Socialistas en tránsito

Federico Echanove / Federico Echanove

Hagamos un ejercicio de memoria y trasladémonos, como en La Máquina del Tiempo de H. G. Wells, al mes de enero del año 2001. Son las 9 o 10 de la noche de un miércoles cualquiera y aunque yo no sé dónde estaban ustedes entonces, yo sí recuerdo aquel miércoles. Mientras en un pequeño televisor instalado en el 'Bar Manolo', en las cercanías del Congreso de los Diputados, el Real Madrid se afanaba por ganar una novena Copa de Europa que no alcanzaría hasta el año siguiente, en la tosca y desgastada barra del establecimiento que, según se dice, sirve las mejores croquetas de la Villa y Corte, dos periodistas que acaban de pasar el día laborando en el templo de la soberanía popular de allí al lado, han coincidido allí por casualidad y comparten conversación en la noche invernal mientras se toman un güisqui y miran de vez en cuando a la pantalla

Uno de aquellos periodistas no es más que este modesto juntaletras que trabaja para una agencia de prensa regional y que hace poco tiempo que está acreditado en el Congreso, mientras que el otro, bastante más veterano, es un triunfador cuya vida no hace muchos meses que ha cambiado. Y es que tras haber ido pasando por todos los escalones del periodismo parlamentario, sorteando leones y camaleones, a lo largo de más de dos décadas de profesión, Julián Lacalle López, navarro de Estella y aficionado a correr en julio los sanfermines, acaba de llegar por aquel entonces casi casi a lo más alto: porque tras el cónclave socialista que el mes de julio anterior había decidido la sucesión de Joaquín Almunia, había sido elegido jefe de prensa del partido y, por ende, de José Luis Rodríguez Zapatero.

--“'...Y si lo hacemos bien, tal vez podamos darle un susto al PP en 2004 y ponérselo difícil...y, desde luego, eso no es poco tal como estaba el partido cuando yo lo cogí”'- concluyó Lacalle su breve perorata antes de concentrarse en la última combinación de la delantera galáctica del equipo blanco del que era y debe seguir siendo forofo.

Ni que decir tiene que, como es sabido, las urnas mejorarían grandemente, andando el tiempo, las previsiones y expectativas de Lacalle, pues en 2004, Rodríguez Zapatero sería elegido presidente del Gobierno. Aunque no llegó nunca a ser portavoz del Gobierno y prefirió quedarse en un segundo plano, Lacalle entonces seguiría formando parte de su equipo de comunicación, ya en La Moncloa, hasta el relevo del político leonés por Mariano Rajoy.

Si les cuento esto, además de para ocupar algo más de espacio en estos tres folios de vellón, que se supone van a versar acerca de la Conferencia Política que celebró hace unos meses el PSOE, no es por otra cosa más que para que les quede claro que en aquellos tiempos de plenitud del 'aznarato', que ya iba por su segunda legislatura, en el PSOE estaban muy lejos de pensar que, tras el desastre de Almunia en 1999, y con un partido bastante dividido, pudieran ganar al PP los siguientes comicios.

Y es que la ausencia de la fuerza electoral y el carisma de Felipe González, seguían pesando mucho, aunque conviene recordar que nadie que haya llegado al poder en España desde que a partir de 1977 se instauró la actual monarquía parlamentaria ha dejado de ganar al menos dos elecciones seguidas a sus rivales. Y que cuando se han cambiado las tornas no ha sido porque los ganadores hayan despertado entusiasmo ninguno sino porque quien ostentaba el poder dejó de contar con una serie de apoyos electorales básicos, y las perdió. Y si se exceptúa el caso de la UCD, a quien destruyeron las diferencias internas más que las urnas, eso fue lo que sucedió a González en 1996 tras escándalos como los de Roldán o los Fondos Reservados, a Aznar en 2004 por su mala gestión informativa de los atentados del 11-M, o a Rodríguez Zapatero por su mala gestión de una devastadora crisis económica que, pese a su empeño inicial en calificarla como mera desaceleración, terminó por obligarle a plegarse a los mercados.

Y el tránsito del llamado 'felipismo' al 'zapaterismo', entre 1996 y 2000, no estuvo exento de traumas y turbulencias, tras unas elecciones primarias en las que se alzó con la victoria un candidato, Josep Borrell, al que no tardarían en hacerle la vida imposible desde el aparato del partido hasta obligarle a la dimisión. Como también debe recordarse que la llegada de Zapatero a la secretaria general del PSOE en aquel Congreso de julio del año 2.000 lo fue gracias a una victoria exigua, obtenida por una diferencia frente a José Bono de solo 9 delegados.

