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Eligio, tal cual

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Eligio es, en buena medida, autor intelectual de ese hecho, un episodio gratificante en el proceso de recuperación de la memoria histórica.

El jurista herreño viene, desde hace muchos años, reivindicando la figura de Negrín cuya enorme dimensión, humana, profesional y política, ha podido ser conocida gracias a su esfuerzo y a su empeño. No ha sido la suya una gestión más: ha investigado, ha estudiado, ha contrastado, ha puesto en marcha una fundación y, lo más importante, ha devuelto a sus familiares la dignidad que muchos se encargaron de pisotear. Ha tenido eficaces colaboradores pero sin la dedicación y el carisma de Eligio Hernández no hubiera sido posible.

Pudimos conocer personalmente al hijo de Negrín, a cuya dirección de Nueva York había enviado la certificación del acta de un pleno del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz en el que se recogía el acuerdo que promovimos para rotular una plaza del municipio con su nombre. Vimos sus lágrimas cuando visitó la modesta plaza en el barrio de San Fernando. Como también apreciamos la emoción de Carmen, nieta del que fuera presidente del Gobierno de la II República en plena guerra incivil, al recibir unas flores en el mismo lugar.

En todo eso ha estado Eligio Hernández, una vida por la democracia y por Canarias, por la justicia y la lucha canaria, por el humanismo y la ética cívica. Ahora que el proceso de Negrín ha cerrado otra etapa, es justo que sea ponderada su concurrencia activa, su papel principal en importantes hechos acaecidos en ámbitos, públicos y privados, donde plasmó la impronta que le acredita como uno de los personajes más respetado.

En Telde e Icod de los Vinos, en Las Palmas de Gran Canaria, conocieron de su compromiso como juez y de su sensibilidad para dignificar la lucha canaria que había practicado. En 1982, sorprendentemente, no ganó el escaño al Senado por El Hierro. Pero Felipe González le convirtió después en el primer delegado del Gobierno y del Estatuto de Autonomía. Eligió volcó toda su experiencia jurídica en el ejercicio de un cargo en el que hubo de lidiar situaciones delicadas, entre las que cabe consignar las derivadas de las transferencias de competencias a la Comunidad. Desde la Delegación saltó, mediados los años ochenta, a la Fiscalía General del Estado donde desempeñó un papel de suyo controvertido en asuntos de gran trascendencia mediática. Trabajador infatigable, en muchas ocasiones fue incomprendido y hasta injustamente tratado por algún periodismo que le reprochó hasta su identidad luchística, Pollo del Pinar, como si eso no fuera un timbre de orgullo, como si la fuerza, la destreza, el valor y la limpieza en la mirada del himno sabandeño no fueran la divisa de aquel jurista noble y humilde capaz de escuchar a todos y reconocer errores si fuera preciso.

Sin ambiciones, sin alharacas ni ínfulas, sin esperar nada a cambio por la lealtad y los servicios prestados, finalizado su ciclo político, respetando, como no podía ser de otra forma, la normativa reguladora, volvió al mundo del derecho, ahora como abogado. Abrió despacho, retornó a prisiones y a juzgados. Y ahí le tienen defendiendo causas de todo tipo mientras busca y rebusca entre los discursos de Azaña y las decisiones de Negrín después del Ebro o ya en el exilio. De vez en cuando, lo que el tiempo le permite, escribe artículos y textos en los que destila no sólo sus conocimientos jurídicos e historiográficos sino sus profundas convicciones humanísticas y cristianas, además de una apasionada y patriótica defensa de España y de la españolidad de Canarias.

Eligio Hernández, readmitida la militancia de Negrín, después de múltiples iniciativas reivindicativas de su figura, puede darse por satisfecho. Con su perseverancia, con su modestia y lealtad de siempre, seguirá trabajando. El reconocimiento se lo ha ganando a pulso.

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