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THE SHAPE OF WATER

Una vez que terminé la entrevista con el director Mark L. Lester, me dirigí, ahora sí, a buscar mi acreditación de prensa y mis entradas para la edición de otoño del festival Night Visions. Una vez logrado mi cometido, me senté a esperar a que se abrieran las puertas de la sala número 1 del Kinopalatsi de Helsinki, escenario del único pase de la película del director mejicano Guillermo del Toro, The shape of water, la cual obtuvo el máximo galardón en la pasada edición del festival de Venecia.

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The shape of water es, además de una maravillosa reinterpretación del clásico de la Universal dirigido por Jack Arnold, Creature from the Black Lagoon (1954), un cuento de hadas contemporáneo en donde los verdaderos e indiscutibles monstruos son los seres humanos que la protagonizan y no la desgraciada criatura sobre la que pivota buena parte de la narración.

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Mientras la veía, recordé la primera vez que tuve la oportunidad de hablar con Guillermo del Toro, director, guionista -junto con Vanessa Taylor- y productor de la película, quien me dijo que, para él, los verdaderos monstruos eran los seres humanos que pululaban por el planeta y no todos aquellos personajes que habían sido creados por los escritores, guionistas y dibujantes, a lo largo de los siglos para asustarnos.

En realidad, los monstruos que te asaltan durante tu existencia lo hacen a plena luz del día y no tienen un aspecto grotesco, ni deformado como son descritos en la literatura clásica. En el mundo actual, el doctor Henry Jekyll de la novela de Robert Louis Stevenson (Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde. 1886) ya no necesita de ninguna pócima, ni ungüento para transformarse en el malvado y degenerado Mr. Edward Hyde, tal y como le sucede en la película al coronel Richard Strickland, personaje interpretado por el magnífico actor en el que se ha convertido Michael Shannon.

Para el resolutivo militar al cargo de una de las muchas instalaciones secretas que jalonaron el mundo durante los más oscuros años de la Guerra Fría, en este caso The Occam Aerospace Research Center, su particular cruzada contra el omnipresente enemigo -mayoritariamente llegado desde el otro lado del telón acero- justifica cualquier exceso, por muy cruel que éste pudiera resultar. Eran tiempos oscuros, donde la paranoia dominaba la psique de los gobernantes y sus subordinados, empeñados, todos, en transgredir las más elementales cortapisas éticas y morales. 

Y en medio de aquel aciago y desagradable escenario se encuentra el personaje de Elisa (Sally Hawkins) una limpiadora muda, cuya anodina vida dará un vuelco cuando se cruce con el extraño ser que está retenido entre los muros de aquella claustrofóbica instalación. Elisa, junto con su vecino y amigo Giles (Richard Jenkins), un pintor e ilustrador comercial cuya carrera está en declive por los cambios de registro de la industria y la ignorancia de quienes la lideran, representan a todos esos seres anónimos que luchan por no ser engullidos entre el sinsentido de una sociedad, la nuestra, que premia los desatinos y la mediocridad, en vez del trabajo bien hecho.

La aparición de la criatura, capturada por el degenerado coronel en un río de América latina -un hecho que entronca, aún más, la película del realizador mejicano con la anteriormente citada cinta del director Jack Arnold, dado que el escenario de la película de este último se encuentra situado en algún lugar de la amazonia profunda- hará que Elisa, Giles y la misma Zelda (Octavia Spencer) la fiel y protectora compañera de la joven, vean creer en su interior una ilusión por lo imposible, tan inaudita como turbadora.

Como resultado de todo ello, lo que empezó a ser un simple juego de conocimiento, entre la música de un viejo tocadiscos y los huevos hervidos que Elisa le lleva a la criatura acuática que permanece confinada en una pequeña piscina, se transforma en todo un juego de seducción, tildado de impuro y sacrílego, antes y supongo que ahora, más con la doble moral que se está extendiendo a todas las áreas del conocimiento y de las relaciones humanas en estos tiempos tan convulsos como aquellos.

En realidad, Elisa es una criatura tan frágil como solitaria e incomprendida en su propio mundo y no resulta, o no debería resultar difícil entender la razón que conduce al encuentro y posterior entendimiento con aquel ser. Otra cosa es que la empatía que ambos sienten sea tan escasa en nuestra sociedad que termine por resultar casi más chocante que la atracción que una humana pueda sentir ante la… (añadan el adjetivo calificativo que deseen) criatura sobre las que vuelca el coronel todas sus frustraciones.

The shape of water es de esas películas que destila una sensibilidad y una sencillez que pudiera llegar a sorprender a quienes siguen sin considerar al cine de género como un vehículo válido para contar una historia. Sus personajes son simples, casi diríamos que transparentes, si se los compara con los atormentados protagonistas de muchas de las películas que se estrenan en los cines actuales, pero, no por ello, pierden validez, ni son unidimensionales, más bien todo lo contrario. Cada cual ocupa un lugar en el tablero de juego, su lugar, y gracias a esa honestidad, el espectador sabe cuáles son sus cartas, por muy simple que esta premisa pueda llegar a resultar.

Se podría decir que Guillermo de Toro pensó, mientras escribía el guión de esta película junto con Vanessa Taylor, que la vida ya es de por sí demasiado complicada como para complicarla, aún más, en la pantalla y, por ello, los dobles sentidos y mensajes ocultos quedan relegados ante la claridad de una narración que te llega a envolver por su sencillez y no por el abigarramiento de sus postulados.

Además, los actores, todos y cada uno de ellos, soportan el entramado emocional de una forma espléndida, sin necesidad de excesos, aunque tampoco hay que olvidar la increíble capacidad del director para contarnos con imágenes aquello que no debe ser contado con palabras cuando no es necesario.

La suma de todo ello da como resultado una de esas joyas que el séptimo arte talla de vez en cuando incluso -dentro de un género menor- y nos devuelve a los momentos en donde ir hasta una sala de cine era una suerte de recorrido iniciático hacia lo desconocido.

 

© Eduardo Serradilla Sanchis, 2017

The shape of water poster illustration © 2017 James Jean

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