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¿Cómo marcaban el tiempo los antiguos canarios?

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Vivimos en un mundo tecnológicamente avanzado donde los relojes de pulsera y los calendarios rigen nuestras actividades cotidianas. Somos esclavos del tiempo. Sin embargo, las antiguas sociedades se ajustaron rigurosamente al ritmo que les imponía la naturaleza creando numerosas efemérides basadas en los movimientos del Sol, la Luna y las estrellas para regular las actividades o los rituales. Sus calendarios consistían en verdaderas dataciones de los acontecimientos de fenómenos naturales -sobre todo astronómicos-, religiosos o civiles. Esto es, ordenaban el tiempo de una manera cíclica y repetitiva admitiendo que el pasado se renovaba eternamente, al no estar sujeto más que a secuencias naturales, y no lineal como impuso el judaísmo y extendió el cristianismo.

Los fenómenos atmosféricos, la sucesión del día y la noche, la aparición y la desaparición del Sol, la Luna y las estrellas provocaban una experiencia de lo sagrado. Desencadenaron toda una mitología, una cosmovisión, la celebración de rituales, la construcción de monumentos y elementos que conectaran lo terrenal con lo celestial y así dar un sentido unitario al mundo. Dentro de este conjunto no debemos olvidar las montañas que jugaron el papel de conexión entre los dos mundos superior (celeste) e inferior (terrenal). (En la imagen superior, orto solar en Barranquera Abierta, en Santa Cruz de La Palma).

Todas las culturas, civilizaciones y pueblos, establecieron diferentes procedimientos para ordenar el tiempo. Canarias no supone ninguna excepción. De hecho podemos encontrar numerosas muestras físicas en toda la geografía insular.

El Sol. El modo más elemental de determinar el tiempo es el continuo movimiento del Sol a lo largo del año. Se trata de un ciclo de 365 días que se repite eternamente. En el Hemisferio Norte, cuando el astro Rey llega a su extremo Sur se produce el solsticio de invierno y a la inversa, su extremo Norte fija el solsticio de verano. Los pasos intermedios establecen los equinoccios de otoño y primavera. En todas las Islas tenemos numerosos ejemplos de construcciones de piedra, de cinceladura de símbolos, de perforaciones de cazoletas y canales, etc. que fijan espacios desde donde podemos apreciar un orto o un ocaso solar por lugares muy significativos del relieve. Baste un ejemplo en los más de 60 amontonamientos de piedras que se dispersan por las cumbres de la Caldera de Taburiente, en la isla de La Palma, desde donde se puede observar la salida del Sol por un resalte destacado del relieve próximo e incluso por la isla de Tenerife durante el solsticio de invierno. Incluso encontramos algunos yacimientos cultuales (Las Lajitas y Las Lajes, Garafía) que tienen un carácter de marcador temporal al vincularse a ambos solsticios y equinoccios.

La Luna. También determinó secuencias cronológicas más largas. En este caso, de 18 o 19 años, debido a que el ciclo lunar es de 18,6 años. Tanto el lunasticio de verano como el de invierno, cuando el Satélite llega a sus extremos Norte y Sur, fueron marcados por los antiguos canarios teniendo en cuenta un accidente orográfico muy destacado por donde va a coincidir el orto o el ocaso lunar. Por ejemplo, desde la cueva sagrada de las Toscas del Guirre, en La Gomera, cada 18 años la Luna llena del verano entra por el Roque de Agando. El que quiera lo puede comprobar poco antes del amanecer del 2 de junio de 2015, momento de la parada menor de la Luna en su ciclo de 18-19 años. (En la imagen superior, orto lunar durante el lunasticio de verano en Las Lajitas, Garafía).

Las estrellas. La noche fue toda una fuente de inspiración para los pueblos de la antigüedad. La posición de las estrellas en el Firmamento, tanto en el crepúsculo al salir los primeros luceros en el cielo, como antes del amanecer cuando comienzan a desaparecer, determina el calendario. La posición de determinadas constelaciones o estrellas, las más relucientes como Canopo, Sirio, Orión, Las Pléyades? bien cuando se alinean o cuando salen o se esconden por determinadas montañas disponían algunos días muy señalados. En concreto, en sociedades agrícolas como la de Gran Canaria, indicaban la llegada del equinoccio de otoño o decretaban el comienzo de la siembra con la llegada de las primeras lluvias abundantes o la sementera. En otros casos, la posición de las estrellas fijaba determinados días de rituales y festividades religiosas en el calendario. Todos o casi todos debieron funcionar a la vez.

En definitiva, el calendario divide el tiempo y lo agrupa en distintos intervalos (días, meses, años). Su perfeccionamiento fue el resultado del seguimiento a los astros, paralelo al desarrollo matemático. Tan sólo hemos podido comprobar unos pocos de los diversos calendarios que se usaron en las Islas Canarias antes del período colonial. (En la imagen de la izquierda, ocaso de la estrella Canopo sobre el Bejenao, visto desde el Roquito de La Fortaleza, en San Andrés y Sauces).

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