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Los problemas del turismo

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Para resolver el problema en Canarias se impuso una moratoria que a la vista de lo sucedido, fue la solución extrema que eligió el Gobierno cuando entendió que no sabía resolver el asunto. Siempre me disgustó la moratoria porque entendí que era una apuesta por el pasado y no por el futuro. Y porque no conteniendo soluciones, lo que sucedería como así ha resultado ser, es que cinco años más tarde el problema sería el mismo pero con cinco años más de obsolescencia. "Remodelar la planta obsoleta" es simple voluntarismo. Habría primero que interrogarse sobre qué es aquello que no funciona, aquello que ha dejado de ser un negocio. Pongamos que hablo de Playa del Inglés. Entiendo que para remodelar o regenerar debemos saber primero que es aquello que ha entrado en crisis o, lo que es lo mismo, qué es aquello que empieza a morir sin que nazca nada nuevo. Necesitamos conocer la lógica interna y si fuera posible la naturaleza íntima de esas cosas tan parecidas a ciudades. Porque, ¿es Playa del Inglés una ciudad o se trata de una industria, o acaso de otra cosa? Porque si es una ciudad, estará habitada por ciudadanos y se regenerará según la leyes del tejido social. Y si es industria, estará habitada por centros de producción o transformación y morirá y renacerá según la tecnología y el estado de cosas en el mercado y la economía local y global. Y si fuera otra cosa, tendrá instalada en su lógica interna las condiciones de su reproducción. Creo que Playa del Inglés es un espacio construido donde habitan ciudadanos, algunos de los cuales viven de forma permanente y otros sólo están allí unos días para divertirse. Los primeros exigen unos servicios y los segundos demandan otra cosa. La condición de competitividad de ese espacio construido con toda la apariencia de una ciudad debe integrar los dos mundos, que son sectores de la economía y que viven según distintos ritmos urbanos. Esa urbanización que acogió a pequeños inversores, que fue gestionada desde la heterodoxia, que dio respuesta a un tipo muy concreto de ocio, va a morir y volverá a vivir en otro contexto donde los intérpretes de la oferta y de la demanda son otros totalmente distintos de los que concurrieron hace cuarenta años para producir ese espacio de gran éxito. Por tanto, lo que tenemos delante no es elegir entre pica intensa o remodelación a base de poca pica, sino entre reproducción simple, condenada al fracaso, o reproducción cualitativa que exigirá inventar un nuevo espacio que por ser residencia más o menos temporal de ciudadanos de vacaciones tendrá un espíritu que hay que adivinar. Hoy todo lo que no esté sometido a la competividad parece condenado al fracaso. El espíritu de nuestra época ubica en el círculo virtuoso todo lo que dirima el mercado, que se convierte así no sólo en instrumento de la mejor asignación de recursos sino en sello de la calidad democrática de las decisiones. Donde la intervención pública sabemos, aunque nos resulte extraño, se localiza el círculo vicioso, sede de rigidez y de condiciones peores para el bienestar. Por ello no pretendo dar una solución, no soy capaz de ello, pero sí quiero advertir de lo que creo. Los poderes públicos deben saber que será la iniciativa privada la que remodele el espacio. Que esa iniciativa privada es otra bien distinta de la que protagonizó con tanto éxito el boom turístico. La iniciativa pública debe tomar decisiones, las suficientes para asegurar que las fuerzas creativas de la economía se desarrollen en condiciones de máxima transparencia. Se conjugará más el verbo liberalizar que el verbo intervenir. Y para esa tarea, índices, parámetros y otros instrumentos más o menos tecnocráticos deben dar paso a aquellos atributos del ser humano que siempre acompañan a las empresas de éxito. Me refiero a la capacidad de leer el futuro, fruto de la preparación, de la experiencia y del mejor asesoramiento posible.

José Francisco Henríquez

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