozcan como realmente es, no como los tópicos castellanistas, folcloristas o indigenistas dicen que es. Como escribe el poeta Manuel Padorno, “Canarias es un país singular, naciendo a su personalidad constitucional; tenemos un sentimiento de paisaje singular, ni peninsular ni europeo, y sus habitantes están dotados, en todos los sentidos, de una imaginación singular, propia (sin que todavía se cotice en el mercado cultural a no ser desde la propia conciencia españolista). Una de nuestras grandes tareas sigue siendo hacernos entender y que nos respeten; dar a conocer, airear, por sus ya reconocidas virtudes, nuestra habla, nuestro español-canario, nuestro vocabulario”. Sólo a partir del conocimiento verdadero o científico de lo que se es y del orgullo de serlo está uno en condiciones de promocionar y colocar lo propio en el lugar que le corresponde en el contexto nacional e internacional; en el lugar que le corresponde en el mundo. Porque Canarias, como el resto de los pueblos de la Tierra, tiene su puesto en el mundo y su obligación es encontrarlo y exigir que se respete.
Y, por supuesto, que no basta con esto para garantizar el futuro, porque vivimos en un mundo abierto y enormemente competitivo. En la era de la patria humana o aldea global, al canario no le conviene encerrarse en su rincón, mirarse narcisistamente el ombligo o rezongar malhumoradamente, lamiéndose la llaga, por los agravios que dice hacerle los intransigentes, los que se consideran el centro del universo, sin respeto por los demás. Si hoy, ante los problemas de superpoblación y contaminación que aquejan a la Tierra toda, el ser humano mira a otros mundos, porque sabe que el ensimismamiento en su pequeño planeta significa el suicidio, ¿cómo no va a tener que mirar el canario más allá de la punta del muelle? Tiene que echarse al mundo entero, a la Península y Europa, principalmente, a imponer sus puntos de vista, como hizo en América casi desde el mismo instante en que los europeos hollaron aquellas para ellos extrañas tierras, que tantas ilusiones y esperanzas despertaron en todo el viejo continente, inundándolas con sus palabras, su gastronomía, su música, sus costumbres, su sangre. Como señala nuestro Viera y Clavijo, “sus campos (los de Canarias) enviaron a aquel vasto continente las semillas, plantas, ganados, aves, bestias de labor de que carecían; sus naturales conquistaron con valor inmortal mucha parte de este nuevo mundo, hasta ennoblecerlo, civilizarlo y cultivarlo, siendo sus abundantes frutos sudor de los isleños, y sus copiosas cosechas sangre suya”. Por eso se encuentra el canario allá como en casa. Yo, que tengo vocación americanista y que he estado en varios lugares de aquel inmenso continente (Cuba, México, Chile, Colombia y Perú) en distintas ocasiones, he de decir que lo que he encontrado allí es en buena medida una versión más o menos conservadora o más o menos innovadora de mi tierra insular. O, como hacen tantos jóvenes canarios de hoy, que viajan a la Península, Europa y el resto del mundo (muchos de ellos a través del programa Erasmus) a prepararse mejor, impartir clases o buscarse la vida de otra manera y que, luego, cuando vuelven a la tierra, tanto contribuyen a mejorar su porvenir.
En efecto, la obligación del canario es canarizar el mundo hispánico, del que forma parte ineludible, como la del castellano es castellanizarlo, la del gallego, galleguizarlo, la del vasco, vasconizarlo, la del catalán, catalanizarlo, la del cubano, cubanizarlo, la del mejicano, mejicanizarlo y así sucesivamente. No se trata de quedarse egoístamente con lo que uno tiene, sino compartirlo generosamente con los demás, para enriquecerlo y hacerlo más grande. Compartir la gastronomía, la literatura, la idiosincrasia, las ideas, las palabras. Cuanto más generalizada se encuentra una palabra, más rica y grande se hace. Las palabras verdaderamente grandes son las palabras de todos, porque abarcan mayor ámbito de humanidad, no las palabras que se quedan encerradas en el terruño.
