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El Papa y el afán de las élites por el autoritarismo

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Una inestabilidad política, profunda y caótica en la República de Weimar, unida a una crisis económica devastadora y a la desconfianza y el rechazo de la ciudadania hacia la democracia sirvió a Hitler para ocupar el poder en Alemania y destruir el sistema democrático desde dentro. Amplios sectores del gran capital industrial y financiero apoyaron sin fisuras una solución autoritaria para defender sus intereses económicos. La historia del ascenso del nazismo - sucedió lo mismo con el franquismo y el fascismo - demuestra que los regímenes totalitarios se terminan afianzando con la complicidad de las élites sociales y económicas. 

En los primeros años del nazismo, importantes empresarios alemanes abrazaron el nacionalsocialismo cuando tuvieron la certeza de que supondría un dique eficaz contra el comunismo, los sindicatos y la inestabilidad política. A partir de 1931, y de forma decisiva en 1933, grandes corporaciones comenzaron a financiar al Partido Nazi y a facilitar su acceso al poder.

Entre las empresas implicadas se encontraban IG Farben, el mayor conglomerado químico europeo,que integró sus objetivos empresariales con los del Estado racial y de guerra. Krupp, pilar de la industria armamentística; Siemens, líder en ingeniería eléctrica; Daimler-Benz y BMW, fundamentales para la motorización y la aviación militar; Thyssen y Hoesch AG, gigantes del acero y Deutsche Bank, que desempeñó un papel clave en la financiación del régimen y en los procesos de “arianización” de empresas judías. Hace unos días, Lufthansa, al cumplir su centenario, admitió su pasado nazi y encargó un informe para revisar su papel durante el régimen nacionalsocialista.

Un momento simbólico de esta alianza fue la reunión del 20 de febrero de 1933, en la que Hitler y Hermann Göring se entrevistaron con los principales industriales alemanes con el objetivo de recaudar fondos para la campaña electoral que precedió al establecimiento definitivo de la dictadura y sirvió para sellar la convergencia entre el poder político autoritario y el gran capital industrial. A cambio de apoyo financiero, el régimen garantizó la destrucción del movimiento obrero, la eliminación de derechos laborales y el acceso privilegiado a contratos estatales masivos. Un encuentro clave de las élites empresariales alemanas con este fin lo describe magistralmente -a mí me conmocionó- Éric Vuillard en su novela “El orden del día”.

Los grandes empresarios alemanes creyeron que podrían domesticar el totalitarismo emergente para garantizar su actividad empresarial sin riesgos y con menos costes sociales, pero terminaron convirtiéndose en cómplices activos de la represión, el trabajo esclavo y el exterminio. 

Da miedo pensarlo y escribirlo, pero la relación entre las grandes empresas tecnológicas estadounidenses y el proyecto político totalitario de Donald Trump transmite las mismas sensaciones y sugiere la misma deriva. La realidad actual tiene más tintes de fascismo que de nazismo, pero vuelve a hacerse patente la disposición de determinadas élites económicas altamente concentradas a respaldar liderazgos autoritarios cuando perciben que la democracia liberal limita su poder o sus beneficios.

Como señaló Lluís Bassets en El País, el pasado 8 de febrero, en su artículo “Hegemonismo depredador, monarquía absoluta e ilustración oscura”, estamos ante un imperialismo sin más límites “que los que encuentre su inmenso poder coercitivo, ya sea por las armas o por los aranceles”, que “concibe la fuerza como el único fundamento del derecho”, dejando sin significado “los valores universales, la igualdad, la democracia y los derechos fundamentales” y que apela a la Ilustración Oscura, pretendiendo que la humanidad entera “regrese a la minoría de edad de quien no se atreve a pensar por sí mismo, para someterse sumisamente al poder feudal de las grandes tecnológicas”.

