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Numantina hoja de ruta

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Llevamos semanas soportando un tremendo ruido de fondo, merced al desconcierto y la desazón que produce ver a los cargos recientemente electos, por dos veces, incapaces de ponerse de acuerdo en nada.

Da la sensación de que el “circo de pulgas amaestradas” en el que se ha convertido la arena política nacional ya ni tan siquiera es capaz de entretener al respetable, con sus salidas de tono y su grosera ignorancia. Antaño, las bravuconadas de los portavoces de cada uno de los partidos presentes en el hemiciclo podían hasta resultar simpáticas, siempre que se obviara el fondo de la cuestión que se estaba debatiendo. Hoy, ni tan siquiera son capaces de lograr un consenso dentro de los mismos partidos, hecho que explica el cada vez menos disimulado enfado de quienes, en menos de un año, han pasado dos veces por delante de una urna para, a reglón seguido, comprobar que mejor se hubieran quedado en casa descansando y/o tratando de cuadrar esas cuentas que, por mucho que se quiera, no llegan a final de mes.

No obstante, cuando aún resuenan los ecos de las últimas tormentas políticas desatada tras los nuevos ejemplos de la prepotencia de los mandarines patrios, queda, o debería quedar claro, que todo esto no ha sido fruto de la causalidad, la mala fortuna o el incorrecto devenir de los planetas en el firmamento. Todo esto es fruto de una hoja de ruta, dictada de antemano por quienes, como antaño, marcan el camino para quienes, luego, presumen de manejar las riendas de nuestro país.

Tal y como están las cosas, quienes poseen los recursos, el capital y las llaves que ponen a funcionar los engranajes de esta mal llamada sociedad de consumo no están dispuestos a que su estatus cambie y, partiendo de esa base, cualquier solución es buena. Para quienes tienen mucho, mucho, mucho, el término corrupción, definido como “abuso de poder o mala conducta”, es una herramienta muy útil para lograr un fin. Piensen, si no, lo valiosos que son los sobornos, el tráfico de influencias, las extorsiones, los fraudes, la malversación, la prevaricación y el nepotismo cuando se quiere mantener el control sobre una institución, un gobierno o una nación.

Poco importa el daño que todas estas lacras puedan causar a la sociedad, si con ello se logra que la balanza social no se desequilibre peligrosamente y deje las miserias de unos pocos al descubierto. Siempre ha sido así y ahora, aunque los medios de comunicación y la Red -ésa a la que muchos desearían ver amordazada y/o desconectada para así poder campar a sus anchas- saquen a la luz comportamientos delictivos son muy pocos los que purgan sus pecados a la sombra.

Hemos llegado a un punto en donde cada uno se preocupa solamente por lo suyo y, mientras más alto se mira, mayor es la distancia entre una clase social y el resto de los ciudadanos. Quienes ahora abogan por construir muros que separen países deberían echar la vista atrás y comprobar que esos muros existen desde tiempo inmemorial, aunque, en los últimos años, sus paredes hayan crecido hasta el infinito. Por añadidura, muchos mandarines patrios, sobre todo los que se columpian sobre las alas de cierta ave, no hacen sino fomentar dichas desigualdades, aplaudiendo con sumo descaro el desequilibrio que golpea a las capas más desfavorecidas de nuestra sociedad.

De seguir las cosas como están, nuestro mundo acabará por estar dividido en distritos similares a los que aparecen retratados en las novelas de Suzanne Marie Collin, y quienes allí sobrevivan, estarán sujetos a los caprichos y la megalomanía de una élite atrincherada en una torre sagrada de marfil, incapaz de sentir empatía por nada que no sea su propio beneficio.

Y si piensan que exagero, abran las páginas de un periódico y lean no solamente los titulares sino las noticias enteras -o escuchen los programas de radio que no tengan nada que ver con el deporte “rey”- o mejor, paseen cerca de un comedor social o entren el ropero de una parroquia cualquiera. Después, vengan y díganme si exagero, o no.

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