De cuando el segundo, corto y barcelonés verano de la anarquía
Casi lo peor que le puede pasar a un acontecimiento es no tener un buen cronista. Eso le ocurrió a las jornadas libertarias de Barcelona, en la calle Sant Pau y en el Parc Güell: nadie las contó como merecían y así se escribe la underhistoria. Deambulábamos sonámbulos Mercedes y yo, nunca dormíamos en condiciones y consumíamos cannabis desde primera hora de la mañana. Y otras cosas, vinos y cervezas. De las seiscientas mil personas que corríamos por allí, entre el 22 y el 25 de julio de 1977, fuimos sin embargo de los más despiertos. Éramos muy jóvenes. O eso nos dijo Enma Cohen, que escuchaba embelesada a Daniel Cohn-Bendit.
En la que al año siguiente sería mi casa de estudiante, en la Travesera de Gracia, junto a Sant Pau, cabeceamos un par de noches, y ni eso: en una ocasión, nos quedamos dormidos de pie en la ducha. Nos despertó Anna muriéndose de risa, y nos preparó unos cafeses deliciosos.
El otro verano de la anarquía, el primero, fue el que nos contó Hans Magnus Enzensberger en 1972. En España se publicaría años más tarde en Anagrama, cómo no. Esa sí que fue una bella crónica. Con el pretexto de Durruti, de una biografía, se cuenta la lucha del proletariado español por la revolución, la autogestión, en el que fue el único episodio revolucionaria anarquista de la historia del mundo, entre 1936 y 1937. En el parque Güell tuvimos noticia de todo ello. Igual que ahora la tenemos de casi todo lo que pasa en el mundo, por ejemplo, esas y esos periodistas aventados con los sones del patriótico ardor guerrero de estos días, por Ceuta, contra los moros, dicen ellos, y contra Perro Sánchez, también. Hay pueblos que tienen muy mala suerte con la historia pasada, con la presente y con la que está por suceder: el nuestro es uno de ellos. De Machado a Gil de Biedma se ha contado: “¡Ay, quién fuera pueblo/ una vez más!/ Y una vez -¿quién lo sabría?-/curar esta soledad/ entre los muchos amantes/ como a las verbenas van (…)/ con el sueño de una/ vida elemental.” (Antonio Machado)
Estos días son de una soledad inmensa perdidos entre seres humanos repercutidos en masa. Y no está Mercedes, qué tristeza. Hubiera pintado con sus trenzas una acuarela cuarteada, indolora y con casi todos los colores. Ella era así, plural y complaciente, siempre ayuda, siempre alegría, siempre en el lado faldicorto de la crónica. García Calvo se quedó mirándonos, mirándola a ella, mejor sea dicho, y escribió una endecha. ¿Quién escribirá la endecha de estos días?