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Cada pareja es un mundo

HISTORIAS DEL DERBI

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Por mi circunstancia profesional, por algún acierto y por mis múltiples errores, en mi antigua condición de jefe de Deportes de TVEC y bajo sospecha en ambas orillas, cada derby constituyó una auténtica historia para mí. Desde esta perspectiva del tiempo, reconozco y recuerdo que ?obsesionado con la idea del equilibrio, con mejores o peores resultados? aquellas terminaron haciéndoseme historias para no dormir más que cuentos de hadas o analgésicos propiamente dichos. Hoy, con más tranquilidad y madurez, y con otras obligaciones que son devociones ?como mi adscripción a la Televisión Canaria, de la que me siento sumamente orgulloso, disfrutando el inmenso placer de volver a relatar lucha canaria?, rememoro el derby, y todas aquellas tensiones personales, desde la más absoluta serenidad.

El derby de la temporada 1994/95, con Donvi Cantatore y Paco Castellano como entrenadores, constituyó una confrontación, y por tanto también una historia, especial, que dejó mucha pena en esta orilla, y, por tanto, mucha alegría en la otra; orillas ambas, la mía y la de ustedes, bien bonitas y bien dignas.

En el partido de ida, si no memorio mal ?puesto que los años han pasado una factura intolerable con el agravante de la crisis financiera?, la Unión Deportiva Las Palmas y el Club Deportivo Tenerife empataron a cero. No estuve en el Estadio Insular de Gran Canaria, para evitar trabajo a los venerables y distinguidos picolos de las Fuerzas de Orden Público y los consiguientes gastos del pago de sus horas extraordinarias al Estado, pero ?después del partido? recibí una llamada telefónica de mi compañero, amigo y hermano, José Manuel Suárez, que me dio todo tipo de detalles del partido y de la espectacular ocurrencia de la respetable ?y respetada- afición grancanaria.

Honestamente, nunca disfruté, y, antes al contrario, sufrí bastante, con las letras de los boleros que me dirigieron muchos seguidores amarillos, el célebre superventas de la época," Pitti, cabrón, chulo, maricón", y, entre otros, aquél estribillo ?muy mono, todo hay que decirlo? en el que me se comparaba injustamente con la Veneno (uno de los transexuales más populares de la época); todo lo cual, dicho sea de paso, no sólo recuerdo y escribo exento de rencor sino ?realizada la autocrítica en tiempo y forma sobrados? absolutamente meado de la risa. En su tiempo, insisto, seguramente sin asumir mi condición de periodista significado del mass media ni mis propios errores, sobrellevé aquellos insultos, algunos probablemente merecidos, con cierta resignación. Sin embargo, el relato de José Manuel Suárez, a través del teléfono, después de aquel partido, en el que me ponía al corriente de que los jugadores del Tenerife habían sido recibidos con el glorioso cántico de " Hijos de Pitti", tal vez por su indiscutible carga de ocurrencia, despertó en mí ?no la tradicional desolación y congoja? una carcajada absolutamente natural y espontánea; siendo que, si bien recuerdo, incluso desperté a mi doña, y, en noche trágica, cobré los dos cachetones merecidos.

Seguí el partido de vuelta, en el Estadio Heliodoro Rodríguez López ?al que yo había llamado Pequeño Maracaná en uno de mis más incontrolados delirios?, a pie de campo. El partido se transmitió a todos los territorios del Estado a través de TVE, y, como era habitual, a mí se me asignó el cometido de las entrevistas. Recuerdo que el encuentro, que normalmente se habría disputado el miércoles, fue retrasado hasta el jueves por razones de programación, sin que yo perdiera la noción ?en momento alguno, mucho menos a medida que transcurría el partido? de que un día después yo tenía que viajar a Gran Canaria para dirigir y presentar La Luchada.

