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Soria ya no se parece tanto a Aznar

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Pareciera como si Madrid, como Roma, no pagase traidores, pues le podían haber recompensado con los honores de pertenecer al círculo de elegidos, no ya como Javier Arenas ?que suele contar un gracioso chiste sobre Soria en un ascensor-, Esteban González Pons ?el hombre de Camps y no de Zaplana- o Ana Mato ?cuyo hermano Gabriel pagó la presidencia del Parlamento canario para que alguien fuera vicepresidente- sino un pequeño puesto para alguna de sus fieles, esas que tanto le adulan y tan alto han llegado ya, a pesar de sus escasas habilidades para la gestión pública, la oratoria o la política.

Ha sido tanto y tan descarnado el cambio de Soria que muy pocos se lo creen, ni los unos ni los otros. O eso al menos se deduce de los comentarios de quienes lo han visto torear en Valencia, antes de que el toro vasco de la ganadería de San Gil le cogiera la femoral y 3000 picadores apuntillaran con enmiendas su texto político de mayor calado, que más bien parece testamento. Porque si conocíamos a los antiguos amanuenses -¡que no guardarán las memorias de dos periodistas canarios!-, si también sabíamos sus inquietudes como politólogo en Valencia y ahora su mecenazgo literario desde la Consejería de Economía, Soria hace buena aquella anécdota de un escritor llamado Fray Servando Teresa de Mier, quien en sus memorias reeditadas ahora por Trama ?y subvencionadas razonablemente por el Ministerio de Cultura- hacen comprender quizás las razones de su nombramiento. Cuenta este heterodoxo escritor como un monje jerónimo (orden de cantores y comedores) que custodiaba la biblioteca de El Escorial, suscitó los elogios de un embajador francés ante el rey, cuando le preguntó qué le parecía su biblioteca: "excelente, pero al bibliotecario lo debe hacer ministro de Hacienda o Tesorero General, porque no toca el depósito que se le confía".

Federico Utrera

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