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El perdón del atrevido por Roberto Miño

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Propio de un ser mal acostumbrado como yo fue creer que todo el monte era orégano. Pensé que donde cabían Capmanys no cabían marionetas y que donde entraban Ferranes no hablaban cotorras. Como era de imaginar me equivoqué.

Corrían tiempos difíciles para el ser catalán en tiempos de Estatut y se proclamaban elecciones. Cuando todos pensábamos que Don Pascual haría de su equivocada obra una epopeya, quiso desaparecer. Nadie le preguntó esperando una verdad, aunque sea incomprendida. Nadie confío en él aunque fuera lo normal. Todos, marionetas y cotorras, ya tenían escrita la verdad, su verdad, sin contar con que las heridas de las calumnias se cierran pero siempre quedan cicatrices.

Los más considerados hablaban de una bestia que se había comido a ella misma. Los más retorcidos hablaban de maniobras electorales. No podían imaginar nada más allá de la mala voluntad. Hoy en día lo comprendo cuando siendo lector del británico Maugham he aprendido que sólo los ineptos rinden al máximo de sus posibilidades.

A todo apoltronado columnista me dirijo y recomiendo que se den cuenta de que en la carrera por la calidad no hay línea de meta y que las irresponsabilidades de los que se rinden en la misma no tienen otra explicación que el pedir perdón.

Con todo ello no quiero hacer un reconocimiento político de nadie sino dejar claro que la conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien. Un hombre de bien que es prudente y que sabe, como decía Pascal, que de nada le sirve ganar el mundo si pierde su alma.

Roberto Miño

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