El Papa, en Arguineguín: “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte”

Jesús Bastante

11 de junio de 2026 13:41 h

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“No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. Después de la apoteósica despedida de Barcelona, con una bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia que tardará tiempo en borrarse de nuestras retinas, el Papa León XIV aterrizó en Gran Canaria, en la penúltima etapa de su histórico viaje a España. Y lo hizo con un llamamiento a señalar la auténtica prioridad nacional, prioridad global, la de la acogida. “Quiero inclinarme ante su dignidad”.

Acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el primer pontífice que pisa suelo canario visitó el tantas veces denominado 'muelle de la vergüenza', y que la Iglesia quiere convertir en un 'muelle de la esperanza'. Después, el Papa se dirigió al camarín de la Virgen del Carmelo para bendecir una cruz realizada con madera de una embarcación de migrantes. Después, León XIV depositó un ramo de flores en memoria de las víctimas de la migración en el mar. “Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas” proclamó, visiblemente emocionado,

“No son números ni expedientes. Son personas con una familia y una casa dejada atrás”, clamó el Papa, tras escuchar los testimonios de trabajadores y de migrantes. Entre ellos, el de una mujer, Blessing, que no mostró su rostro, sino únicamente su voz, como víctima de la trata de personas. “Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ”cantos de sirenas“”, subrayó en su respuesta a la mujer.

“Que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros” cerró el pontífice tras un discurso en el que planteó todas las claves de la migración, partiendo de la lectura del Evangelio en el que Jesús frena la tempestad.

“Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad”, explicó. “Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar”.

En un momento del discurso, el Papa mostró su anillo del pescador, y apuntó que el mandato de ser “pescador de hombres” “adquiere una fuerza literal y dolorosa”, tanto aquí como en El Hierro, lugar que el Papa citó pero que finalmente no pudo visitar. “Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas”. Por eso, se dijo, “el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles”.

“La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”, subrayó, denunciando la existencia de “monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”.

El pontífice agradeció la labor de Cáritas y distintas instituciones en favor de los migrantes, dejando de verlos “como uno más”, dejando “de ser una categoría y una cifra”. “Sólo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas”. “Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas”, subrayó.

Volviendo al testimonio de Blessing, el pontífice incidió en “el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos”. Ante la voz sin rostro de esta mujer, el Papa lanzó un mensaje “a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición”.

“Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor”, incidió.

No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?

Para Prevost, el drama de la trata “debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”.

También, para la Iglesia, donde “la acogida del migrante no puede ser algo secundario”. Con una comparación tumbativa: “Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ”pasar de largo“ ante los cayucos y las pateras”

“Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”, clamó León XIV, quien añadió: “No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”.

Porque “la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra”, añadió, señalando que “si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”. Porque “no podemos acostumbrarnos a contar muertos”.

Citando a San Agustín, el Papa concluyó su intervención abogando por que “el Dios que 'en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor' nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera”.

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