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'Ikigai': hacer que la vida valga la pena

Esta técnica ayuda a las personas a vivir más y a encontrar aquello que las hace felices. Se centra en el ahora y en las actividades que llevamos a cabo en nuestro día a día

Distinto para cada persona, no es fijo, sino que evoluciona con el tiempo

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Ikigai es una técnica de origen japonés, centrada en mejorar el día a día de las personas.

Ikigai es una técnica de origen japonés, centrada en mejorar el día a día de las personas.

¿Tiene una razón para levantarse por las mañanas? Algo motivacional, más allá de los deberes irrenunciables, de los horarios impuestos y de las obligaciones pactadas. Un sinónimo de satisfacción que, a la vez, llene de significado su vida. ¿Lo tiene? Si es así, enhorabuena, está haciendo un buen uso de su ikigai.

Este concepto, de raíz japonesa, no cuenta con un equivalente occidental pero podría entenderse como “aquello que hace que la vida valga la pena”. Un bienestar subjetivo, que tiene lugar al encontrar nuestro propósito vital. El objetivo no tiene porqué ser algo trascendental ni a largo plazo, justamente al contrario: el ikigai se centra en el ahora y en las actividades que llevamos a cabo en nuestro día a día.

Para los japoneses, la búsqueda de su ikigai es lo más honorable y gratificante que uno puede hacer. Todo el mundo tiene la capacidad de conseguir el suyo y de verlo evolucionar, ya que no es algo fijo, va adaptándose y cambiando con el tiempo. Puede ser un trabajo que le llene, la complicidad con su pareja, el cuidado de la familia, una afición con la que se sienta realizado o cualquier otra cosa. Es algo diferente para cada persona y algunas, incluso, tienen más de un ikigai. El nexo común es el placer experimentado con la tarea.

En las comunidades donde se pone en práctica, lo consideran la clave para tener una vida larga y feliz. ¿El secreto? Dejar de vivir con la esperanza de tener “una gran vida mañana” y hacerlo con la intención de vivir “una gran vida hoy”.

Los centenarios de Okinawa

A principios de los años setenta, National Geographic inició un estudio en el que se identificaron las "zonas azules" globales. Dichas zonas, son aquellos lugares del planeta que cuentan con un mayor número de gente longeva, a la para que saludable y activa. Uno de los puestos más llamativos lo ocupan los habitantes de Okinawa.

Esta pequeña isla del Pacífico reúne más centenarios per cápita que cualquier otro país del mundo, los cuales se caracterizan por tener una salud de hierro. Parecen estar a salvo de los achaques propios de la vejez, como la artritis, el Alzheimer o las enfermedades coronarias. De hecho, lo más común entre estos ancianos es morir durmiendo, sin padecimientos crónicos previos.

Es evidente que hay muchas cosas que el mundo occidental puede aprender de la cultura de los okinawenses. Empezando por su alimentación, mayoritariamente vegetariana, que se inspira en el Hara Hachi Bu de Confucio : “Levántate de la mesa sin estar lleno”. La idea es saciarnos en un 80%, ya que con esta moderación calórica se generan menos radicales libres durante el proceso digestivo, lo que disminuye nuestro desgaste. Ser consciente de esta medida es fácil si estamos atentos a las señales que nos envía nuestro cuerpo. Una forma de potenciar la conexión cuerpo-mente es a través de la meditación, actividad frecuente en este grupo de japoneses.

En el lenguaje tradicional de Okinawa la palabra jubilación no existe. Los ancianos se mantienen activos y ocupados hasta el final, pescando, labrando la tierra o dedicados al cuidado de sus familiares y amigos. En una sociedad interconectada, donde los mayores son valorados y tenidos en cuenta, especialmente por la sabiduría que se traduce de su experiencia. Al ser una comunidad pequeña, se sirven de sostén unos a otros, contando con relaciones más significativas que impiden su aislamiento y les reportan bienestar.

La isla de Okinawa reúne más centenarios per cápita que cualquier otro lugar del mundo.

La isla de Okinawa reúne más centenarios per cápita que cualquier otro lugar del mundo.

Este compendio de elementos está estrechamente ligado con el ikigai, un sentido de propósito que incita a los mayores a seguir siendo útiles y a no dejar de buscar aquellos detalles que los hacen felices.

Entre sus residentes se perpetúa una historia que ilustra perfectamente el concepto. El relato cuenta cómo una mujer, encamada y enferma, sintió en el trance que era llevada al cielo. Allí, rodeada de sus antepasados, los dioses le preguntaron:

-¿Quién eres?

-Soy la esposa del alcalde –respondió ella.

-Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada –aseveró la voz.

-Soy la madre de cuatro hijos.

-Te he preguntado quién eres, no cuántos hijos tienes –insistió.

-Soy una maestra de escuela.

-Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión.

-Soy Shinto –lo intentó de nuevo

-Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión.

Una y otra vez, la mujer no parecía dar con una respuesta satisfactoria a la pregunta: "¿Quién eres?". Tras reflexionar un poco, pareció comprender el problema, y respondió:

Soy la que se despierta cada día para cuidar a la familia y nutrir la mente de los niños de la escuela.

Entonces sí, pasó el examen y fue enviada de vuelta a la tierra donde vivió con un profundo sentido de significado: había descubierto su ikigai. El mismo modelo que han seguido los centenarios de Okinawa, un principio por el que llegar a conocerse a sí mismos y descubrir así, su papel en el mundo.

La longevidad del ikigai

Okinawa es una pequeña isla del archipiélago nipón.

Okinawa es una pequeña isla del archipiélago nipón.

