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En la muerte de un hombre-presidente

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Los periódicos rebosan crónicas, esquelas, encendidos elogios, gruesos obituarios? sobre la trayectoria política y vital de este presidente que se nos acaba de morir víctima de un cáncer linfático contra el que luchó a brazo partido durante muchos años. Y la unanimidad se ha extendido por todos los rincones de las islas.

Callan (y si no callan son capaces ahora de los más hipócritas hipidos) los que durante tanto tiempo dijeron de él cosas escabrosas e injustas, los que lo colocaron como un desalmado sin escrúpulos con acusaciones jamás demostradas, seguramente jamás ciertas.

Nunca tuve con Adán Martín un trato especial, nada más allá de la cordialidad con la que, me consta, trataba a todo el mundo. Hablé más veces con él cuando dejó la primera línea de fuego que cuando iba de aquí para allá llegando tarde a todos sitios.

Siempre opiné que no fue un buen presidente del Gobierno, pero en estos momentos tan especiales de la despedida no pienso en él como el mandatario atinado o errado, sino como el hombre que se marcha, el padre, el hermano, el marido, el ex marido, el amigo que deja atrás una vida de 67 años.

Y le digo adiós al hombre y al hombre-presidente en el convencimiento (absolutamente atrevido por infundado) de que se fue con la certeza de haberlo hecho bien. Con eso basta.

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