Mi buen amigo Manolo López hizo un partido extraordinario, como muchos de ustedes recordarán, lo que permitió a la Unión Deportiva Las Palmas mantener el empate, forzar la prórroga y disfrutar su suerte en los penaltis. Edu García convirtió la decisiva, que realmente fue máxima pena en mi Isla, y yo corrí tras Manolo López, héroe y noticia del partido, a quien ?con alguna dificultad, puesto que era incontrolable en su celebración? conseguí arrancar algunas palabras. "Dedico mi actuación y el éxito copero a mi gente", me dijo, emocionado y lacrimoso, el Gato de Arucas.

Esa noche, cuando llegué a mi hogar, en Santa Cruz de Tenerife, sabía que un día después me aguardaba una luchada en la Vega de San Mateo, y, por tanto, tenía que viajar a Gran Canaria, donde ?presentía, porque la poli no era tonta? me esperaba un buen chaparrón. Efectivamente, cuando bajé del avión, los operarios del Aeropuerto de Gando, que divisaron mi gran humanidad, fueron los primeros en darme el merecido welcome: "¡Pío, pío?! ¡Pío, pío?!", tararearon imparable y apasionadamente desde que ?como último pasajero, preferentemente acojonado, y, digno incluso, tal que si la cosa no fuera conmigo? bajé la escalerilla. Fui a recoger mi coche al rent-a-car, y, mientras mis buenos amigos de Cicar me seleccionaban un Opel ?alargadísimo, con aspecto de funeraria, y, naturalmente, amarillo?, los trabajadores de las agencias colindantes recomendaban a su compañero: "¡Dale un carro blindado a ése! ¡Ya, coño! ¡No tenía otro día para venir! ¡Dale un Lincoln antibalas, como el que te pidió Roosevelt! ¡Ya, coño?!". Llegué al Hotel Iberia, tras dar el tremendo cante con la presunta limusina, y, cuando pedí mi room en la recepción, mi entrañable Doña Maite, una fanática de la Unión Deportiva Las Palmas con la que me cruzaba este género de bromas en un tono de absoluta lealtad y deportividad, tampoco reprimió la tentación: "Bienvenido, señor Pitti? Lo veo amarillo? ¿Está bien?? ¿Le proporciono una habitación que dé a la Avenida Marítima para que le dé el airito?? ¿Seguro que está bien, señor Pitti?? No sé? Lo veo amarillo? Y es raro verlo a usted amarillo, sinceramente?". Ya en San Mateo, en vivo ?más o menos- y en directo ?total y riguroso-, presentaba La Luchada y daba la cara a la cámara. Se abrió el plano, como era uso y costumbre, y, automáticamente, viéronse múltiples banderas amarillas, a mi izquierda, a mi derecha, y, a riesgo y resultado consumado de estropearlo, sobre mi propio peinado. Como recogió mi micrófono, los banderilleros gritaban: "¡Llora, Pitti! ¡Llora, chicha! ¡El hombre está afectado! ¡Ssssiaaa, coño?!"

Conclusa La Luchada, y departiendo amable y ansiolítica cena con compañeros y amigos, el comentarista de aquel encuentro de luchas, el célebre puntal Antonio Pérez Tonono, me conminó a disfrutar la noche por las boîtes canarionas, invitación que ?noctámbulo incorregible, en aquellas fechas, y ya entrado en vinitos? no deseché. Mas puse al puntal, mi gran amigo Tonono, de perfil adecuado para posibles riesgos -2 metros, 140 kilos y espectacular musculatura-, no me dejara solo, en momento alguno, así estuviera con la vejiga reventada, y, por tanto, frito por mear. Aquella no fue Nochebuena, precisamente, porque me dijeron de todo, pero me consolé y me refugié en el slogan esencial de la hostelería, "el cliente siempre tiene la razón", aunque, si alguna vez pensé no la tenía ?al respecto de determinadas expresiones más o menos altisonantes, dirigidas a mi persona?, también se la di, aquella noche, sin más miramientos.

Porque con orgullos no vamos a ningún sitio, y, por otra parte, cada pareja es un mundo, el matrimonio Tenerife?Las Palmas es indisoluble (en las buenas y en las malas), no podemos vivir los unos sin los otros, cada uno sabe sus cosas y Dios las de todos.

chasnero045@hotmail.com

(*) Director del programa 'La Luchada', que se emite en la Televisión Canaria.

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