Utilización geopolítica de los archivos de Epstein, pero para ello tuvo que morir
La reciente desclasificación de los archivos del caso Epstein, materializada este viernes 30 de enero de 2026, trasciende con mucho la crónica negra o el morbo sensacionalista que inunda los tabloides. Si apartamos la espuma de la inmundicia moral que envuelve a la plutocracia global, lo que emerge en los informes difundidos —con el Telegraph apuntando a la mano invisible de servicios de inteligencia como el Mossad o el MI6, y los medios en España revelando la implicación documental de José María Aznar y la fundación FAES— es una operación de calado tectónico en la estructura de poder occidental. No estamos ante un simple escándalo sexual, sino ante el uso de la información como arma de guerra no convencional, un movimiento calculado en el tablero geopolítico destinado a reordenar hegemonías y acelerar la descomposición de ciertos liderazgos que, habiendo cumplido su función histórica, se han convertido en lastres tóxicos.
Resulta imperativo analizar este fenómeno desde la perspectiva de la crisis de legitimidad del bloque atlantista, simbolizada por la resurrección espectral del Trío de las Azores. La aparición de nombres vinculados a la élite política en la red de influencias de Epstein no es casualidad, sino la confirmación de un modus vivendi oligárquico. Al nombre de José María Aznar se suma, con estruendo, el de Tony Blair, completando el cuadro de la infamia de aquellos que orquestaron la invasión de Irak. La fotografía de las Azores queda revelada no solo como el preludio de una masacre basada en mentiras, sino como el retrato de una clase dirigente moralmente podrida. Blair, quien hoy figura cínicamente como miembro del llamado “Consejo de Paz” con la grotesca pretensión de convertir las ruinas de Gaza en un resort turístico —máxima expresión del capitalismo del desastre—, ve desintegrarse su careta de estadista humanitario. La hipocresía de pretender “reconstruir” sobre el genocidio palestino, mientras su nombre sale a colación y emerge de los archivos de Epstein, evidencia la bancarrota ética del neoliberalismo que encarnó.
Sin embargo, la implicación de José María Aznar debe leerse con una lente más fina y estratégica. Más que un simple intento de anular su capacidad de maniobra para el lawfare o los golpes blandos, pues ya cumplió al respecto: el que pueda hacer que haga, la operación busca sacarlo definitivamente del tablero político. Estamos ante un sacrificio calculado por los postulados financieristas del globalismo atlantista, que exigen una reestructuración del orden interno en Europa. El objetivo es fortalecer y blindar el bipartidismo monárquico en el Estado español, asegurando una alternancia neocanovista predecible y disciplinada que incluye, necesariamente, el trabajo de hundir políticamente e intentar sacar a Pedro Sánchez del Gobierno español para estabilizar un centro-derecha orgánico y fiel a Bruselas, con un quintacolumnismo de apoyo en el PSOE. Esta estabilidad interna es requisito indispensable para la hoja de ruta de la OTAN: la creación efectiva de un ejército europeo y, sobre todo, la continuidad innegociable de la guerra en Ucrania como mecanismo de desgaste sistémico contra Rusia. La vieja guardia neoconservadora es purgada para dar paso a gestores más alineados con esta fase de conflicto prolongado. Los recientes viajes diplomáticos del núcleo atlantista —los líderes de Canadá, Francia, Reino Unido y el previsto del canciller alemán en Febrero— a China deben interpretarse en este mismo sentido: un reordenamiento de piezas para asegurar la cohesión del bloque occidental frente a los desafíos euroasiáticos.
Este escenario conecta Londres y Madrid con un Washington convulso. La imagen que estos documentos proyectan es la de Donald Trump y Tony Blair saliendo de la mano de la tumba de Epstein. Para la administración Trump, que enfrenta un horizonte electoral sombrío de cara a las elecciones de medio mandato en noviembre de 2026, este golpe es letal. La filtración sugiere una maniobra de la inteligencia para disciplinar a un mandatario errático. Un Trump acorralado por la evidencia de sus vínculos con la red de abuso y con su popularidad erosionada es una bestia herida. Cuando el fascismo agota su capacidad de sostener el consenso manufacturado y sus mentiras quedan al desnudo, recurre a la violencia pura. La necesidad de Trump de distraer la atención de la debacle interna —con el ICE actuando como tropas de asalto en Minneapolis— augura un recrudecimiento de la política exterior agresiva. Las amenazas sobre Venezuela, Cuba, Irán o Groenlandia dejan de ser retórica para convertirse en necesidades tácticas de supervivencia. Trump, desprovisto de autoridad moral, acelerará su deriva fascista ignorando el derecho internacional.
En conclusión, la publicación de estos archivos no es un acto de justicia, sino un ajuste de cuentas para racionalizar el dominio imperial. Se eliminan figuras obsoletas como Aznar para asegurar la disciplina en la retaguardia europea ante la guerra en el Este; se debilita a Trump para forzarlo a una huida hacia adelante bélica, incluyendo a Ucrania o para preparar su relevo. Pero las consecuencias las pagarán los pueblos. El descrédito de Blair y Aznar desnuda la farsa de sus lecciones de democracia, mientras el sistema se reorganiza para perpetuar el conflicto. La vigilancia geopolítica debe ser máxima, pues un imperio que se reestructura sacrificando a sus propios alfiles demuestra que está dispuesto a todo para mantener su hegemonía.