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Corujo, un adiós repentino

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Esta espantada de la vida, en el desconsolado abandono de tu familia y amigos entrañables, a mediodía del pasado 19 de julio, ha sido la mayor y las más inaceptable de las putadas que nos hiciste. Imperdonable. Te lo demandaremos y nos darás inexplicables razones, de esta última de tus locuras. ¿Qué puñeteras prisas tenías, y darnos este cobarde zarpazo, acongojándonos a todos, dejándonos el corazón sin una gota de sangre y gélido como un témpano de hielo, y los ojos secos de tanto sollozo? Fuiste ejemplo de saber entresacarle a la existencia la complacencia, que tanto perseguiste, siendo ésta la meta de tu poesía vital. Porque en tu ego interno te aceptabas tal cual la naturaleza te engendró, sin más complejos o falsedades. Estabas contento con tu ser, contigo mismo, como eras, sin vergüenzas propias o ajenas, habiendo sido feliz con tu elegido modo de vida y por ti acariciada.

Paco Mesa, conocido en las lides callejeras por Corujo, segundo apellido paterno, fue un hombre que se planteó la existencia de una manera aventurada. Desde su pensar, lo inútil de las cosas terrenales eran la seriedad, la solemnidad y todo orden establecido, además de las conquistas materiales. Era, a su modo, un ácrata de todo lo determinado en las imposiciones oficiales programadas. Las combatió con la alegría y sonrisa permanente. Allí donde se encontrara, era el druida oficiante, priorizando el chiste oportuno, la broma y los agrados continuos. Nadie para él tenía remilgos ni defectos; o aristas imborrables en su persona y personalidad, aceptando a los demás como realmente son, sin rodeos. Ese, junto a su constante ser, de alegría salerosa, fueron los atributos que le colmaron de tantos amigos que tuvo, siendo todos bienvenidos; y tantos, para él, bien hallado. A los que les fue leales. Todos le hicieron un hueco en sus afectivas amistades. Como también tuvo un lugar especial para su siempre amada familia, que tanto le quiso incondicionalmente. Fue un eminente en cariño de la familia y amistades, del cual podría haber escrito un catón.

No entenderemos ninguna vez, por qué esas prontas urgencias, de arrojarte a la ingravidez de los espacios siderales, yéndote a toda prisa y de forma sigilosa. Quizás, para que tu familia y amigos sufrieran mínimamente tu agonía, y recobraran pronto la alegría de vivir, que tanto predicaste y pusiste en práctica. Con ello ponías el epílogo a una manera de existir de afabilidad con todos. Pero para los que aquí quedamos fue todo un maldecido exabrupto. Impropio de ti. Estamos seguros que tuviste una dura y amarga partida de Envite con la parca antes de tu ida, ganándote la hijaputa, con el desgarrón de su guadaña, en este último envido. ¿Quién nos dará tan efusivo cariño, tan solo, por un pisquito de café?

Teo Mesa

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