Muere a los 83 años Alberto Molina, el futbolista más veces alineado con el CD Tenerife
El exfutbolista del CD Tenerife Alberto Molina Navarro (Las Palmas de Gran Canaria, 1943) falleció este lunes en Santa Cruz de Tenerife a los 83 años de edad. Defensa central blanquiazul entre las temporadas 63/64 y 75/76, capitán en ocho de aquellos cursos, jugó 413 partidos con el representativo, una cifra nunca superada en la historia de la entidad, que en 1976 le impuso su insignia de Oro y Brillantes y en 2021 la condición de Leyenda Blanquiazul. Desde abril de este 2026, la puerta 5 del Estadio Heliodoro Rodríguez López lleva su nombre.
Defensa central poderoso y con buen pie, Molina llegó al Tenerife tras iniciarse en el infantil La Luz de la capital grancanaria y jugar luego en los equipos infantil y juvenil de la UD Las Palmas, así como en su filial, entre 1961 y 1963. “En la UD Las Palmas ya estaba Tonono [nacido, como él, el mismo año], que se veía que era un fenómeno, por lo que iba a ser complicado jugar”, recordaba el propio futbolista en el libro Centenario de una pasión, conmemorativo de primer siglo de vida del CD Tenerife.
La incorporación como entrenador del CD Tenerife 63/64 del también grancanario Paco Campos allanó el camino para el fichaje de Molina como jugador blanquiazul, cumplida la primera temporada de José López Gómez como presidente y en pleno tránsito hacia una plantilla de acento canario y solo dos peninsulares, el centrocampista valenciano Gonzalo Borredá —uno de los héroes del ascenso a Primera de 1961— y el portero madrileño Javier de Pablos, que rotó bajo los palos con Cuco, Dorta y Grisaleña.
Pese a sus veinte años, Molina se hizo desde la primera jornada —un Tenerife-Granada en el Heliodoro— con la titularidad y la confianza de Campos —aquel técnico al que definió como “demasiado buena persona” para dirigir una plantilla profesional— y junto al chicharrero José Manuel Martínez fue la pareja de zagueros más repetida en un curso que acabó con el Tenerife como quinto clasificado y una recompensa adicional: el Trofeo Amberes, concedido por los diarios Marca y Arriba “por su eficiente y meritísima labor de cantera”.
Como Aitor Sanz (405) y Toño Hernández (387), los jugadores que le acompañan en el podio de más partidos como tinerfeñistas, Molina pasó a ser un fijo en el resto de su vida como jugador del CD Tenerife hasta su retirada al finalizar la temporada 75/76, con 33 años y las secuelas de la fatídica lesión que lo tuvo en blanco durante una temporada y media, entre enero de 1967 y el verano del año siguiente.
De no haber sido así, se habría acercado a los 500 partidos como jugador del conjunto tinerfeñista. Siempre jugó con dolor tras la rotura de menisco y de los ligamentos cruzado y lateral —lesión que era entonces sinónimo de retirada del fútbol—, pero la insistencia de su compañero Juan Padrón y una segunda intervención quirúrgica a cargo del doctor Navés, en Barcelona, le habían permitido regresar al fútbol activo y mantenerse como titular ocho campañas más, siempre con el 5 a la espalda.
La circunstancia describe la trayectoria y la personalidad de un futbolista —compañero leal y padre deportivo de decenas de tinerfeñistas de varias generaciones— al que en su último curso le sacaban líquido de la rodilla antes y después de cada encuentro, un defensa noble en el mejor sentido que nunca fue expulsado de un campo de juego y al que el fútbol —como a Aitor Sanz— nunca lo premió con un ascenso a Primera División, por más que el CD Tenerife 73/74, de la mano de Dagoberto Moll y plagado de isleños en su once titular, estuvo a punto de hacerlo.
Consuelo menor, pero igualmente importante para su concepto de jugador de equipo, Molina pudo contribuir al ascenso a Segunda División de 1971 —tras un disparatado descenso por reorganización de la categoría de plata, tres años antes, que casi provoca la desaparición del club— y fue protagonista unas semanas antes de despedirse del fútbol de la eliminación del Real Madrid en la Copa del Generalísimo (hoy Copa del Rey), en la que el Tenerife se impuso a los blancos en el Heliodoro (2-0) para caer en el Bernabéu (1-0) y citarse en cuartos de final con el Real Zaragoza.
Molina se ha ido este 26 de octubre sin perder la estela de bonhomía que desprendía en cada uno de sus actos. Trasunto de aquel legendario Tonono que le cerró sin quererlo las puertas de la UD Las Palmas —como el aruquense de Tenoya, un zaguero con buena salida de balón cuando a los marcadores no se les exigía mimar la pelota, que se anticipaba a los rivales más por colocación que por rapidez y apenas cometía errores—, la huella de sus 413 partidos y ocho goles permanecerá indeleble durante décadas. Y ningún aficionado blanquiazul debería olvidar por qué.