Por eso, Canarias, Galicia, el País Vasco, Cataluña… no deben perder ni un minuto quejándose de los agravios del oficialismo castellanista (al fin y al cabo, Castilla ha cumplido con su deber histórico cuando ha intentado castellanizar el orbe hispánico) o de cualquier otra comunidad hermana, ni dejarse llevar por la mimosa tentación de abandonar un proyecto de civilización de una enorme envergadura, que se ha construido también con la voluntad e inteligencia de su gente, sino intentar canarizar, galleguizar, vasconizar y catalanizar a Castilla y al resto de las comunidades hispanohablantes. Sólo con la lucha civil entre todas sus comunidades, intentando cada uno colocar lo que pueda de su partrimonio en el de todos, se enriquecerán y fortalecerán la cultura y la lengua hispanas en su diversidad y complementariedad, como sostenía don Miguel de Unamuno, y estarán sus gentes preparadas para enfrentarse a los enormes retos que les aguardan, que son la pugna con la lengua y la cultura anglosajonas, con la lengua y la cultura árabes, con la lengua y la cultura chinas y con la lengua y la cultura rusas, que son sus verdaderos rivales en el inquietante y agresivo mundo en que nos encontramos instalados todos, y en el que todo dios quiere marcar el paso a los demás, según sus propios intereses. Así de sencilla es la cosa: de la capacidad que tengan para mantener la unidad, agrandar y fortalecer la lengua y la cultura que han construido entre todos y que todos tienen la obligación de seguir enriqueciendo con su inventiva y talento, depende el futuro de los canarios y de los hispanos todos. “¿Por qué no reflexionamos lo suficiente -escribe Antonio López Ortega- sobre el papel de España en el mundo? Frente a colosos como Rusia o China, por lo demás omnívoras, ¿cómo nos ubicamos? Frente a la América hispánica, que es como un espejo histórico, ¿por qué siempre estamos rezagados, como si eso no fuera parte de nosotros? Frente al mundo anglosajón, que es nuestro verdadero rival idiomático, ¿cómo nos diferenciamos para volvernos más atractivos? Debate sobre los particularismos sin debate nacional es oficio de ciegos, pues mientras estamos celebrando los carnavales de Santa Cruz, la universidad de Salamanca se llena de estudiantes chinos que vienen a aprender español para luego hacer negocios en Hispanoamérica”.
Bien planteado el problema que nos ocupa, no es sólo que los castellanos, los andaluces y los americanos de habla española no sean enemigos de los canarios. Es que tampoco lo son en realidad sus rivales culturales ingleses, chinos, árabes o rusos; o el resto de la gente del planeta Tierra. Como sabe toda persona mínimamente consciente de los problemas del mundo actual, los verdaderos enemigos de los canarios de hoy, como del resto de la humanidad toda, son el cambio climático, la deforestación, la superpoblación, la merma de la diversidad biológica, los virus letales que asolan por igual a todos los pueblos del planeta, las nuevas tecnologías (particularmente, la mal llamada “inteligencia artificial”), la miseria y la violencia, que obligan a los desheredados del mundo a migrar a los países ricos, donde deben ser acogidos y protegidos como se merecen, la tiranía de los poderosos, cada vez más ávidos de riqueza y poder, los conflictos que plantea la convivencia de los distintos, etc., que amenazan con acabar con la vida inteligente y no inteligente en la Tierra. Y, para luchar contra todos estos pavorosos enemigos de la humanidad, incluso la unión de toda la gente del mundo es poca.
En definitiva, que la solución para canarios, gallegos, vascos, catalanes, etcétera, no está en abandonar la patria de la lengua hispana y recluirse en su pequeño predio por la incomprensión de los viejos casticistas, sino exigir el lugar que les corresponde en ella. Huir de malhumores y rezongos, como diría Borges, y trabajar duramente y aplicar la inteligencia, la comprensión, la generosidad y la solidaridad, que son los fundamentos de la civilidad. Realmente, al castellano no se le combate con resentimiento o maldiciendo su supuesta actitud arrogante o conquistadora (cada cual es como es), sino siendo tan atrevido y valiente como él; defendiendo los puntos de vista propios con rigor e intentado mejorarlo en civilización y decencia. Hay que elevarse por encima de la tierra e integrarse en la patria de la lengua, la patria de las almas, que es la que permite mayor ámbito de unidad. “Si el hombre ha de ser embrión de una humanidad futura -advierte Unamuno-, más elevada que esta, de una verdadera hermandad humana, es preciso que empiece por emanciparse de la tierra, haciéndose de ella dueño en vez de ser esclavo. Toda la historia del género humano es una constante lucha por emanciparse de la animalidad y de la tierra”. Aquellos que se encierran excesivamente en la tribu corren el riesgo de quedar aislados del mundo.
