El gran recorte de 100.000 empleos de Volkswagen choca con los representantes sindicales
El gran recorte de plantilla de 100.000 empleos de Volkswagen ha chocado con el bloqueo por el rechazo sindical en una tensa reunión del consejo de administración. El encuentro, celebrado en la sede central de Wolfsburg rodeado de 18 protestas en las factorías y oficinas del consorcio en Alemania, terminó sin el respaldo que buscaba el consejero delegado, Oliver Blume, para acelerar su plan de transformación, en un encuentro que fuentes próximas al órgano calificaron de “ruptura total”.
Mientras los sindicatos denunciaban un ajuste que podría alcanzar los 100.000 empleos y el cierre de cuatro plantas alemanas, la dirección respondió con un comunicado en el que justifica la necesidad de una “reestructuración radical” para garantizar la supervivencia y competitividad del grupo. Según la dirección, se ha empezado a poner en marcha las primeras medidas, que prevén reducir la capacidad de producción hasta 9 millones de vehículos anuales.
La división quedó patente tanto dentro como fuera de la sede de Volkswagen. Miles de delegados sindicales y miembros de los comités de empresa de IG Metall se manifestaron simultáneamente en las principales fábricas del grupo bajo el lema “Luchando juntos por nuestro futuro”, en rechazo a unos planes que consideran un ataque sin precedentes al empleo y al modelo alemán de cogestión.
Una estructura “más ágil, resiliente y competitiva”
Sin embargo, tras la reunión del consejo, la compañía defendió públicamente por primera vez el alcance de su estrategia, aunque sin concretar sus magnitudes. La dirección aseguró que el grupo entra en una nueva fase de transformación y presentó al consejo de administración un plan de futuro compuesto por doce iniciativas estratégicas con horizonte 2030.
“Nuestro objetivo es claro: para 2030 convertiremos al Grupo Volkswagen en la compañía automovilística más atractiva del mundo”, afirmó Oliver Blume. El directivo aseguró que la empresa quiere lograrlo mediante una estructura “más ágil, resiliente y competitiva”, reduciendo complejidad, ajustando capacidades industriales, simplificando la organización y concentrando las inversiones en los productos y tecnologías con mayor potencial.
El director financiero del grupo, Arno Antlitz, fue incluso más explícito al admitir que los programas de ahorro ya pactados resultan insuficientes. “A pesar de los avances logrados, las reducciones de costes previstas hasta la fecha no son suficientes en el contexto económico y geopolítico actual. Debemos reestructurar radicalmente nuestro modelo de negocio”, señaló. Según Antlitz, la transformación pasa por reducir drásticamente la complejidad del grupo, disminuir los costes estructurales, acelerar la toma de decisiones y aumentar la eficiencia industrial sin comprometer la calidad de los vehículos.
Menos modelos, menos fábricas y más eficiencia
El plan presentado por la dirección confirma buena parte de las líneas que habían provocado la alarma entre sindicatos y accionistas. Uno de los puntos más sensibles afecta a la capacidad industrial. El grupo reconoce que quiere dimensionar su red de producción para fabricar alrededor de 9 millones de vehículos al año, frente a la capacidad cercana a los 12 millones que mantenía antes de la pandemia. Según la empresa, ya se han eliminado alrededor de dos millones de unidades de capacidad y ahora se prevén nuevas medidas tanto en Europa como en China.
Aunque el comunicado no menciona cifras de empleo ni cierres concretos de plantas, el reconocimiento de nuevos ajustes industriales llega después de que diversos medios alemanes informaran de un posible recorte de hasta 100.000 trabajadores en todo el mundo y del eventual cierre de las fábricas de Hannover, Emden, Zwickau y la planta de Audi en Neckarsulm. Volkswagen pretende reducir hasta un 50% su gama de modelos, concentrándose únicamente en los segmentos con mayor rentabilidad. Paralelamente, disminuirá hasta un 75% las variantes y opciones de equipamiento, con el objetivo de simplificar el desarrollo y la producción.
La compañía también plantea una profunda reorganización tecnológica. Las plataformas, arquitecturas electrónicas y sistemas de software se unificarán para reducir duplicidades entre marcas y adaptar el desarrollo a las necesidades diferenciadas de los mercados occidental y oriental, especialmente China.
El conflicto se traslada a la cogestión
Precisamente esas informaciones fueron las que desencadenaron las movilizaciones de IG Metall. La presidenta del sindicato, Christiane Benner, aseguró que los trabajadores ya han realizado importantes sacrificios económicos y rechazó que la respuesta vuelva a ser una reducción masiva de empleo. Reclamó una estrategia basada en nuevos productos, mayor cooperación entre las marcas y una política industrial que proteja la competitividad del sector.
La presidenta del comité de empresa del grupo, Daniela Cavallo, denunció que “decenas de miles de trabajadores temen por su futuro” y acusó a la dirección de alimentar la incertidumbre durante semanas sin ofrecer explicaciones claras. Por ello ha lanzado un ultimátum a Oliver Blume: “tiene que dar explicaciones a la plantilla”, y fija el viernes 10 de julio para que lo haga.
El negociador jefe de IG Metall para Volkswagen, Thorsten Gröger, calificó la comunicación del consejo de administración de “desastrosa” y reiteró que existen alternativas al cierre de fábricas mediante una mejor utilización de las sinergias entre las distintas marcas del grupo.
Además del empleo, el sindicato sospecha que la dirección estudia reorganizar parte del grupo para reducir el peso de la cogestión, uno de los pilares históricos del modelo Volkswagen y del capitalismo industrial alemán y que concede a IG Metall el 50% de los puestos del consejo.
Los mercados tampoco conceden margen
La presión no procede únicamente de la plantilla. Volkswagen afronta un escenario marcado por la creciente competencia de los fabricantes chinos, el impacto de los aranceles en Estados Unidos, la ralentización del mercado europeo y el enorme esfuerzo inversor que exige la electrificación.
La propia compañía reconoce que el contexto geopolítico, el incremento de costes, las exigencias regulatorias y la competencia global obligan a acelerar la transformación. Como parte de esa estrategia, también anunció que continuará desprendiéndose de activos no estratégicos, siguiendo el camino iniciado con la venta de la participación mayoritaria en Everllence, operación que aportará unos 7.400 millones de euros para reforzar su balance.
Mientras tanto, los inversores mantienen sus dudas sobre la capacidad del grupo para ejecutar una reestructuración de semejante magnitud sin provocar un conflicto social de largo recorrido. Las acciones de Volkswagen acumulan una caída superior al 30% desde comienzos de año, reflejo de la incertidumbre que rodea tanto al alcance del ajuste como a la capacidad de Oliver Blume para mantener unido un grupo donde la fractura entre dirección, sindicatos y parte de los accionistas ya ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad.