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Todavía a día de hoy. Una (auto) crítica necesaria

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El daño sucede en lo relacional, en el vínculo, y los vínculos son sistémicos. Las dinámicas de poder se pueden centrar en mantener a los sujetos en el lugar-rol que corresponde para que perviva el sistema relacional (pareja, familia, asamblea…) y nuestra individualidad en él. En estos sistemas, el problema no es el conflicto, es el poder. Se nos da bien señalar el sistema. Nos presumimos: usamos la racionalidad creyendo trascender la moralidad impuesta hasta que un secuestro amigdalar nos recuerda que hay una amenaza que aún no hemos superado. 

Debía ser noviembre

B. y su inercia propia y exigida de sostener. De estar a disposición de la incomodidad ajena y reprimir la suya propia a favor de los sistemas. Vivió algo doloroso, el último ultraje, la gota que terminó de confirmar lo colmado que estaba el vaso. Primero vino el personaje, y luego la verdad. Quiso contestar. B. sólo pudo ver su propia dictadura cuando la vió reflejada en las miradas en las que torpemente buscaba validar su dolor. Ahí, entonces, vió el marco: le dieron a elegir entre quedarse callada o ser la histérica. Le dijeron que no contestara, que no entrara en el juego. La culpabilizaron. Debía demostrar, estar a la altura de una madurez intachable. Debía anularse para la paz ansiada por quien reaccionaba a las torpezas y decisiones de B. -“No vas a cambiar nada”-, le dijeron. 

Todavía a día de hoy siente ganas de arrancar las cortinas, desbaratar las mesas, volar las sillas. Siente que no le basta narrarse para poder curar el dolor que le generó esta situación. B. entendió que la impulsaban a trascender la ira por su propio bien y también el de quienes la rodeaban, pero donde ha habido violencia no puede haber paz a costa de quien la sufre. ¿Cómo se trasciende lo que no se desvela? ¿De dónde venía su reacción?. Ahí, entonces, vió el marco y el hilo conductor. Encontró las huellas de los carriles de un tren del que tantas veces ha querido bajarse. Ahí, entonces, detectó la mordaza a su ira y dió el puñetazo sobre la mesa: -“mi daño, mi decisión”- se dijo. Se liberó del secuestro. Decidió sola, y todavía a día de hoy piensa que es noviembre.

El conflicto no es un problema

Lo que no puede ser resuelto en grupo, ni en la relación, debemos resolverlo por nosotros/as/es. Avanzar en estos casos supone cruzar en solitud esos barrancos abruptos de nuestro mundo interno. Asumir que no tenemos el control de las demás personas y trascender el coraje que nos sigue dando esto. Y nos da coraje por la relación directa entre cómo abordamos un conflicto y nuestros propios intereses. El espejo: nos damos cuenta de lo que está oculto cuando nos relacionamos. El conflicto es la brecha. Una mirilla a esto que llaman la sombra.

F. dice con mucha seguridad que a esas cosas de los malentendidos y conflictos “no le da más vueltas”. Puedo ver la frontera entre lo que se quiere cuestionar y lo que no. Un día una mujer le levantó la voz. Me cuenta que le dijo “oye, no tengo por qué permitir que me hables de ese modo”, pero ella siguió. Él afirmó que si seguía así se marcharía del lugar. Siguió, y él se marchó. Llevaban semanas sin verse. Llegó el momento. Me comentó que había gestionado muy bien la situación: con distancia y con indiferencia. Me quiso decir que ya no se sentía molesto. Lo dice. Y entonces arruga la boca. La menea de lado a lado. De repente para. Su cuerpo reacciona, respinga del taburete. Se cuestiona en alto: “¿lo habré hecho para castigarla?”. Lo exploramos: me dice que con la distancia lo que busca es protegerse de esa persona. Levanta el brazo y lo extiende a medio cuerpo, poniendo la mano en vertical. En efecto, está claramente poniendo distancia. Pero con la indiferencia se queda dudando. Le invito a cuestionarse si se sigue sintiendo molesto. Aprieta un cachete, asiente de medio lado, respira profundo. -“Sí, sí me sigo sintiendo molesto con ella”-. Con su indiferencia busca castigarla, devolverle el malestar que le ha generado. Compartir su incomodidad con ella. Se da cuenta. Ahí estaba el disfraz de la indiferencia. Debajo de la alfombra, el conflicto soterrado. 

Conflicto no es abuso, y no todos los daños son iguales

El conflicto trae consigo un malestar psíquico, a veces superficial y otras veces profundo, causado por experiencias negativas relacionadas con nuestra propia identidad y la identidad grupal, los intereses en juego y la torpeza de las formas. En conflicto no es lo mismo que abuso, Macaya dice: “[...] Creo que ahí radica una gran cuestión: la mejora de nuestra capacidad para no estar susceptibles a todo, ni pensar que debemos solucionar todo conflicto, llevarnos maravillosamente con todo el mundo y dialogarlo todo. Es una postura un poco infantil que además genera falsas expectativas porque es imposible. Aprender que conviviremos con riesgos y aprender que conviviremos con enemistades o personas que no nos gustan es un paso enorme para empezar a desmontar la matriz punitiva”. 

Estamos expuestos al conflicto en la misma medida que nos exponemos a ver cosas que no nos gustan de nosotros/as/es y de las demás personas. Habrá dolor. Y despunitivizar las relaciones también consiste en dejar de reaccionar con castigo y reprimenda a los efectos connaturales del conflicto. Cosa bien distinta es el dolor del abuso: una situación donde el daño se produce por un ejercicio de poder o de control donde hay o ha habido violencias que nos coaccionan a la hora de responder o tomar decisiones. 

La autora y activista estadounidense Sarah Schulman dice que un conflicto generalmente implica un desacuerdo mutuo donde ambas partes aportan significativamente a la fricción en curso; y donde hay un equilibrio relativo de poder en el que cada individuo o grupo tiene el potencial de influir en el resultado. Por el contrario, el abuso se caracteriza por un desequilibrio de poder patente, donde una de las partes ejerce control coercitivo, manipulación y daño sobre la otra. Saber dónde mirar es el primer paso. No intervenir si no es absolutamente necesario, el segundo.

Dejar de opinar sobre el daño de los demás 

Si no sabemos si el daño proviene del malestar de un conflicto o si es el síntoma de una situación de abuso no debemos ir por ahí aleccionando a la gente alegremente a que se calle o se anule en favor de nuestro interés-opinión. Algunas reflexiones para ampliar nuestra mirada:

  1. El momento: observa si es el momento y el lugar adecuado para practicar una mirada distinta a la habitual. Vas a tener que redirigir el foco. Si no estás acostumbrado/a/e a hacerlo, no saldrá de forma natural. Si no lo observas, vas a interactuar desde el automatismo. Vas a intervenir antes de mirar. Limítate y pon límites. Reflexiona luego.
  2. Saber mirar: aprender a escuchar más allá del relato y las habilidades del personaje que lo cuenta. Las personas no somos el relato que contamos de lo vivido ni somos el personaje que lo está contando. La narración del daño no es el daño en sí mismo, ni la persona es el daño en sí mismo. Nombrar es un medio, no el fin.
  3. Observar las protecciones (propias y ajenas): mirar con compasión radical al personaje porque tiene mérito y razones para haberse creado y haber sobrevivido hasta aquí de este modo. Hay que mirar al personaje que tenemos delante y también al que nos habita: es el que nos está empujando a intervenir. 
  4. Dejar de recomendar a las víctimas que sean las víctimas que queremos que sean: preguntarnos con sinceridad radical si lo que vamos a decir conviene a la persona o conviene a nuestros intereses egoicos o políticos. Renunciar a dominar los relatos.

Observar cómo todo puede converger en una misma persona y que esa persona también podamos ser nosotros/as/es es ver de frente el miedo abrupto que sentimos a experimentar que podemos ser la otra persona. 

Este mismo miedo hace que entre pares e iguales neguemos la violencia, y también motiva que depositemos una responsabilidad histórica y estructural en una sola víctima. Desarticular la otredad a través de este reconocimiento de seres humanos incoherentes, imperfectos e inútiles. Hacerlo desde el corazón, con el corazón. Incluso amar con la rabia y reconocer el amor que hay en la ira. 

Todo es posible, ningún marco nos salva.