Bots de inteligencia artificial: por qué sus visitas a una web no equivalen a audiencia
Una página recibe accesos durante todo el día. Algunos corresponden a personas que leen una noticia, comparan un servicio o buscan información. Otros proceden de programas que recorren sus contenidos automáticamente. Todos generan actividad, pero no todos representan público.
El debate ha vuelto a la actualidad con una información de Press Gazette, recogida por Nieman Lab el 3 de septiembre, sobre un análisis de 51Degrees. Amazon y Meta concentraban el 63% de las sesiones atribuidas a los 72 bots relacionados con IA identificados en ese estudio. El porcentaje se refiere a ese conjunto de rastreadores, no al total de lectores de internet.
Para medios, empresas y gabinetes de comunicación, el interés de esa noticia va más allá del reparto entre grandes compañías tecnológicas. Obliga a formular una pregunta antes de celebrar cualquier cifra de tráfico: ¿qué estamos contando y qué relación tiene con nuestros objetivos?
Una máquina que consulta no es una persona que lee
Los bots son programas que acceden a páginas de manera automatizada. En el ámbito de la inteligencia artificial, pueden recopilar contenidos para entrenar modelos o alimentar aplicaciones. Su presencia no implica necesariamente fraude: lo importante es conocer quién accede, con qué finalidad y bajo qué condiciones. Herramientas como AI Crawl Control permiten observar y gestionar ese acceso.
Conviene separar tres situaciones. Un rastreador consulta una página. Un asistente utiliza o cita una fuente en una respuesta. Una persona pulsa un enlace, llega a la web y realiza alguna acción. Son hechos distintos: el primero, por sí solo, no acredita los otros dos.
También hay que distinguir las herramientas de medición. Google Analytics excluye automáticamente el tráfico de robots conocidos, por lo que sería incorrecto afirmar que cada acceso automatizado aparece como una visita en sus informes. Google tampoco permite consultar cuánto tráfico ha descartado mediante esa exclusión.
Un registro del servidor y un informe de audiencia no son, por tanto, contadores intercambiables. Antes de comparar sus cifras, hay que conocer qué registra cada sistema, qué filtros aplica y qué periodo se está examinando.
Medir resultados, no solo actividad
La consecuencia práctica es sencilla: los informes deberían separar el rastreo automatizado, las visitas atribuidas a personas y las acciones relevantes. Una suscripción, una solicitud de información o una compra responden a preguntas distintas de cuántas veces se ha solicitado una página.
Pensemos en un medio local canario. Detectar más consultas automáticas a sus noticias puede justificar una revisión técnica, pero no basta para sostener que ha ampliado su audiencia. Del mismo modo, una empresa no debería presentar el rastreo de su catálogo como prueba de que una IA recomienda sus productos.
Para comprobar esa recomendación haría falta observar las respuestas y sus fuentes. Para valorar su efecto comercial, identificar las visitas y los resultados que puedan atribuirse a ellas. Si falta esa evidencia, lo riguroso es reconocer el límite.
La actividad de las máquinas merece seguimiento, pero no sustituye la atención de las personas. Una buena medición debe explicar ambas sin mezclarlas: quién consulta nuestros contenidos, quién encuentra valor en ellos y qué sucede después.