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San Francisco: un barrio que ya no puede esperar más

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Hay barrios que envejecen y barrios a los que se deja envejecer. San Francisco pertenece, cada vez más, al segundo grupo.

Durante años se ha hablado de rehabilitación, de proyectos, de futuras actuaciones y de soluciones que deberían llegar. Mientras tanto, los vecinos continúan viviendo entre edificios deteriorados, humedades, filtraciones, grietas y problemas de saneamiento. El tiempo pasa, las viviendas envejecen y la solución definitiva sigue sin llegar.

No estamos hablando de una fachada que necesita una mano de pintura. Estamos hablando de viviendas en las que vive gente. Familias, mayores y niños que tienen derecho a preguntarse cuánto tiempo más deben esperar para disfrutar de unas condiciones residenciales propias de una ciudad europea del siglo XXI.

Las informaciones aparecidas durante los últimos meses deberían encender todas las alarmas. Se han publicado denuncias sobre degradación e insalubridad. Se ha hablado de grietas y humedades, de filtraciones, de problemas de saneamiento y aguas fecales. Incluso han aparecido titulares tan gráficos como “el suelo cruje bajo sus pies”.

Cuando las noticias sobre un barrio comienzan a utilizar este vocabulario, ya no estamos ante un problema meramente estético. Estamos ante un problema de dignidad residencial.

Y lo más preocupante es que nada de esto surge de repente. El deterioro se acumula año tras año. Una pequeña filtración que no se soluciona termina convirtiéndose en humedad; una instalación envejecida continúa degradándose; una grieta genera preocupación; una reparación aplazada se convierte mañana en una actuación más cara. Mientras tanto, quienes viven allí contemplan cómo se suceden anuncios, visitas, declaraciones y promesas.

¿Cuántos años más?

Ese es probablemente el aspecto más difícil de justificar. San Francisco no apareció ayer, sus problemas tampoco.

Sin embargo, a finales de 2025 todavía se informaba de la ausencia de elementos esenciales para poner en marcha determinadas actuaciones de rehabilitación: estudios, proyectos y financiación.

Y llegamos a 2026 hablando otra vez de deterioro, otra vez de rehabilitación, otra vez de esperar.

La pregunta resulta inevitable:

¿Cuántos años más tienen que esperar los vecinos?

Porque el tiempo administrativo y el tiempo de una familia son cosas muy diferentes. Para una Administración, cinco años pueden ser expedientes, presupuestos, proyectos y procedimientos. Para una persona de 70 años que vive en una vivienda deteriorada, cinco años son una parte considerable de la vida que le queda. Para un niño, son prácticamente media infancia.

Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad profundamente transformada durante las últimas décadas.

Se han remodelado avenidas. Se han creado nuevos espacios públicos. Se han peatonalizado calles. Se han construido parques, paseos y equipamientos. Determinadas zonas de la ciudad han experimentado transformaciones extraordinarias.

Y eso está bien.

Pero precisamente por eso resulta más difícil aceptar que existan vecinos cuya principal preocupación no sea tener una calle más bonita, sino saber cuándo se solucionarán las humedades, las filtraciones o el saneamiento de sus viviendas.

Una ciudad no puede medir su progreso únicamente por la imagen de sus zonas más privilegiadas. También debe hacerlo por las condiciones en las que viven quienes habitan sus barrios más modestos. Porque la desigualdad urbana no aparece solamente en las estadísticas de renta. También se ve en una pared húmeda, en una grieta, en una tubería deteriorada, en un edificio envejecido.

Ante esta situación, la respuesta habitual vuelve a ser la misma: rehabilitar. Pero deberíamos empezar a preguntarnos si esa palabra se ha convertido en una especie de respuesta automática. Rehabilitar puede ser perfectamente razonable cuando un edificio conserva buenas condiciones estructurales y una inversión permite prolongar sustancialmente su vida útil. Pero no necesariamente tiene sentido en todos los casos. 

Porque un edificio no deja de tener décadas simplemente porque se rehabilite su fachada. Detrás permanecen su diseño original, determinadas instalaciones, las limitaciones de accesibilidad, la distribución, las estructuras y numerosos elementos concebidos para las necesidades de otra época. Por eso, antes de comprometer grandes cantidades de dinero público, debería hacerse una comparación rigurosa.

¿Cuánto cuesta rehabilitar cada bloque?

¿Cuántos años adicionales de vida útil proporciona esa inversión?

¿Qué nuevas actuaciones serán necesarias dentro de diez o veinte años?

¿Y cuánto costaría sustituirlo por un edificio completamente nuevo?

Las administraciones deberían poner esos números encima de la mesa. Quizá haya llegado el momento de aceptar una realidad incómoda: Puede que algunos edificios de San Francisco merezcan ser rehabilitados, pero también puede ocurrir que, después de décadas de deterioro, algunos simplemente hayan llegado al final de su ciclo. Y si los informes técnicos y económicos lo confirman, no debería existir ningún tabú en decirlo.

Hay que derribarlos. No para abandonar San Francisco. No para expulsar a sus habitantes. No para convertir el barrio en una operación especulativa. Sino exactamente para lo contrario: Para que sus vecinos puedan seguir viviendo en San Francisco, pero en viviendas dignas y nuevas.

Tirar los edificios, no el barrio. Esta distinción es fundamental. Un barrio no son cuatro paredes. Un barrio son sus vecinos, sus familias, sus relaciones, sus recuerdos, sus comercios y su historia. Todo eso debe conservarse.

Lo que no existe ninguna obligación moral de conservar indefinidamente son unos edificios cuando técnica y económicamente haya dejado de tener sentido hacerlo. La solución podría ejecutarse progresivamente: realojamiento temporal, demolición de los bloques que corresponda, construcción de las nuevas viviendas y retorno garantizado de sus residentes.

Sin expulsar a nadie.

Sin desarraigar a las familias.

Y aprovechando la intervención para resolver de una sola vez problemas de accesibilidad, aislamiento, saneamiento, eficiencia energética e instalaciones que mediante pequeñas actuaciones pueden prolongarse durante décadas.

San Francisco no necesita otra década de titulares anunciando que algún día llegará su rehabilitación. Necesita decisiones. Y la primera debería ser conocer la verdad: en qué estado se encuentra realmente cada edificio y cuánto cuesta mantenerlo durante las próximas décadas frente a sustituirlo. Que se encarguen estudios independientes. Que se publiquen. Que los vecinos puedan conocerlos.

Y que después se tome una decisión pensando no en cómo llegar al siguiente presupuesto, sino en cómo queremos que sea San Francisco dentro de treinta años. Porque existe un momento en el que reparar deja de ser prudencia y empieza a convertirse simplemente en una manera de administrar el deterioro.

San Francisco lleva demasiado tiempo esperando. Si determinados edificios todavía pueden recuperarse razonablemente, que se rehabiliten. Pero si los informes demuestran que algunos bloques han agotado su vida útil, tengamos el valor de hacer lo que llevamos demasiado tiempo evitando: tirarlos y construir viviendas nuevas para sus vecinos.

San Francisco no necesita que le prometan eternamente que algún día estará mejor. Necesita dejar de vivir peor.