El recuerdo de la “vergüenza” del muelle de Arguineguín ahora rebautizado “La Esperanza” seis años después
Una cita en el muelle de Arguineguín, en Mogán (Gran Canaria), organizada por el Obispado de Canarias y Puertos Canarios, sirvió el pasado miércoles para recordar la visita del papa León XIV al que fuera bautizado como “el muelle de la vergüenza” que llegó a hacinar hasta 2.600 personas en un fin de semana en plena pandemia de COVID-19. Esta semana, el puerto ha pasado a denominarse de forma oficial “Muelle de la Esperanza”, un mensaje permanente de “respeto, solidaridad y compromiso con la vida” en recuerdo de las miles de personas rescatadas a pocas millas de la costa de la isla, o que incluso, llegaron por sus propios medios en busca de una oportunidad.
Y es que a ras del frío suelo del puerto durmieron miles de migrantes en 2020. Ahí comenzó la “vergüenza” de Arguineguín, un 3 de agosto, en pleno verano de hace casi ahora seis años, cuando 71 ocupantes de un cayuco pisaron tierra y pasaron la noche únicamente bajo el ‘abrigo’ de una carpa de la Cruz Roja. Sin embargo, tras esta embarcación, comenzaron a llegar más y más, y de una tienda de campaña se pasó a 12, superando la capacidad del puerto, donde se llegó a contar hasta 2.600 personas, pese a tener espacio para 400.
La desorganización por parte de las autoridades y el desamparo de los migrantes se hacían latentes cuando se hablaba de comer y beber; hasta dos semanas con tres bocadillos diarios y zumos envasados. Además, menos de un litro de agua por persona, según fuentes consultadas por este periódico en aquel entonces, que aseguraron que una garrafa era para ocho o diez, sin vasos.
No habían duchas, incluso aumentaba la crispación cuando ni siquiera se tenían cartones suficientes en los que recostarse para pasar la noche.
“Era difícil atender a las personas en el propio muelle en unas condiciones en las que lo que teníamos eran unas pocas carpas y otras que nos había dejado el Ejército para que estuvieran lo más cobijadas y a la sombra posible. Quienes han estado en el muelle saben la inclemencia que se sufre allí con las olas de calor”, comentó a este periódico José Antonio Rodríguez Verona, responsable de los equipos de Cruz Roja, durante la visita del papa León XIV a principios de junio.
El estado de salud y de ánimo de los migrantes aglomerados en el muelle iba decayendo poco a poco. En algunos casos, sobre todo en el de las personas que procedían de países subsaharianos, se producían desvanecimientos en cuanto pisaban tierra firme después de haber estado hasta dos semanas a bordo de una embarcación precaria.
Las lesiones presentadas por las personas hacinadas en el muelle se sumaban a las propias del viaje en patera, según aseguraron fuentes del Servicio Canario de Salud (SCS) que atendieron a los migrantes en el muelle de Arguineguín.
La situación ya se extendía durante más de cien días, hasta que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, anunció el 6 de noviembre de ese año, durante una visita a Canarias, que disolvería el campamento. “No será una clausura parcial. No volverá a albergar migrantes”, aseveró en su momento el responsable del departamento.
Veintitrés días más tarde y después de casi cuatro meses de funcionamiento, el campamento para migrantes levantado sobre el puerto de Arguineguín fue desmantelado por completo.
Ahora, y con la visita del Pontífice el pasado junio, el puerto grancanario que un día vulneró el derecho de miles de personas migrantes durante meses ha sido rebautizado. El Papa lo dejó muy latente en su visita al muelle hace casi un mes, cuando expresó que “no son números ni expedientes” y añadió, “son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar”.
En palabras del director de Puertos Canarios, José Gilberto Moreno, “el Muelle de la Esperanza no es solo un nombre: es una declaración de principios”.
La entidad, dependiente del Gobierno de Canarias, busca con esta nueva denominación que este espacio no solo recuerde la visita del papa León XIV, sino también a “quienes han perdido la vida en el océano y a todas las personas que siguen buscando una oportunidad de futuro en la ruta atlántica”.
Para ello, una placa, junto a una cruz de madera hecha con restos de un cayuco, “quedará como un símbolo de acogida, de respeto y de esperanza compartida”, apuntó el director del ente público.