eldiario.es

9

Desconexión

a

Desearía mirarme

con las pupilas duras de aquel que más me odia,

para que así el desprecio

destruya los despojos

de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González

Me he puesto a escribir con la rutina apabullante de cada lunes como si ya hubiera olvidado lo que es existir a destiempo. Me he puesto a escribir como quien recuerda que mañana tiene que ir al médico o que hoy es demasiado tarde para volver. Me he sentado a descifrar lo que siento con la certeza de que cuando salga de este folio en blanco estaré igual de confundida que cuando empecé a juntar letras o a vivir.

Recuerdo aquel momento con cierta vergüenza. La propia de una adolescente que lo único que sabe es alardear de sus miedos. En mi caso lo hacía en silencio; la timidez era mi auto-condena y no podía más que callar, refugiarme en toneladas de libretas a las que les dedicaba mis palabras cuando no quería levantar la vista a un mundo que ni comprendía ni compartía. Ahora siento una vergüenza diferente que se basa en decirle a un desconocido que todos los domingos me aprieta la existencia y quisiera rebobinar mi sensación y mi cerveza.

En las últimas semanas también me he dado cuenta de otros asuntos que me sonrojan y que no sabría explicar si no fuera gracias a quienes han tenido la capacidad de soportar 423 días de una monotonía absurda. Por eso me gustaría “mirarme con las pupilas duras de aquel que más me odia”, para no arrepentirme de las decisiones que ni siquiera un enemigo puede poner en duda. Esa es la única manera de medir el odio que nadie puede cuestionar, un refugio exclusivo en el que protegerse.

Ahora siento una vergüenza diferente que se basa en decirle a un desconocido que todos los domingos me aprieta la existencia y quisiera rebobinar mi sensación y mi cerveza

Como alternativa, existe la conciencia. La tranquilidad que otorga haber sido consecuente con el pensamiento se ve únicamente ennegrecida con la posibilidad de nuevas almas enemigas a kilómetros de lo que fuimos. El único remedio entonces es destaparse y saber quién nos habita para poder ser capaces enfrentarnos. Solo quien se conoce a sí mismo es capaz de transmitir la paz de un mar en calma, la certeza de un árbol que no se derrumba con el paso de los años. Solo quien se conoce y se acepta a sí mismo es capaz de entablar un vínculo arraigado en el tiempo. Por eso nosotros quizás hoy, tal vez mañana. Puede que nunca.

Hoy puede gritarle a este papel que ni el remordimiento ni los escrúpulos harán arrepentirme de palabras que no pude contener. No porque no sepa qué es el remordimiento ni los escrúpulos, sino porque sé perfectamente cuándo sobran, cuándo hay que dejarle paso a un sosiego merecido, a un silencio en el vacío.

Comentar

Enviar comentario

Comentar

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha