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Lo que dura el amor

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A uno, a tenor de las crónicas, lo que más le interesaría del asunto sería saber de dónde sacó la aspirante a primera ministra bávara su particular convicción sobre lo que dura el amor. ¿Por qué siete años?... Al respecto, uno se ha tropezado con diversas teorías, pero casi todas más centradas en la pasión que en el amor, que son dos cosas distintas me parece. La pasión amorosa, según esos estudios caídos en mis pecadoras manos, se instala, cuentan, en el cerebro humano y permanece allí entre dos y tres años, según los casos, las personas e, imagino, la fuerza de los estímulos. Después, y probablemente de ahí la prórroga de Gabriela Pauli, la atracción y el deseo van desapareciendo paulatinamente… ¿Hasta los siete años que ella fija como razonable tope?... Quién lo sabe. Y quién sabe si tras ese lapso lo que aparece es ese otro amor, ése del que habla, por ejemplo, el célebre especialista en la terapia de la pareja, el doctor Enrique Rojas: el amor trabajado y construido día a día, sostenido en detalles pequeños, en cosas nimias, apenas imperceptibles… Los gitanos –o eso me contó una vez un calé amigo mío demasiado bromista, o sea que no sé si lo que les digo tiene mucho o poco de cierto- se casan por medio de un rito sustentado también en ese escepticismo sobre la duración del amor. Los contrayentes sujetan entre ambos un jarrón de barro. Y cuando el oficiante –el jefe del clan- los declara marido y mujer, sueltan el objeto que cae al suelo y se rompe. Se cuentan los trozos en que se ha partido y ese es el número de años que están obligados a vivir juntos. Si luego quieren renovar, allá ellos. Si no es verdad, reconozcan que, al menos, está bien inventado.

José H. Chela

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