Y esto que digo para los canarios en general puede decirse igualmente para los habitantes de cada una de las Islas en particular, tan dados a encerrarse en el terruño o pequeño espacio de confort, como dice el tópico moderno, en que viven y a poner el grito en el cielo cada vez que alguien se atreve a cambiar sus rutinas de cada día o, supuestamente, complicarles la vida con novedades. “Nos invaden los grancanarios (o canariones)”, oigo decir a veces a algunos de mis paisanos de Fuerteventura que se resisten a salir de la Tindaya, la Caldereta, la Rosa de la Monja, el Tesejerague o la Rosa de Tinojay donde nacieron y donde probablemente rendirán cuentas al Creador. “Tengo un pedazo de tierra / con la que el gofio aseguro; / cuatro jairas me dan queso; / a mí qué mi importa el mundo” cantaban sus abuelos y la misma cantinela siguen entonando con nostalgia acompañados del timplillo algunos de ellos. Y yo les digo, en serio, no en broma: “Pues hacen bien los grancanarios en invadirte, a ver si despiertas y también dejas tú en ellos algo de lo tuyo; que los grancanarios vienen a buscar en tu tierra lo que tú no le llevas a la de ellos”. En efecto, la obligación del majorero es majorerizar a las Islas, como la del grancanario es grancanizarlas, la del lanzaroteño, lanzaroteñizarlas, la del tinerfeño, tinerfeñizarlas, la del palmero, palmerizarlas, la del gomero, gomerizarlas, y la de los herreños, herreñizarlas, para hacerlas más grandes y cohesionadas entre sí. Es lo que hicieron los majoreros y conejeros cuando, en los siglos pasados, aventaron por todo el Archipiélago las voces prehispánicas (guanil, beletén, tafeña, gofio, guirre…), normandas (malpaís, mareta, cardón, roque…), árabes o bereberes (majalulo, fuchir, téfana…), etc., que habían adaptado al español del bereber, el francés antiguo o el árabe casi cien años antes de que terminaran de conquistarse las realengas Gran Canaria, La Palma y Tenerife, y los neologismos españoles (gavia, rosa, tablero, natero, apañada…) que habían tenido que crear para denominar las cosas que necesitaron inventar aguzando el ingenio para adaptarse a la nueva realidad; lo que hicieron los tinerfeños o babilones y los palmeros, cuando en los ciclos prósperos de antaño, se trasladaban a Fuerteventura y Lanzarote a ayudar a recoger los opimos frutos que daban las veceras tierras orientales del Archipiélago, dejando en ellas sus palabras, sus tradiciones, su sudor, sus ilusiones y hasta su sangre; lo que ha hecho el grancanario sacando su aspiración de /s/ implosiva, su tensión consonántica, su yeísmo, su neutralización de la oposición vosotros / ustedes en favor de ustedes, etcétera, de los límites insulares e imponiéndoselos al resto de los canarios; lo que podrían hacer los gomeros con su silbo, si prosperan los proyectos de la consejería de Educación del gobierno autónomo de extender su enseñanza a todas las escuelas de Canarias; lo que están haciendo los tinerfeños con su barraquito, que ha enriquecido la carta del ritual del café en casi todo el Archipiélago, etc. No otra cosa que majorerizar a Canarias es lo que, dentro de mis limitadísimas posibilidades, he intentado hacer yo desde que llegué a la Universidad de La Laguna en el año de 1976 a estudiar filología española. Uno sólo puede enseñar lo que es y lo que sabe. Aportando cada cual lo que sabe y puede a la lengua y la cultura de todos, compartiendo lo suyo con los demás, regando su saber por todas las Islas y el resto del mundo, sumando lo propio al patrimonio de los otros, sobrevivirán los canarios al peligroso mundo moderno y harán grande a Canarias; y, con ello, a la cultura hispana, para legar mundo mejor o, por lo menos, sostenible a nuestros niños, que son el “porvenir de nuestros huesos y de nuestro amor”.