Talante y Talento son los personajes protagonistas de una historia donde ambos, nacidos del mismo origen pero que, en su día cogieron un camino diferente, se adentran en un mundo en donde, uno de ellos se presenta como la buena forma para hacer las cosas, mientras que el otro es el conocimiento personificado, pero sin las habilidades sociales necesarias para poder difundirlo. Es por esa misma razón por la que hacen buena pareja, al mostrar una complementariedad envidiable.
Cierto es que Talante es una persona ambigua. Hay veces que muestra diferentes caras, pero siempre con una sonrisa, aunque te esté clavando un puñal. Incluso, en alguna de las ocasiones, utiliza la manipulación, la mentira y el engaño, pero también las buenas intenciones en aras de conseguir un buen resultado para las causas en las que cree. El problema que supura Talante es una persona que no se ve excluida de comportamientos dignos de la mediocridad, lo que pudiera terminar en convertirse en una aduladora sin escrúpulos ante la posible falta de conocimientos, capacidades y prudencia para el ejercicio de su personalidad, albergando una forma de ser dictatorial en medio de un ambiente aparentemente democrático.
Por otro lado, está Talento. Persona erudita donde las haya que adquiere la capacidad de impregnarse de conocimiento y destreza para elaborar estrategias a la vez que las adapta y dirige a la solución de los problemas a los que se enfrenta. No acepta el nepotismo, ni el favoritismo y mucho menos el chantaje. Solo acepta la meritocracia, académica principalmente, como escalera social, de forma que todo aquello de lo que se dispone, se merece. De hecho, no asume que personajes sin la debida preparación ostenten responsabilidad alguna.
Como pueden imaginar, Talante y Talento terminaron siendo pareja, aunque más por necesidad que por afinidad. Pero se unieron hasta conformar una unidad prácticamente indivisible. Muchas veces, incluso, se confundían hasta fundirse en un solo personaje. Pero, como el que tiene boca se equivoca, Talento no crecía de forma espontánea. Necesitaba trabajo, mucho trabajo, mientras que Talante planteaba estrategias de cómo llegar al objetivo responsabilizando al resto sin elevar a altas cotas el desgaste. Lo que sí hacía Talante era crear un entorno adecuado para que Talento se desarrollara. En ese caso, se complementaban. Pero no siempre era así.
Gracias a eso, Talento ponía en valor lo que sabía, lo que quería y cómo se podría hacer simbiosis entre la actitud y la aptitud. De hecho, se presentaba como un conjunto de capacidades potenciadas en un contexto adecuado. Pero no sabía ponerlo en exceso. Su orgullo y prepotencia se lo impedía. Entonces Talante salía a escena para que, a través de su semblante, haga sentir a gusto al entorno y provocar la sumisión de este.
Pero los inconvenientes no paraban de salir y, un día, Talante se comió a Talento. A partir de ahí la mediocridad se expandió rápidamente y provocó un lugar donde todas las partes se convirtieron en promedio, sin una total incompetencia hasta el punto de no ser funcional, ni competente hasta el punto de tener una fuerte conciencia crítica. O lo que es lo mismo, ni chicha, ni “limoná”. A partir de aquí que cada cual se haga su historia, porque, como guion no está mal, entendiendo que la ficción muchas veces supera a la realidad. ¿O era al revés?