La 'Nueva Vía' de Zapatero

Lo que sucedió en aquel cónclave fue que su grupo, denominado 'Nueva Vía' -y en el que se encontraban jóvenes tan desconocidos y alejados generacionalmente entonces de la 'Vieja Guardia' como Trinidad Jiménez o Juan Fernando López Aguilar, junto a políticos algo más maduros, como José Segura Clavell o Jordi Sevilla-, supo aprovechar el desgaste interno entre 'renovadores-felipistas' y 'guerristas' que había caracterizado la vida del partido en la larga etapa anterior para alzarse con la jefatura. Eso sí, Rubalcaba, pese a proceder del pasado 'felipista', y de lo que entonces comenzó a conocerse en los pasillos del Congreso como 'Vieja Guardia' o 'Antiguo Testamento', no tardaría en tener despacho en la sede de la calle Ferraz, pues es difícil que no exista siempre cierta continuidad en el tránsito. Y ahí sigue desde que tras la retirada de Zapatero asumiera la secretaría general en otra dura pugna con la también zapaterista de primera hora Carme Chacón, como un superviviente de la generación de Bono, González, Leguina, Guerra o Chaves. Y tan es así que aunque la gran conclusión que proclamó en la clausura del cónclave fue la de que “'el PSOE ha vuelto'”, algunos tenemos la impresión de que él no se fue nunca.

Y aunque algún candidatable de los que se disputarán próximamente la nominación para luchar con Rajoy por la Presidencia del Gobierno en 2015 haya dejado caer que está convencido de que no se presentará y que sólo quiere pilotar la transición, aunque siga un tiempito de secretario general, lo cierto es que el hombre no ha terminado de aclararlo.

El tránsito del llamado 'felipismo' al 'zapaterismo', entre 1996 y 2000, no estuvo exento de traumas y turbulencias.

Y si bien la mayoría de los analistas coinciden en que con la Conferencia Política de hace unos días las querellas internas del PSOE al menos se han amortiguado un poco o, aunque sigan pendientes, se han dado, como mínimo, una pequeña tregua hasta el próximo Comité Federal, lo cierto es que la frasecita de marras también plantea otros problemas tanto a las gentes de izquierda como a todo el público en general. Porque aunque algunos pudiéramos sospechar que, efectivamente, los socialistas se habían ido o que no se les notaba mucho, que su secretario general lo corrobore tras dos años en dicho cargo, obliga con más razones aún a preguntarse a dónde se fueron, por qué lo hicieron y cuándo se produjo la partida -sobre este último asunto hay división de opiniones respecto a si lo hicieron antes o después de que José Luis Rodríguez Zapatero perdiera las últimas elecciones- a pesar de haber obtenido en los últimos comicios 110 escaños y seguir gobernando, no ya en miles de ayuntamientos de toda España, sino en autonomías como Andalucía, Asturias o la propia Canarias, aunque sea en coalición con otros partidos.

Un PSOE “más rojo”

Por su parte, Elena Valenciano, que tras pasar por la secretaría internacional del PSOE se convirtió en el último Congreso en 'número dos' del partido, ha dicho que este PSOE es, tras la Conferencia “'más rojo'”. Para apoyar dicha afirmación respecto al giro a la izquierda se mencionan las resoluciones aprobadas sobre reforma fiscal a fondo, laicidad y denuncia del Concordato con el Vaticano, blindaje de la sanidad o la educación para los más desfavorecidos, o reforma federal de la Constitución. No sería poco si el PSOE llegase al poder, aunque uno podría barruntarse que tamaña ambición sea producto de que aquél aún se ve lejos.

Eso sí, para la elección del candidato se asegura que habrá primarias abiertas en las que cualquier ciudadano podrá participar junto a los afiliados por el módico precio de dos ó tres euros, estableciéndose un censo de simpatizantes al efecto. La medida podría extenderse a los cabezas de lista autonómicos -no a los municipales- y habrá que ver en qué queda al final porque, al igual que la fecha de las primarias, es uno de los asuntos pendientes de decidir en el próximo Comité Federal. En cualquier caso, lo que supone en el ámbito de la democracia interna es muy destacable y para sí lo quisieran los militantes del Partido Popular, en donde el dedazo ha sido la norma general, pero es que además el efecto positivo que para las expectativas socialistas podrían tener esas 'primarias a la americana' por la movilización ciudadana que implicarían es también muy digno de tener en cuenta.

Porque lo cierto es que los socialistas llegaban a esta Conferencia Política en el momento más delicado de su historia reciente. Pese a los recortes y sacrificios exigidos a la ciudadanía por el Gobierno de Rajoy en estos dos años, en ningún momento han sido capaces de levantar cabeza en las encuestas, en las que Izquierda Unida y UPyD han crecido imparablemente amenazando lo que siempre fue su hegemonía tradicional en el espacio de izquierda y en el más templado de centro o de centro- izquierda.

Y de lo que se trataba era, entre otras cosas, de demostrar al mundo que se seguía existiendo, aunque quede por delante una gran travesía del desierto, como Felipe González tuvo que advertir poco antes del cónclave. A nadie puede escapársele que en esa debacle de los sondeos, además de la credibilidad perdida por el manejo de la crisis económica, y de corrupciones varias como los 'eres' andaluces, ha tenido mucho que ver la indefinición del partido ante el conflicto territorial planteado por el nacionalismo catalán y el desafío planteado por la Generalitat, con el anuncio de un referendum para hacer efectivo un derecho a decidir que la Constitución Española no reconoce.

El problema del PSC

Y es que la dicha indefinición, impensable en ningún otro partido socialdemócrata europeo, ha ido adquiriendo caracteres esquizoides y grotescamente surrealistas en los últimos años por el carácter progresivamente nacionalista durante el mandato de Zapatero de los socios catalanes del Partido Socialista de Catalunya, que en puridad siempre ha sido órganica y formalmente un partido distinto e independiente -sin temor a equivocarnos, podemos decir que ahí sí que es un hecho que el PSOE no existe- hasta el punto de que en la vieja guardia de los Leguina, Bono o Alfonso Guerra se ha reclamado más de una vez la ruptura con el PSC y la creación de una estructura local del partido con la misma relación con la dirección nacional de la calle Ferraz que las de las demás Comunidades Autónomas.

La socialdemocracia española sigue presa de las divergencias entre el PSOE y el PSC.

Porque, guste o no, a pesar de los aplausos cosechados por el catalán Pere Navarro en el Congreso -para intentar limar asperezas y cerrar heridas tras una votación propiciada hace poco en la Cámara Baja por la UPyD de Rosa Díez, en la que Rubalcaba no tuvo más remedio que posicionarse respecto a la ilegalidad conforme a la Constitución del llamado 'derecho a decidir' de los catalanes-, la cuestión no está en absoluto resuelta y para muchos españolitos de a pie de Soria o de Sevilla -sean o no votantes del PSOE- la socialdemocracia española sigue presa de esta rémora que en buena medida explica el drenaje de votos hacia una formación como la mencionada UPyD. Y es que debe recordarse que dicha formación nació en gran medida como consecuencia de dichas contradicciones, y un buen número de sus dirigentes, además de la propia Díez, han sido en el pasado militantes socialistas en el País Vasco o en Catalunya.. Y es que el problema es de hondísimo calado y las vagas definiciones en favor del federalismo o de una reforma constitucional efectuadas en la Conferencia, aunque pueden ser una senda a explorar, están aún lejos de solucionarlo.

Contribuye también el problema catalán a explicar la gran acogida que ha recibido en el actual aparato y en la vieja guardia socialista -cuya componente andalusí constituye el polo opuesto del PSC- la joven presidenta andaluza Susana Díaz -de Díez a Díaz, miren ustedes qué cosas tiene la vida- al reclamar una postura más firme e inequívoca frente al PSC. Y es que el protagonismo de esta joven no contaminada en principio por 'eres' u otros casos de corrupción institucional, aunque haya negado que quiera ser candidata, sí puede jugar en favor de algunos de ellos, como los vascos Patxi López y Eduardo Madina, y cotizar más a la baja opciones como la de la catalana Chacón, a quien finalmente puede salirle el tiro por la culata en su en principio hábil jugada de este verano, al apartarse de la melé hasta que previsiblemente lleguen las primarias en otoño del año que viene.

El Pacto del Betis

Hace muchos años, cuando en 1974 , González, Guerra, Chaves, Yañez y demás andalusíes del llamado 'Clan de la Tortilla' -la denominación procede de una escena campestre y dominguera fotografiada por uno de los presentes, aunque en realidad se pelan naranjas- se hicieron con el control del partido en el congreso celebrado en la localidad francesa de Suresnes, tuvieron que pactar con el guipuzcoano Enrique Múgica y el grupo de sindicalistas vizcaínos de la margen izquierda del Nervión encabezado del histórico Ramón Rubial y los aún jóvenes Nicolás Redondo Urbieta y Eduardo López Albizu, padre éste último del exlehendakari Patxi López.

En los libros de Historia se conoce aquel acuerdo, por el que los socialistas españoles del interior se hicieron con el poder del partido frente al aparato que en el exterior dirigía Rodolfo Llopis, como el 'Pacto del Betis'. Rubalcaba mediante, y para bien de la socialdemocracia en España, pinta tiene de que a medio plazo podría repetirse algo así, aunque el mapa siempre estará incompleto si falta la bisagra catalana o si ésta sigue chirriando.

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