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Lágrimas de cocodrilo

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Puede ocurrir que a los animales humanos que ejercemos esta profesión tan denostada como necesaria, nos pase como a los cocodrilos, que nos acostumbramos a comernos a los otros, comemos con la boca tan grande, que nos están empezando a salir lágrimas. Como los cocodrilos. Qué casualidad, oye, que son reptiles. ¿Se acuerdan de los fondos de reptiles? Bueno, ese asunto lo dejo para otro día, para no perdernos hoy. Propongo que dejemos de llorar y pongamos sobre la mesa alguna propuesta. Ahí va una: un código deontológico de la profesión periodística. Sí, deontología viene de ética.

No pido leyes. Y, por supuesto, si hablo de ética no puedo recurrir a buena parte de los parlamentarios canarios. Pido un código que hagamos nosotros, los trabajadores y trabajadoras de los medios de comunicación. No se puede dejar esto en manos de los directivos de las empresas, ni de sus dueños. Ya existió la propuesta de Marcial Morales de un código deontológico para el tratamiento de los inmigrantes. Todo quedó en la foto del consejero de Empleo con algunos directores de medios, después de eso se siguió criminalizando a la población migrante, y cuando hubo manifestaciones racistas los responsables de esa estigmatización se llevaron las manos a la cabeza, ay, cuánto racismo, decían mientras lloraban como los cocodrilos.

Por eso a falta de colegio profesional de periodistas, a falta de código ético en esta profesión, a falta de referencias a las que acudir, quizá sería bueno poner sobre la mesa la responsabilidad social que tenemos. Si tomamos como ejemplo el caso de la muerte de Aitana. ¿Debemos esconder sólo la cara de los policías que se llevan al detenido, o también debemos esconder la cara de un señor que ni si quiera ha hablado con el juez? La experiencia nos dice que la mejor garantía de que una imagen no se publique es que no se grabe. En el caso de Diego, la guardia civil facilitó a los periodistas el acceso al lugar desde donde podían tomar la imagen de frente.

Así que en este asunto de proteger la imagen también tendrán que decir algo los responsables de las fuerzas de seguridad, porque no se entiende que en el caso Faycán los políticos detenidos pudieron entrar directamente al garaje de los juzgados, y después de declarar fueron llevados en coches de policía a un lugar alejado de los periodistas. Estoy contando lo que pasó en Telde, porque luego está la leyenda que difundió Rajoy en TVE (con la información de su corresponsal PP Manolo Soria) de los helicópteros que aterrizaron en los balcones de las casas teldenses y arrancaron a los honrados papaítos de los dormitorios mientras los niños lloraban. ¿Por qué las mismas fuerzas de seguridad tratan de forma diferente a unos ciudadanos que a otros, el derecho a la presunción de inocencia tiene alguna relación con las presiones políticas?

Otro asunto importante es la intimidad a la que tiene derecho la víctima. Por ejemplo, en el caso de Aitana. Si el disparatado informe médico que hablaba de violación, golpes y quemaduras llega a ser verdad, ¿era correcto publicarlo sin consentimiento de su familia? ¿Por qué en plena sicosis con la gripe A en Canarias murieron algunos enfermos que padecían otras enfermedades graves como el SIDA, la hepatitis o leucemia, y esos datos no se dieron por respeto a la voluntad de la familia, a pesar de que quizá su difusión hubiese causado menos alarma social con la gripe A, y sin embargo en los casos de muertes violentas los medios cuentan todos los detalles, y muchas veces se publican fotos de cadáveres sin tapar?

La consejería de Sanidad emitió ayer un comunicado para aclarar que desde ese departamento no se difundió el informe médico erróneo. Quiere dejar claro la consejería que no tiene responsabilidad en el tratamiento criminalizador que recibió el novio de la madre de Aitana. Pero lo que debe aclarar el departamento de Mercedes Roldós es por qué mandaron a su casa sin realizarle todas las revisiones necesarias a una niña de 3 años que recibió un golpe en la cabeza. También debe aclararnos si se debe activar un protocolo de malos tratos sin hacer antes un reconocimiento exhaustivo del paciente. Roldós debe explicarnos con qué medios trabajaban en los servicios de urgencia donde fue atendida la pequeña Aitana. Porque su historial nos dice que es más fácil y rápido que te hagan una autopsia que un escáner.

Otro tema que sería bueno tratar es la lapidación colectiva que sufren las personas que no han sido juzgadas. Recordemos el caso de la muerte de Iván Robaina. Un periódico grancanario llegó a publicar en su versión digital las fotos de los jóvenes detenidos y propuso a sus lectores que dijeran qué pensaban de ellos, que contaran que sabían de ellos, si alguna vez les habían hecho daño. Los padres de Iván llegaron a asustarse de las cosas que se publicaron y tuvieron que hacer un llamamiento para que las manifestaciones de repulsa no se convirtieran en un acto de revancha. Resulta curioso esa libertad tan amplia para opinar sobre ciudadanos desconocidos, mientras que cuando se publica una noticia de José Manuel Soria en los juzgados los mismos periódicos que dan tanta libertad para lapidar a desconocidos no permiten que sus lectores opinen sobre la noticia judicial del vicepresidente del Gobierno canario.

Son muchos los asuntos que se pueden recoger en un código ético: el tratamiento informativo de la violencia de género, el tratamiento de los sucesos, las noticias sobre inmigración, los estereotipos sobre etnias, gustos sexuales, estigmatización de las ideologías que cuestionan el sistema económico y político, anuncios publicitarios presentados con forma de noticias, suplementos pagados con dinero público que se presentan como reportajes periodísticos?

Muchas normas no se cumplirán nunca porque afectan directamente a la forma poco transparente con la que se están financiando muchos medios de comunicación. Pero sería bueno que por lo menos hablemos de estos asuntos. La poca credibilidad que le queda a la profesión periodística está en juego. A lo mejor un código ético no sirve para nada. A lo mejor esto ya no tiene remedio. Yo quiero pensar que sí. Lo único que tengo claro es que la gente no es tonta, y que la mancha que tenemos todos por el tratamiento que hemos dado al caso de Aitana y de Diego no se limpia con lágrimas de cocodrilo.

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Juan García Luján

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