Calas entre acantilados de roca y playas rodeadas de prados verdes en uno de los rincones menos conocidos de Cantabria

Playa de Isla.

Sofía Toraya

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Hay lugares de la costa cántabra en los que el mar no aparece solo como telón de fondo, sino como parte de un paisaje en el que también tienen protagonismo los acantilados, las rías, las marismas y los espacios verdes. Isla es uno de ellos. Situada en una península entre dos rías y el mar Cantábrico, esta localidad del municipio de Arnuero reúne en un mismo entorno playas extensas, pequeñas calas y zonas de costa protegidas de los vientos.

Su litoral varía y cambia de aspecto según el lugar y también en función del estado de la marea, ya sea bajamar o pleamar. Hay arenales adecuados para acudir en familia, playas junto a la ría y pequeños rincones donde las paredes rocosas forman refugios naturales para resguardarse de los vientos que algunos días azotan el litoral. En algunos puntos, la arena fina y las aguas cristalinas se combinan con los acantilados; en otros, el paisaje se abre hacia extensos arenales rodeados de vegetación.

Isla aparece así como una alternativa para quienes buscan acercarse al Cantábrico desde un paisaje diverso, donde el baño comparte protagonismo con el paseo, el contacto directo con la naturaleza o simplemente la observación del entorno. Un rincón en el que diferentes playas ofrecen distintas maneras de contemplar un mismo mar.

Un litoral que cambia de paisaje a cada paso

Isla se encuentra situada entre dos rías —la Ría de la Arena, también llamada de Castellanos o de Ajo, y la Ría de Joyel, conocida también como de Cabo Quejo— y el mar Cantábrico, una ubicación que explica gran parte de su paisaje. La localidad combina playas de arena dorada, pequeñas calas más recogidas y tranquilas y acantilados muy característicos, formando un entorno en el que el agua y la vegetación aparecen conectadas en prácticamente todo el litoral. La propia información turística de Isla destaca precisamente esta diversidad de paisajes como uno de los rasgos que definen el enclave.

Este lugar cuenta con seis playas que comparten algunas características. En varios casos se encuentran resguardadas de los fuertes vientos marinos habituales de la comunidad autónoma y presentan arena fina y aguas cristalinas. Al mismo tiempo, cada una se encuentra en un escenario diferente, ofreciendo así distintas opciones a turistas y vecinos. Algunas están fuertemente vinculadas a las rías y las marismas, mientras que otras se sitúan bajo paredes rocosas. También están los extensos arenales, más asociados a la imagen habitual de una playa y adecuados para acudir con niños.

Una de las pequeñas sorpresas del recorrido es la playa de El Cándano, descrita como uno de los rincones más bellos de Isla. Es una cala de pequeño tamaño rodeada de acantilados que configuran un paisaje cerrado y protegido. Su ubicación, resguardada de los vientos, permite disfrutar de un espacio pensado también para los deportes náuticos y las actividades playeras en familia.

El paisaje cambia al dirigirse a la playa de La Cava, situada junto al inicio de las marismas de Joyel. Allí se incorpora otro elemento: el molino de mareas. La playa se convierte en un punto desde el que observar la costa cántabra mientras el entorno de las marismas aporta una dimensión más tranquila al paisaje. La información turística de Isla presenta este enclave como un lugar para disfrutar de la tranquilidad y el descanso.

Marismas de Joyel.

La relación entre el agua y las mareas se hace todavía más evidente en la playa de Los Barcos, bañada por la ría de Quejo. Su aspecto va cambiando constantemente durante el día, ya que se ve muy afectada por las mareas previamente mencionadas. Durante la bajamar, y en caso de que el agua descienda por completo, es posible caminar hasta Noja, la localidad vecina. Su nombre procede de los barcos pesqueros que tradicionalmente llegan y descansan en sus inmediaciones.

En esta costa, por tanto, el paisaje no es completamente estático. La presencia de las rías y la influencia de las mareas hacen que determinados lugares puedan observarse de una forma distinta dependiendo del momento del día. El agua puede ganar terreno o dejar al descubierto nuevos espacios, modificando así la imagen de la costa.

La playa de El Sable representa una cara más familiar de Isla. Se encuentra en el núcleo urbano de Quejo, está resguardada del viento y cuenta con la distinción de Bandera Azul. Esta situación favorece el baño y permite que sea un espacio especialmente adecuado para las familias. Dispone, además, de servicio de información, vigilancia y socorrismo, módulo de curas, acceso para personas con discapacidad, duchas y aseos. Durante los meses de verano cuenta también con un aparcamiento de amplia capacidad.

El paisaje vuelve a transformarse en Arnadal, también conocida como Los Franceses. Aquí la playa aparece al pie de los acantilados de la costa de Trasmiera. Las paredes rocosas protegen el arenal de los vientos y contribuyen a crear un espacio de aspecto más recogido. La playa es semivirgen, tiene arena fina y dorada y su aspecto recuerda al de una cala, con un único acceso a pie.

Un rincón de Cantabria para descubrir sin prisas

Más allá de sus playas, Isla ofrece una forma diferente de acercarse a la costa cántabra. Su principal atractivo está precisamente en la variedad de un paisaje que cambia a pocos metros de distancia y que permite descubrir una cara distinta del Cantábrico en cada recorrido. Las pequeñas calas protegidas por acantilados conviven con arenales abiertos, rías, marismas y zonas verdes que completan un entorno en el que el mar nunca aparece aislado.

Pero la visita a Isla no tiene por qué terminar en la costa. Después de recorrer sus playas, también es posible acercarse hasta el casco histórico de la localidad y descubrir otra parte de su patrimonio. El paseo permite cambiar el paisaje marítimo por un entorno en el que las construcciones y la historia adquieren protagonismo, completando así una visita que combina naturaleza, costa y patrimonio.

De esta manera, Isla ofrece la posibilidad de pasar en pocos kilómetros de una cala rodeada de acantilados a las aguas de una ría, de las marismas a los espacios verdes y, finalmente, al núcleo histórico. Una variedad que convierte este rincón de Cantabria en un lugar para recorrer sin prisas y descubrir más allá de la imagen habitual de un destino de playa. Además, debido a su tamaño, es una opción adecuada para pasar el día: por la mañana se puede recorrer el casco histórico y, después, acercarse a la playa, comer allí y pasar la tarde dándose un baño.

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