La Universidad de Medicina de Sendai, en Japón, realizó un estudio durante 7 años con más de 43.000 personas. La finalidad era investigar la asociación entre el ikigai y la mortalidad. Los científicos encontraron que las personas que pensaban que su vida valía la pena vivirla −es decir, que poseían ikigai−, vivían mucho más que sus homólogos sin esta creencia.

El estudio se inició a finales de 1994 con encuestas realizadas a decenas de miles de adultos japoneses, de entre 40 y 79 años. Los investigadores tuvieron en cuenta factores de riesgo como la edad, el género, la educación, el índice de masa corporal, el consumo de cigarrillos, el alcohol, el ejercicio, el empleo, el estrés y el historial clínico. Tras 7 años de seguimiento, aproximadamente el 7% murió.

Los resultados que obtuvieron fueron sorprendentes. Casi el 60% de los participantes afirmó conocer su ikigai, siendo éstos los más propensos a tener una educación, un empleo y una pareja. Además, contaban con unos niveles más bajos de estrés y una mejor salud, en general.

Aún más llamativo es el hecho de que el 95% de los encuestados que reconocieron tener claro su propósito vital, seguían vivos siete años después, frente al 83% que carecía del mismo.

Sin necesidad de convertir al ikigai en una poción mágica contra la mortalidad, demostró estadísticamente que puede llegar a ser un factor determinante en nuestra longevidad y, por descontando, en nuestra calidad de vida.

La búsqueda de su ikigai

Antes de nada, hay que recordar que ikigai no significa estrictamente una carrera o estatus económico, si bien es representativo de todos los aspectos que componen la vida: pasatiempos, relaciones, espiritualidad… y así, sucesivamente. Es conjunto y culminación, un sentirse en plenitud.

Por otro lado, se compone de acciones naturales, comportamientos que nos son propios y que no hay que forzar. No estamos tratando de llegar a ser algo que no somos.

Esquema que muestra como alcanzar el ‘Ikigai’.

Esquema que muestra como alcanzar el ‘Ikigai’.

Tal vez, dando un giro, entendamos mejor los fundamentos del concepto, matizando todo lo que no es:

Ikigai no es un objetivo con una fecha de finalización . Es decir, no es una de esas cosas en las que hay trabajar duramente para alcanzar el éxito, sino más bien, algo a nuestra disposición en el día a día. Por ejemplo, para una de las centenarias de Okinawa, su ikigai era la captura de peces para ayudar a alimentar a sus nietos.

Ikigai no es su sueño o su pasión. No es algo que está ahí fuera, que haya que perseguir. Al contrario, está cerca, aquí y ahora. El único reconocimiento que necesita es el suyo propio.

Ikigai no es algo que se seca. Si es nuestro propósito, conseguirá llenarnos de alguna manera y hacerlo todos los días. No es caduco.

Ikigai no es invisible . Es una acción o actividad con un efecto que otros pueden ver, no es un concepto abstracto.

Ikigai no es complicado. Nuestro ikigai tiene que poder expresarse en una sola frase, si hay que dar grandes vueltas y argumentaciones, significa que no lo hemos encontrado aún. Por ejemplo: “Pesco todos los días para proporcionar sustento a mis nietos”. O “Hago reír a mi entorno para aliviar sus cargas o mejorar su día”. La primera mitad de la frase es la acción o actividad, mientras que la última mitad es el beneficio.

Ikigai no es algo que se hace sólo para uno mismo. Porque nuestra alegría y existencia se entremezcla con la de los otros, no somos compartimentos estancos, sino que nos influenciamos. El Ikigai trata, de alguna manera, de conectarnos con los demás y compartir así un regalo con ellos.

Dejando claro esto, una buena forma de encontrar nuestra razón de ser, ese “propósito”, es hacernos una serie de preguntas que seccionaremos en cuatro grandes grupos:

1) PASIÓN: ¿Qué me gusta hacer?

La base del ikigai es la satisfacción personal, por ello su origen debe ser aquello con lo que disfrutamos. Analice sus logros, aquellos momentos donde se ha sentido orgulloso. Al tiempo que extrae rasgos de su personalidad, de cómo se ve a sí mismo. Esta suma nos define, ayudándonos a establecer más concretamente nuestras pasiones.

2) MISIÓN: ¿Qué necesita el mundo?

Hay una gran cantidad de problemas por resolver, encontrar uno que nos interese puede servir de guía para resolver la siguiente pregunta.

3) PROFESIÓN: ¿Qué me pagarían por hacer?

En esta fase toca ponerse creativo, buscando algo de valor dentro de ‘lo que le gusta’ y ‘lo que el mundo necesita’, citados anteriormente. Trate de interconectar conceptos, teniendo en cuenta sus conocimientos y aquellas áreas que domina.

4) VOCACIÓN: ¿En qué soy bueno?

Piense en sus habilidades, en aquellos rasgos que le caracterizan y que le hacen sobresalir. Sus puntos fuertes, en definitiva. Dado que, hacer aquello que se nos da bien, es garantía de éxito.

Conocer lo que le gusta y en lo que es bueno, le puede llevar a descubrir su pasión. Asimismo, la búsqueda de lo que el mundo necesita y por lo que podrían pagarle, identifica su vocación. Relacionar todos los aspectos del esquema dará lugar a su ikigai. Una tarea que requiere una inversión de tiempo y energía, donde prima el autoconocimiento y la capacidad de observación. Pero cuanto antes comience, más pronto descubrirá lo que trae satisfacción y significado a su existencia.

Ahora la pregunta es, ¿estará emocionado mañana tras despertarse?

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