En estos momentos, compañías como Google, Meta, Amazon, Apple o Microsoft, junto con influyentes magnates tecnológicos, han intensificado su actividad de lobby y su acercamiento a proyectos políticos como el de Trump que prometen desregulación, centralización del poder ejecutivo y debilitamiento de organismos de control, especialmente en ámbitos clave como la inteligencia artificial, la fiscalidad y el derecho laboral. Algunos de ellos abrazan directamente símbolos, mensajes y prácticas fascistas que alientan la subversión del orden del sistema democrático. Recuerden el brazo en alto de Elon Musk. También la cruzada apocalíptica en la que vaticina la llegada del anticristo, de Peter Thiel, el dueño de Palantir y PayPal, que proclama que la libertad es incompatible con la democracia y que deben ser los magnates tecnológicos los que gobiernen el mundo.

Desde ámbitos políticos, filosóficos y científicos no dejan de surgir voces que alertan acerca de la concentración de poder tecnológico y de datos que crean formas de dominación incompatibles con una democracia real. En este marco, estudios recientes sobre tecnofascismo señalan que la combinación de plataformas privadas, la inteligencia artificial, la vigilancia masiva y la extrema derecha están erosionando la soberanía democrática sin necesidad de instaurar un régimen totalitario clásico. Y cada vez se debilitan más los controles sobre los autoritarismos algorítmicos y los “ tecno-tiranos” que utilizan toda la capacidad de la IA para controlar a los pobres, los migrantes o los movimientos sociales democráticos.

No nos puede extrañar entonces los ataques a lideres democráticos como Pedro Sánchez de los dueños de X o de Telegram cuando planteó límites de edad para el uso de sus plataformas. Lo han hecho también contra Thierry Bretyon, impulsor de la regulación europea digital. La UE, los parlamentos democráticos, las organizaciones internaciones deben actuar en consecuencia. Se trata de poner límites, de establecer normas y de plantear alternativas alejadas de los poderes salvajes y totalitarios.

A diferencia de la Alemania de 1933, las instituciones democráticas se mantienen aparentemente operativas. No existe todavía un partido único ni un proyecto totalitario coherente. Pero, como se nos viene advirtiendo desde hace un par de décadas, las democracias rara vez colapsan de forma abrupta sino que se van vaciando desde dentro cuando élites políticas y económicas normalizan la degradación de las normas, la captura de las instituciones y la concentración de poder.

La historia nos sitúa ante una analogía que nos debe hacer reaccionar. El precio que terminamos pagando al aceptar el debilitamiento de la democracia, por pasotismo, complicidad o puro interés económico termina siendo siempre muy caro.  

Sucedió en la Alemania de Hitler y lo estamos viendo repetirse ahora, las élites económicas sacrifican contrapesos democráticos, derechos y regulación pública a cambio de ventajas inmediatas. Esa alianza terrible, con escasos controles democráticos, de “tecno-tiranos” con la extrema derecha totalitaria supone un ataque en la línea de flotación de la democracia liberal. Y tras el debilitamiento será siempre algún tipo de autoritarismo el que tome las riendas.

Por eso ha sido especialmente relevante la presentación, el pasado 25 de mayo, de Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV. En ella, el papa nos advierte sobre el “tecnofascismo”: el colonialismo de datos, la concentración del poder tecnológico y de la inteligencia artificial en manos de élites políticas y empresariales que nos pueden conducir a nuevas atrocidades. Sostiene que la IA no es neutral, porque refleja los intereses de quienes la controlan, y puede aumentar la desigualdad, manipular democracias y deshumanizar el trabajo. 

El obispo de Roma habla de la existencia de un nuevo colonialismo de la IA al apropiarse de los datos, reivindica el multilateralismo y el papel de la ONU en el orden mundial, plantea un rechazo firme al transhumanismo y pide “desarmar la IA” mediante regulación ética, supervisión pública y un uso orientado al bien común, la dignidad humana y la justicia social. 

Y considero que fue significativo que contara en su presentación con la participación de Christopher Olah, ateo y cofundador de Anthropic, una de las principales compañías de IA, que plantó cara a Donald Trump impidiéndole el uso de su tecnología en el Pentágono. 

Hacen falta más voces así.